21. Boeuf bourguignon #3
Se le cortó la respiración. No esperaba…
Ahí mismo, en la cocina de sus padres, con la cháchara animada de su familia repicando hasta ellos desde el jardín.
Julia ojeó por puro instinto la puerta, pero estaba claro que a esa distancia ninguno podría oírlos.
Al fondo del pasillo, las cortinas de cuentas que los separaban del exterior castañeteaban mecidas por una plácida brisilla veraniega.
El mundo seguía girando. Tirso seguía picando.
—Ambas y ninguna —respondió al fin, atreviéndose a volver la vista hacia él—. Los dos hemos tenido oportunidades de sobra para… adelantarse al otro, digamos. Tú podrías haberme apuñalado en el matadero, y yo podría haber ido a la policía en vez de al trabajo.
—Mmm. En realidad no.
Por un momento, el corazón le latió tan fuerte que le pareció que incluso Tirso ladeaba ligeramente la cabeza en su dirección, oyéndolo alto y claro.
—«En realidad no» ¿qué? —consiguió articular.
—Que en realidad no podrías haber ido a la policía en vez de al trabajo —aclaró él, sin parar ni un segundo de chop chop chop—, porque en cuanto yo viera adónde te dirigías no me habrías dejado otra que desquitarme con tu amiguito, cosa que no tendría sentido contando con que ni dos horas antes pusiste su vida por encima de la tuya.
Así que, en realidad, yo sigo sin tener garantías de que no vayáis a ir juntitos a joderme la mía.
Julia boqueó. ¿Qué estaba diciendo? ¿Qué estaba insinuando? ¿Que aquí quien tenía la mano perdedora era él, el asesino a sueldo, porque dos panolis a los que encima había pillado a la primera podrían chivarse a los de arriba?
—¿Que no lo hayamos hecho todavía no te parece prueba suficiente?
Tirso resopló, ácido.
—¿Y tengo que creerme que no estáis conspirando en mis putas narices como al parecer lleváis haciendo mínimo cinco meses?
—¿¡Y yo tengo que creerme que estoy a salvo contigo cuando ibas a cargarte a un tío que conoces desde hace veinte años sin pestañear!?
Silencio. Ahora sí que sí, Tirso paró de trocear. Lo hizo para mirarla con el ceño fruncido, con los ojos entornados, como si acabara de hablarle en otro idioma. Ella desvió la vista nerviosamente hacia el pasillo, aunque sabía que había siseado más que chillado, de la rabia.
—¿A qué tío? —tuvo la desfachatez encima de preguntarle el muy psicópata—. ¿A Moli? Pero ¿de dónde coño te sacas que iba a matar a Moli? ¡Antes me mata él a mí!
¿Perdona? ¿Perdona?
—Tirso. Que yo estaba allí. Que si no llego a ponerme en medio…
—No hubiera pasado absolutamente nada. Solo iba a dejarle KO para que me dejara faenar tranquilo.
— ¿¡Con el cuchillo!?
—Con el MANGO del cuchillo —corrigió, exasperado, al tiempo que escenificaba el asunto con el propio cuchillo de cortar. La verdad, visto así, sí que parecía que no apuntaba tanto a rebanarlo como a… No. ¡No!
—TIRSO —casi rechinó Julia, conteniendo la pataleta a duras penas—, pero ¿¡cómo quieres que me trague eso!? ¡Pónmelo más fácil! ¡Invéntate algo mejor! ¡Algo creíble !
Esta vez, el resoplido de su novio no fue ácido, ni mordaz, solo resignado. Su respuesta, también:
—Julia, no soy actor. Hago las cosas tal cual me nacen, no según si son creíbles o no para un posible espectador. Y menos aún para posibles testigos, ya que no suelen vivir para contarlo.
Hasta un niño habría captado el significado implícito de aquella simple afirmación. Acababa de confirmarle que nunca dejaba cabos sueltos, y que ella (ellos) eran la única excepción a la norma.
De momento.
No supo qué contestar. De hecho, no supo ni cómo reaccionar salvo estarse muy quieta, muy callada, mientras Tirso finiquitaba los champiñones como si nada.
Justo cuando abría la boca para balbucear a saber qué, un ruido estridente acuchilló con su timbre la cupulita de secretos en la que se había convertido la cocina, tan repentino y tan exagerado que Julia brincó como electrocutada.
Cómo no, Tirso ni se inmutó mientras alcanzaba el minutero para detenerlo.
—Bichejo del demonio —masculló ella, con una mano sobre el corazón—. No sé cómo no les ha dado ya un infarto.
—Mmm —se limitó a responder él, risueño, antes de tenderle el minutero.
La verdad, Julia agradeció tener algo que sostener entre las manos en lo que Tirso abordaba el siguiente paso de la receta.
No le pidió nada más, ni siquiera que le sacara la mantequilla de la nevera para saltear los champiñones o que le abriera la puerta del horno tras añadirlos a la olla.
Bueno, sí que le pidió algo, pero ya cuando hubo desterrado tablas de cortar, cuchillos y sartén al fregadero:
—Sesenta minutos.
—¿¡Tanto!?
Tirso solo sonrió, así que Julia solo cumplió, girando el engranaje hasta el tope.
Y, luego, silencio. Cada uno se quedó apoyado en su extremo de la cocina, encajados en esquinitas opuestas de encimera con los brazos cruzados, sosteniéndose la mirada el uno al otro. Unas carcajadas irrumpieron desde el jardín, recordatorio de que ninguno de los dos estaba en terreno propio.
—Deberíamos volver —carraspeó Julia finalmente, aunque no hizo amago de moverse.
Él negó con la cabeza:
—Sal tú, si quieres. Yo tengo que vigilar que no reduzca demasiado.
—¿Toda la hora?
Eso le ganó una sonrisita comedida, como si no le importara que su novia lo hubiese pillado en un renuncio. O, más bien, como si hubiese sabido que lo haría.
—Un ratito.
Vale. Vale. Aunque Julia no conocía de nada al Tirso sicario, empezaba a identificar algunos patrones.
Ahí su Tirso le habría preguntado por alguna anécdota a medio contar del Obramat, o por las Martas, dándole así vía libre para elegir cuánto enrollarse según si necesitaba o no asilo mental de su familia.
Aquel otro Tirso, en cambio, no se arriesgaría a hacerla creer que quería retenerla a su lado, o a presuponer que conocía a esa otra Julia que también era ahora ella para él.
El corazón le dio un vuelco traidor. Ninguno tenía pruebas que pudieran ganarle la confianza del otro, pero ambos seguían allí, esperándolas. Que, en cierto sentido, ya era en sí una muestra de confianza. O, por lo menos, de esperanza.
Y, como bien decía Pony a sus pacientes de terapia matrimonial, la única forma de recuperar la confianza perdida era convirtiendo las mentiras en verdades y las dudas en certezas. Es decir, preguntando.
Así que eso hizo:
—La otra noche, me dijiste que nada de lo que me habías contado nunca era mentira.
—Ahá.
—Y después, cuando ibas a irte, te pedí que te quedaras si…
—Si había algo que romper, sí.
—Y respondiste que sí.
—Ahá.
Otro silencio. Julia se mordisqueó el carrillo; Tirso esperó unos momentos de cortesía antes de:
—¿Cuál es la pregunta?
Pero si estaba claro, ¿no? ¿Qué más datos quería? ¿Necesitaba que se lo diera todo mascadito, como a un crío?
—Que si… Que si yo soy parte de esa existencia «mundana» que usas de fachada para encubrir tu verdadera cara.
Tirso cabeceó. Por suerte o por desgracia, la incertidumbre no duró mucho:
—Sí y no.
Ni que decir tiene que Julia se envaró, tratando de mantener el gesto lo más pétreo posible. Pues ya estaba. Ahí tenía su respuesta. La confirmación de que no era más que su tapadera.
—Ah —prácticamente graznó, seca.
—Solo he contestado tu pregunta —apuntó él, y tuvo el valor de sonreírle —. Pero, por tu cara, me da que debería matizar un poco. ¿Me dejas?
—Te dejo.
—Gracias. —Y, por su cara, Julia diría que Tirso parecía encantado con cómo estaba yendo la conversación.
Ella, comprensiblemente, más bien empezaba a calentarse—.
Sí, formas parte de mi existencia mundana.
Pero esta existencia mundana no es ninguna fachada, ni lo que hago una vez cada nosecuantos meses es mi «verdadera cara».
—Hizo una pequeña pausa pensativa—. Antes sí que lo era, al principio.
Cuando empecé de cero, todo cuanto hacía tenía por objetivo disimular su tejemaneje correspondiente.
Cambiarme de nombre, de banco, de barrio, de amigos…
Rutinas, aficiones, gustos. Era más teatro que vida. Hasta que te conocí.
Ah, no, no, no. Ni de coña. Julia chasqueó la lengua.
—Si piensas venirme con el cuento de que yo le di sentido a tu vida falsa, ya te voy adelantando que no va a funcionar.
Él se rio:
—No, no. Lo que me diste fue miedo.
—¿Perdón?
Volvió a reírse. Una risita breve, desenfadada, más propia de alguien mucho, mucho más joven que ellos, de alguien con las manos limpias de sangre.
—Ya te lo he dicho; todo tenía su objetivo.
Para cuando nos conocimos, llevaba años matando.
Me creía muy listo. Irrastreable. Y fue verte y lo primero que me sueltas es que cómo se me ocurre comprar cinta aislante, cuerda y un serrucho en efectivo.
—Alzó las cejas, como diciendo «¿Me entiendes?
». Qué pregunta. Desde luego que lo entendía—.
Me cagué vivo. Me había… relajado. Y, aunque luego resultó una falsa alarma, no podía permitirme que una cajera de mi almacén particular pudiese unir los puntos más tarde.
Porque olvidarte no te ibas a olvidar, fue una interacción demasiado…
—Vergonzosa —ofreció ella, impávida pero roja.
—Reseñable —dispuso él, sin pizca de burla en la voz—. Tenía que conseguir recontextualizarla, darle otro significado. Para que, si alguna vez te hacían las preguntas adecuadas, te fuera totalmente inconcebible asociarlas conmigo.
Julia bajó la vista al suelo, incapaz de sostenerle la mirada por más tiempo. Y ella lo había llamado meet-cute.
—Por eso volviste al día siguiente. Con el cóctel para cloroformo y la pala.
—Ahá. Tenía que dejarte claro que para mí era una broma.
Una broma, decía. Julia asintió. ¿Qué otra cosa iba a hacer? Si ya estaba todo dicho.
—Vale —logró responder al fin, solo para sacar la pelota de su tejado—. ¿Y lo de invitarme a cenar fue parte del plan de contención o ahí ya le habías visto el punto a liarte con una cajera de tu almacén particular?
—¿Cómo?