El novio ideal 21. Boeuf bourguignon #2
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21. Boeuf bourguignon #2

Se la encontró al bajar de vuelta a la cocina, terminando de aclarar el estropajo.

En el escurridor, los cacharros que había dejado a remojo en el fregadero.

En la vitro, la sartén del sofrito lista para cuando le llegara su segundo asalto.

En la encimera, su famosa tarta de frutas casera, tan perfectísima como ella.

—¡Uff, vaya ojeras! —le dijo su hermana mayor por todo saludo al volverse hacia ella—. ¿Mala noche? ¿Estás bien? ¿Necesitas algo?

«Morirme», respondió en su cabeza.

—No, gracias —respondió en voz alta, sin poder evitar una sonrisa contrariada—. ¿No te esperábamos hasta las… —miró el reloj— dos o así? Son las once.

Mónica asintió.

—En eso habíamos quedado, pero luego pensé en lo especialita que se pone mamá con la cocina y supuse que necesitaríais refuerzos para mantenerla fuera del perímetro.

—Puso los ojos en blanco—. He visto que Tirso ha conseguido sacarla al jardín, pero en cuanto vayas a hacerle el relevo lo seguirá hasta aquí.

¿Te parece que le demos el regalo ahora y ya me quedo yo con ella fuera?

Ahora fue su turno de asentir, mitad agradecida mitad picada con Mónica por arreglarle la vida con su característico altruismo, más parecido a una maniobra militar que a un favor puntual.

Característico, que no raro. Julia suponía que, cuando se dirigía una unidad de urgencias pediátricas, una aprendía rápido a estrategizar para cualquier tipo de madre.

Mónica era… todo cuanto ella no era. Alta alta como un pino, pesaba menos que un comino y coherente, consecuente y comprometida tanto con sus deberes como con sus derechos.

Había heredado de su madre la melena larga y lustrosa, de su padre las manos de pianista y de ambos el tesón de querer superarse a uno mismo cada día.

Por un lado, Julia la quería muchísimo. Era su hermana, a fin de cuentas, y Mónica la había mimado como tal.

Por otro, el simple concepto de Mónica la frustraba a rabiar. La repartición genética no había estado muy acertada con ellas. No podía ser que una fuera la definición de intachable y la otra un sinónimo de aceptable. Era injusto para todos los implicados, pero sobre todo para Julia.

—¿Seguro que estás bien? —le susurró justo antes de salir al jardín, empujando entre ambas el regalo de la cumpleañera; una refinada pajarera en cuyo interior aleteaban dos periquitos monísimos. No hacía falta aclarar quién había pensado, comprado y preparado todo—. Te veo un poco…

—Ya —la cortó ella—. Tu madre ha sido muy vocal con mi cara hoy.

Mónica se detuvo con la excusa de recolocar el pañuelo cubriendo la pajarera, pero se conocían demasiado bien como para que Julia cayera en esas tretas.

Se lo confirmó en cuanto su hermana la miró a los ojos por encima del armatoste.

Los tenía del mismo color pardo de su abuela, verde alrededor de la pupila y castaño después, mientras que a Julia le había tocado tenerlos marrones enteros.

—Mamá está preocupada —le dijo—. Los tres. Hace meses que apenas escribes en el grupo y solo respondes con emojis. Hasta esta mañana creíamos que se te había olvidado su cumpleaños. Y sé por papá que casi nunca les coges el teléfono. ¿Pasa algo, Julia?

«Qué no pasa, más bien».

—Lo siento —no tuvo otra que disculparse ella, incapaz de sostenerle la mirada—. Estoy… Ni me había dado cuenta, perdona. Se me han acumulado muchas cosas.

Su hermana entornó los ojos, suspicaz.

—¿Qué cosas? ¿Se están pasando contigo en el trabajo? Recuerdo que en primavera me pediste un justificante, me pareció rarísimo… Me quedé en que te habían subido a jefa de departamento pero no el sueldo, ¿protestaste eso al final? ¿No? Ah, entonces, ¿es por Tirso? ¿Estáis m…?

—¡NO! ¡Está todo bien! ¡Estamos bien! ¡De puta madre!

La forma en la que Mónica alzó las cejas le dijo que no creía que estuvieran de puta madre, pero tras unos segundos de estudiarla con ojo crítico se encogió de hombros.

—Tú misma. Le diré a mamá que pare de hacer cábalas.

Julia arrugó la nariz.

—¿Qué cree que estoy, explotada o depresiva?

—Ambas —contestó Mónica sin pestañear—. Y, si quieres saber mi opinión profesional, te diré que tiene motivos para pensarlo.

Aunque —añadió, cuando la vio amagando con protestar— yo no creo que sea eso.

Yo lo que creo es que Tirso es trillonario y no quieres decírselo a mamá para que no se vuelva loca pensando en las repercusiones socioeconómicas de vuestra posible ruptura.

A ver. Puesto así, no iba muy desencaminada.

No porque Tirso fuera trillonario (sinceramente, ¡a saber!), sino porque desde luego Julia se estaba callando un detalle la mar de relevante sobre su novio que sí podría tener nefastas consecuencias para ella si cortaban.

O incluso ser la consecuencia de algo peor.

Alguna mueca tuvo que poner, algo tuvo que leerle Mónica en la cara, pues respiró hondo, negó con la cabeza y resolvió:

—Sea lo que sea, ten en mente que no estás sola, ¿vale? Puedes venirte a mi casa cuando y cuanto quieras, sobre todo ahora que voy a mudarme a una mucho más grande.

—Es verdad —musitó Julia, sintiéndose culpable por no haberle ni preguntado por su nuevo chalet—. ¿Ya sabes cuál vas a quedarte?

Mónica sonrió. Eso era un sí.

—¿Quieres verla? Por fuera, digo. Está al final de la cuesta. Podemos pasarnos por la tarde, para bajar la comida.

¿Qué iba a decir? Pues que claro. Hacía mucho que no veía a su hermana mayor realmente emocionada por algo, siempre volcada en salvar vidas diminutas, de la misma manera en la que haría mucho que ella no veía a su hermana menor realmente abatida por algo.

A la de una, a la de dos y a la de tres, Mónica abrió la puerta del jardín y Julia apartó las cortinas para dar paso a la pajarera al son de un terriblemente desafinado cumpleaños feliz.

—Ya me preguntaba dónde te habías metido.

Julia dio un respingo y se giró cuchillo en mano. Tirso alzó los brazos en son de paz, aunque sonreía, con hoyuelo y todo.

—¿¡Qué haces!? —ladró ella, con la adrenalina disparada—. ¡Podría haberme sajado un dedo!

—Perdón. No sabía que estabas… ¿Qué andas haciendo?

Casi renuente, Julia se apartó lo justo para que viera el puñado de champiñones Portobello sobre la tabla de cortar.

Él, cómo no, cabeceó. Estaba al ras de necesitar un corte de pelo, y por primera vez se preguntó si de verdad le gustaba llevarlo así, con esa media melenita que le quedaba tan bien, o si simplemente le era más cómodo en su…

línea de trabajo. Para recogérselo, o para localizarlo si algún cabello caía donde no debía.

No, seguro que no tendría nada que ver. Total, lo más seguro siempre sería raparse.

¿Y por qué no se rapaba? ¿Tanto confiaba en sus «limpiezas»?

Sin decir nada, Tirso sacó otra tabla, otro cuchillo, y se agenció buena parte de los champiñones para trocearlos por su cuenta a su derecha.

Julia mantuvo los ojos fijos en la tabla.

No quería verlo manejar el cuchillo, por lo que podría recordar al hacerlo, aunque nada pudo hacer contra el golpeteo rítmico de filo contra madera: cada chop chop chop la transportaba irremediablemente al matadero.

Por supuesto, terminó mucho más rápido que ella.

—Ay, has fregado ya la sartén. Gracias.

—Ha sido Mónica.

—Bueno, pero seguro que tenías pensado hacerlo.

—¿Por qué? ¿Porque soy así de servicial?

—No, porque así tenías otra excusa para esconderte aquí dentro un rato más.

Julia paró de cortar y lo miró. Tirso ya le devolvía la mirada, más blando de lo que habría esperado.

—¿Siguen comentando artículos sobre periquitos? —preguntó ella, esperanzada.

—No. Ahora han pasado a debatir sobre marcas de alpiste.

El gruñido le salió solo.

—Entonces prefiero seguir picando champiñones, gracias.

—Sí, chef. Avísame cuando acabes.

Y se apoyó en la isleta de la cocina de brazos cruzados, mirándola tranquilamente trocear champiñones. Julia aguantó un minuto entero (dos champiñones) antes de girarse hacia él toda ceñuda:

—¿No tienes otra cosa que hacer?

—No hasta que acabes —sonrió Tirso, con cierto retintín burlón para nada Tirso.

—Pues nada, sigue tú.

—Sí, chef.

Acató sin rechistar, como el perfecto novio que fingía (¿fingía?) ser.

Julia aprovechó para estudiarlo atentamente, tal como había hecho él con ella antes.

Alto, corpulento, fuerte, sano. A pesar del calor, había escogido una camisa de manga larga para la ocasión, ahora arremangada hasta los codos, exponiendo el entramado de venas oliváceas en sus antebrazos.

Sus manos siempre habían sido suaves, sin durezas de levantar peso en el gimnasio o muertos en el matadero, aunque a veces se preparaba tremendas escabechinas en los pulgares que tardaban semanas en curar.

Aquella mañana, por ejemplo, dos tiritas gemelas traicionaban la carnicería de debajo.

Julia había visto cómo empezaban. Lo había visto apuntalarse el pellejo con la uña repetitivamente mientras volvían del matadero.

¿Sería un tic de nervios, de remordimientos?

¿Aparecería solo cuando mataba, o era pura casualidad?

Si hacía memoria de tiritas pasadas, ¿coincidirían con las fechas del excel?

O quizá estaba dándole demasiadas vueltas, intentando ver señales de moralidad donde no las había.

Humanizar al asesino. Pero es que así, bañado por la luz del mediodía y de punta en blanco, se le hacía complicado, casi imposible, superponer aquella imagen con la del monstruo de negro despiezando un cadáver bajo el duro haz de un foco LED.

—¿Qué es lo que te preocupa? —preguntó él entonces, sin siquiera mirarla—. ¿Que planee matarte o que prometa hacerlo si me delatas?