El novio ideal 21. Boeuf bourguignon
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21. Boeuf bourguignon

Boeuf bourguignon

Cuando llegó a casa la tarde siguiente, en cambio, se la encontró vacía.

Lo supo nada más entrar, pues Muu se acercó a saludarla alegremente, cosa que no haría pudiendo quedarse en el regazo de Tirso.

El pánico fue inmediato, cegador, absoluto. Animal. Le cayó como una guillotina, le trepó por la garganta como bilis, y en cuanto pudo moverse esprintó directa al dormitorio para abrir de par en par el armario.

—Ah —se le escapó, ahí plantada como una gilipollas frente a la ropa de su novio.

No faltaba nada, ni una camisa, ni un cinturón.

En la percha tras la puerta seguían colgados los dos conjuntos deportivos que usaba para teletrabajar y como pijama, en la mesilla de noche su querido e-book, en el baño su maquinilla de afeitar conectada al cargador.

El lavavajillas estaba puesto. La colada, tendida.

Por un momento había creído que… que Tirso se había…

Tragó saliva. Normalmente siempre volvía del gym antes que ella del trabajo, pero aquel día debía de haberse entretenido, o quizá se le había pasado avisarla de que después saldría de cervezas con los gemelos.

Total, era viernes. Los viernes estaban para salir de tardeo, no para hablar de necrofinanzas con tu novia.

Y aun así, aun así…

Aquella no debería haber sido su primera reacción.

Se refería al pavor. Debería haber sentido esperanza por la posibilidad de que Tirso hubiera decidido cortar el problema de raíz marchándose para no volver mientras ella estaba fuera, como bien había pretendido en un principio.

Y lo entendía, por supuesto que sí. Habría sido lo más compasivo por su parte, lo más Tirso.

Priorizarla por encima de todo. Priorizar su ética (saberlo la ponía en un compromiso), su seguridad (saberlo la convertía en cómplice) y su paz mental (saberlo la hacía recelar de él).

Quitándose de la ecuación, Tirso le devolvía el libre albedrío para delatarlo u olvidarlo sin la asfixiante presión de su presencia.

O, cuando menos, compraba su silencio a cambio de la promesa de una vida normal, sin matarratas hipotéticos ni cadáveres por San Valentín.

Pero Julia le había pedido que se quedara, y eso había hecho.

Si era una forma de ganar tiempo para reconsiderar su estrategia, como decía Manu, ¿cuánto tardaría en mover ficha?

Si, por el contrario, era una prueba de que realmente la quería, ¿cuánto estaría dispuesto a ceder? ¿Podría conseguir que levantara la mano con Manu? ¿Convencerlo de que guardaría el secreto?

Julia miró al espacio vacío de la gatocam.

La verdad, echaba de menos que Manu pudiera hablarle a través de los altavoces en cualquier momento, aunque nunca se había conectado sin un buen motivo.

Por supuesto, seguían en contacto mediante el chat de su app, pero a diferencia de en WhatsApp ahí no podía ir chequeando la última vez que había entrado, o si estaba en línea, o escribiéndole, o… vivo, básicamente.

Apretó las llaves de casa en el puño, todavía en bambas y con el bolso al hombro, intentando controlar las riendas de su imaginación (ansiedad).

No significaba nada que Tirso llegara tarde ni que Manu llevara sin entrar al chat desde mediodía.

Tirso no le haría eso. Tirso no se escabulliría a sus espaldas a rematarlo después de que ella arriesgara la vida para impedirlo. No tendría sentido, ¿verdad?

¿Verdad?

Muu empezó a maullar, curvando la cola en forma de signo de interrogación mientras se encaminaba toda ilusionada hacia el recibidor.

Obviamente, el tintineo de las llaves de Tirso repicó poco después, y cuando abrió la puerta lo hizo con una sonrisa tan suave que ni siquiera se le marcaba el hoyuelo, ya buscando a Muu con la mirada.

Se le atenuó un poco cuando Julia atrajo su atención, aunque no desapareció del todo. ¿Buena señal?

—Ah, creía que hoy también irías a ver a M…

—¿Dónde estabas? —le cortó ella, seca. Rechinante.

—Mmm, pues…

Tirso se giró de costado para enseñarle la bolsa de rafia que traía llena hasta los topes. Todavía tenía el pelo mojado, así que debía de haberse pasado por el súper al salir del gym. Julia no se achantó:

—Hicimos compra este domingo, hay de todo.

—Ya, pero est…

—Enséñamelo. Enséñame qué has comprado.

En vez de protestar, Tirso obedeció, bajándose una de las asas al codo para que pudiera echar un vistazo al interior de la bolsa.

Un paquete de carne roja, zanahorias, champiñones, una botella de Ribera…

, entre otros muchos productos del estilo.

Julia lo miró, descolocada, y él enarcó una ceja.

Por el comienzo de sonrisa que trataba a todas luces de disimular, la situación parecía divertirle.

—¿P-para qué quieres todo eso?

—Para tirarlo por el váter —resopló Tirso, irónico pero no desdeñoso—. ¿Tú qué crees?

No esperó a que respondiera antes de apoyar la bolsa sobre la barra de cocina y empezar a vaciarla. Cada cosa que sacaba costaba más que la anterior, nada de marca blanca. Desde luego, no era su típica compra del mes.

—¿Puedes ir sacándome el bol de las palomitas y la tabla de cortar, por favor? —le pidió Tirso, mientras separaba la compra en dos montones; uno para guardar y otro para…—. Tengo que dejar marinando la carne toda la noche.

Julia siguió sin moverse, demasiado concentrada en intentar descifrar qué estaba pasando como para escucharlo. Tras unos segundos, él se detuvo para volverse a mirarla, esta vez más blando que divertido.

—Se te ha olvidado, ¿verdad?

—¿El qué?

—El cumpleaños de tu madre —rio Tirso, agitando elocuentemente el vino tinto en su dirección—. ¿Que quedamos en que nosotros nos encargábamos del principal y tu hermana del postre?

Pues sí. Se le había olvidado. Julia se cubrió la cara con las manos, horrorizada ante la perspectiva de pasarse todo el día siguiente donde sus padres con la perfecta de su hermana y el criminal de su novio.

Y encima cocinando, para más inri. Tirso volvió a reírse al oírla soltar un gemido quejumbroso.

—¿Vas a hacer ternera guiñón?

— Boeuf bourguignon —corrigió él, con su perfecta dicción francesa—. Y ni que tuviera otra opción. Tu madre prácticamente me puso una pistola en la cabeza.

Suspiró. Tampoco es que hubiera tenido muchas ganas de abordar El Tema™ aquella noche, pero ahora ya sí que ni de coña se lo sacaba. Antes la muerte que arriesgarse a presentarse en el cumpleaños de su madre sin guiso y sin novio.

Total, ¿qué más daba un día más que un día menos?

Al menos comería rico.

Si a Julia le había hecho poca gracia la idea de un sábado en familia, enterarse de que tenían que personarse allí a las diez de la mañana fue ya el acabose.

Por lo visto, preparar el dichoso guiso gabacho requería un total de cuatro horazas (y eso sin contar el marinado previo), cosa de la que, para su escarnio y sorpresa, toda su familia estaba enterada.

Sus padres los recibieron con café recién hecho, bollería «saludable» y los utensilios necesarios para la bourguignon dispuestos en orden de uso sobre la enorme encimera de su igualmente enorme cocina.

—Vaya cara me traes —fue lo primero que le dijo la cumpleañera, a traición, mientras Julia le daba su besito felicitatorio—. Uff. Ya sabes dónde tengo el maquillaje.

—Es porque me acabo de levantar —se defendió ella, agotada por adelantado.

—Bueno, hija, por Dios. ¡Qué humos desde por la mañana!

—Pero si no te he hablado mal…

—¿Qué te dije? —Su madre se volvió hacia Tirso, quien ya se había puesto manos a la obra pescando la carne de la marinada—. Zombi hasta las once. Y tú querías empezar a las nueve…

Este solo emitió una risita neutral antes de rescatarla con perfecto disimulo:

—¿Me ayudas, amor?

—Claro. ¿Qué hago?

—Cuela las verduras mientras yo seco la carne, porfa. Y, si puedes sacarme ya de paso el beicon para el sofrito, te lo agradezco.

—Primero las verduras y luego lo de la sartén —se entrometió su madre, no muy convencida de que Julia supiera seguir instrucciones básicas—. ¿Seguro que no quieres que te eche una mano?

Otra sonrisa radiante made in Tirso y:

—¿Y tenerla trabajando en su cumpleaños? Solicitud improcedente, Su Señoría.

Y, durante un ratito, cada uno se entretuvo con lo suyo.

Sus padres a ponerlos al día mientras daban cuenta del desayuno, su novio a sofreír, dorar y demás mientras bebía sorbitos de su café con leche y ella a cumplir su papel de pinche en completo silencio mientras deseaba estar en cualquier otro lugar.

El día, a la vista estaba, no había empezado con el mejor pie, así que dejó que Tirso cargara con el peso de encauzarlo.

Julia quiso convencerse de que era su manera de castigarlo por sus crímenes, pero para cuando el sanguinario mercenario hubo metido la querida olla Le Creuset de su madre al horno y les propuso reasentarse las dos horas y media de espera en el jardín a punto estuvo de concederle la amnistía.

Cuando por fin se quedó sola en la cocina, Julia miró el reloj. Las 10:39.

Dios. No habían pasado ni cuarenta minutos.

Ponderó sus opciones. Aunque nadie se lo había pedido, recoger y fregar los bártulos podría excusarla unos minutos maravillosos y, aunque tampoco había planeado maquillarse, hacerlo le ganaría otros tantos (con el plus añadido de tener contenta a su madre).

Satisfecha con el plan, puso las cosas en agua para reblandecer los residuos de comida y marchó creyéndose la más lista del lugar al baño del piso superior, donde esperaba sumar por lo menos veinte minutos entre «buscar» las pinturas de su madre y emperifollarse.

Luego alargaría lo máximo posible el proceso de limpieza, removería y analizaría la pinta del guiso para tener algo que reportar al salir al jardín ya toda despabilada, peripuesta y eficiente.

Lamentablemente, Mónica existía.