El novio ideal 20. Todo suma #3
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20. Todo suma #3

Y eso le habría sacado otra risita a ella de no ser por el nudo de su estómago, más y más prieto según pasaban los minutos sin amenazas ni fuerza bruta.

No se le iba de la cabeza la ferocidad con la que esa misma mano que le servía agua le había arrancado a Manu de los brazos, ni el ruido seco de cráneo contra hormigón.

Tirso empezó a comer en silencio, en una perfecta simulación de normalidad. Julia no. Julia solo jugueteó con la carne, mareándola de un lado a otro. No sabía si se resistía a probarla por lo que había visto anoche en el matadero (el cuchillo, los cubos, los tanques) o por… bueno…

—Manu cree que vas a envenenarme.

No recibió respuesta de inmediato, sino que Tirso hizo un ruidito pensativo, de catedrático universitario, mientras sopesaba cómo afrontar la pregunta implícita.

—Moli siempre ha pecado de asumir como verdad absoluta sus propios delirios —dijo al fin—. Por ejemplo, siguió creyendo en los Reyes Magos hasta los doce años porque «cazó» —entrecomillado manual incluido— a Baltasar charlando con su madre en el pasillo.

—¿Y quién era?

—Su ligue de entonces, claro.

Esta vez sí, Julia se rio. Tirso negó con la cabeza.

—No iba ni disfrazado de Rey Mago, Julia. Solo era negro.

Rio más fuerte.

—Perdón. Es que es algo tan Manu…

Tirso cabeceó.

—Lo sé. Pero no lo digo para desacreditarlo, sino porque a mí lo que crea o no crea Moli me es indiferente. A mí lo que me importa es lo que creas tú. —La miró, muy serio—. No tengo intención de ponernos a prueba. Si no te convence, pedimos a domicilio y punto.

Uff. Se lo estaba poniendo difícil. Julia bajó la vista al plato, a punto de salivar como un perro en contra de su voluntad. Suspiró. Mira, de perdidos al río. Si iba a palmarla, que fuera haciendo lo que más le gustaba: zampando su comida favorita junto a su persona favorita.

No se le escapó la expresión satisfecha, casi complacida, de Tirso, y, durante unos segundos demasiado largos, tuvo miedo. Luego se le pasó. Ningún asesino a sueldo se arriesgaría a levantar sospechas matando tan de seguido.

Por desgracia, esa misma excusa le agrió el primer bocado. ¿Iba a estar así toda la vida, preguntándose si cada comida sería la última?

Puto Manu y su iPhone vibrando por baja batería en mitad de un matadero. Si lo hubiera dejado en el coche, Tirso seguiría siendo un asesino, pero al menos no tendría motivos para volverse contra ella.

No lo soportaba. El silencio. La tensión latente entre ambos mientras comían fingiendo que todo estaba bien.

Necesitaba ruido de fondo, como el del telediario o el de su propia voz, aunque cualquier cosa que dijera desembocaría irremediablemente en muertos o excels, seguro.

Pero le dio igual. Escogió el tema más alejado del tabú humano que era su novio y tiró para adelante:

—Le he regalado un Labubu gamba por su cumple.

Tirso rio por la nariz. No parecía muy sorprendido con que Julia volviera a sacar a Manu a colación; tampoco molesto, ni suspicaz. Todo lo contrario, de hecho.

—Es alérgico al marisco.

—Por eso mismo.

—Seguro que le ha encantado —comentó, como si nada. Como si estuvieran hablando de Pony, o de Marta, de alguien que llevaba años formando parte de sus vidas—. Le flipan las pijadas coleccionables. ¿De dónde lo has sacado tan rápido? Has ido directa del Obramat a su piso.

Ahí estaba, reconociendo abiertamente otra vez que la tenía vigilada. Julia no supo si tomárselo como una advertencia o como un compromiso de sinceridad. Se encogió de hombros.

—Resulta que Yolina lleva un negocio clandestino de compraventa de Labubus. Solo tuve que elegir entre los que tenía guardados en la taquilla.

Otra sonrisa risueña, sin rastro de malicia o segundas intenciones. La cabecita de Muu asomó por su lado de la mesa, suplicándole con ojos de cordero degollado que le diera un bocadito de carrillera, y él le rascó tras las orejas distraídamente.

—Siempre tienes salidas para todo, ¿eh?

—Le dijo el sicario a la cajera.

Tirso cambió de tema.

Fue raro, darse las buenas noches en el pasillo.

Tirso nunca había dormido en el sofá, ni siquiera por quedarse traspuesto viendo una peli, y menos aún porque anduvieran peleados, porque (recordemos) jamás habían discutido.

Pero Tirso le deseó buenas noches y acto seguido se sacó la camiseta por la cabeza con la misma naturalidad con la que lo hacía en el dormitorio, así que Julia dio media vuelta y desfiló para la cama comprensiblemente colorada.

Por desgracia, ni el peso de su conciencia la libraba de tener ojos en la cara.

También fue raro eso, dormir sola. Siempre lo era, pero las otras veces Tirso había estado de viaje, no al final del pasillo, viendo la tele con el volumen al mínimo para no molestar. Y con la traidora de su gata, faltaría más.

Se hizo una bolita. La cama era demasiado grande, el espacio tras ella demasiado frío, el agujero en su estómago demasiado profundo.

Poco después, Muu vino a dormir con ella. Se le acurrucó en la tripa como un caracol de peluche y Julia la quiso tanto que se le llenaron los ojos de lágrimas.