El novio ideal 20. Todo suma #2
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20. Todo suma #2

Julia empalideció, más confundida que impactada. De todas las cosas que habría esperado que salieran de su boca, la pasada ludopatía de su difunto suegro no estaba ni en la lista. Otra de las tantas heridas que Tirso le había ocultado.

—¿Ahá? —solo atinó a decir, instándolo a continuar.

—Por eso al principio, cuando me viniste con el cuento del cadáver, lo primero que pensé fue que Tirso al final había acabado metido en sus líos.

Le debía mucha pasta a mucha gente. Fermín, digo.

—Torció el gesto—. A gente muy chunga, Julia, gente con la que es mejor no meterse, ¿vale?

Y yo pues supuse que se le habría ido de las manos lo del portal, porque le dije que una cosa era Microsoft y otra cosa era buscarle las cosquillas a esta peña…

—Tú ya lo sabías —le cortó Julia, atando cabos en contra de su voluntad—. Que tenía un portal en la deep web .

—Hombre, de alguna manera tenía que compensar la de dinero que su padre se jugaba —se excusó él, como si ese fuera el problema—.

Pero… ¡Ah! No, yo del portal de ahora no tenía ni idea, yo estaba buscando el de antes, que era…

no legal, pero tampoco… —gesticuló torpemente con las manos— ¿letal?

Solo le vaciamos la cuenta a un puñado de imbéciles.

Redistribución de la riqueza, si me preguntan.

Y lo decía tan normal. Julia se cruzó de brazos, forzándose a no quedarse varada en los detalles.

Ya volverían a eso más adelante, cuando tuviera todas las piezas del puzle.

Por lo pronto, tenía un protoportal clandestino llevado a medias por dos universitarios con aparentes delirios de Robin Hood, un constante trasvase de dinero y una ruptura inminente.

—Pero Tirso quería más —aventuró ella.

Manu frunció los labios.

—No, Julia. Tirso necesitaba más.

Ah, vale. Ah, vale.

—Y tú le dijiste que no.

—Ojalá le hubiese dicho que no —graznó él, con la voz cruda, en carne viva—. No. Lo que le dije fue que dejara de sacarle las castañas del fuego a un tío que se merecía lo que fuera a pasarle por sangrarle la puta vida a su familia.

Silencio. Manu se cubrió la boca con la mano, sacudido por una fea náusea. Así de acre debía de ser el recuerdo, puesto ahora en perspectiva: las manos de Tirso manchadas de sangre, sus padres muertos, su identidad falsa.

—Guao —murmuró Julia.

Y vuelta al silencio.

Uno, dos, seis minutos de completo silencio.

Al final, Julia captó la indirecta y se puso en pie, dispuesta a marcharse.

Manu la miró de soslayo, pero no tardó en anclar los ojos de nuevo en su regazo, donde no podría comprobar si ella le juzgaba, compadecía o despreciaba.

¿Para qué iba a hacer ninguna de las tres?

Si Manu ya tendría bastante con sus propios pensamientos.

Aunque hubiera actuado movido por la preocupación (Julia entendía que una familia debía aprender cuándo decir basta), pocas amistades sobrevivirían a lo que, básicamente, había sido un «todo se solucionará cuando dejes que asesinen a tu padre».

Muerto el perro, se acabó la rabia.

—¿Algo más?

Por supuesto que había algo más. Manu se removió, incómodo.

—Puede que le dijera que yo cuidaría de ellos dos si volvía conmigo a casa.

—Guao —repitió ella.

—Julia —gimió él, sujetándose la cabeza con las manos como si la notara a punto de cascar—.

No quería que sonara así, pero sonó así y ya no quiso escucharme.

¡Solo quería que parase de tirar del carro!

¡Les estaba hundiendo a los tres! No quería que sonase a que eligiera entre su padre o yo, o que le daría la espalda a Emi si no me elegía a mí. De verdad que no.

—Pues para no quererlo bien que se lo soltaste otra vez tal cual anoche.

Manu reaccionó como escaldado:

—¡Porque yo tenía razón! ¡Da igual lo que entendiera!

¡Si lo hubiera dejado estar, mínimo Emi seguiría viva seguro!

¿De qué le ha servido hacerse el héroe? Si ya no le queda ni su nombre.

Si todo lo que tiene es mentira, incluso tú —la señaló, con rabia—, que te creería inofensiva y mira, mira la que le has liado.

¿Cómo no va a matarte? ¿Cómo esperas que no vaya a ponerte matarratas en el café, si eso es lo que conoce?

Yo lo haría, yo nos mataría a los dos. A ti por cargarte nuestro final feliz y a mí para cerrar el círculo. Y fíjate que casi q…

Ah. Por suerte o por desgracia, Julia sabía reconocer un autosabotaje cuando lo veía, así que no tuvo otra que cortarlo por lo sano tal y como hacían Marta o ella cuando el cerebro de Pony descarrilaba: con algo inesperado.

—Feliz cumpleaños —dijo, según sacaba su regalo del bolso para plantárselo en las manos.

Fulminante, oye.

Manu calló ipso facto, distraído por el colorido recuadro de cartón que le había caído prácticamente del cielo. No era como Julia habría querido dárselo, pero bueno.

—Es un Labubu gamba —barbotó él tras unos segundos, sin haber hecho ni intento de liberarlo de su plástico.

—Sip.

Muy, muy despacito, la miró a los ojos.

—Sabes que soy alérgico al marisco, ¿no?

—Sip.

—Me encanta.

—Ya. —Julia asintió, pagada de sí misma—. Es una funda para los AirPods, por cierto, que he visto que siempre los llevas sueltos en el bolsillo —enarcó una ceja— y que son de distinto color. Tiene la cremallera en el culete, ya la verás cuando lo saques.

La sonrisa le salió sola con la forma en la que Manu se llevó el cartón al pecho en un gesto afectado, infantil. Tuvo ganas de revolverle el pelo, pero se contuvo.

—Me enfada que me ocultases todo eso —le dijo, aprovechando que lo veía más compuesto—.

Te perdono porque todavía sigo con el susto en el cuerpo de anoche y porque, si nos parecemos cuanto creo que nos parecemos, apuesto medio brazo a que piensas que Tirso es quien es hoy y que su madre está donde está porque hace una década fuiste un bocazas.

No tuvo ni que responder para confirmárselo, pues su cara lo dijo todo. El suspiro que exhaló después lo remató.

— Touché. Pero que conste que tampoco le culpo por tomarse la confesión de un desquiciado como un ultimátum. Nunca he sido muy bueno articulando mis sentimientos, y antes encima era megaimpulsivo, no pensaba en lo que decía ni cómo.

Julia sonrió aún más antes de aclararse teatralmente la garganta y:

—Como dijo un sabio; «no se puede desver lo que ya se ha visto ni desoír lo que ya se ha oído, así que solo nos queda hacer de tripas corazón y trabajar por ser todo lo valientes, listos o fuertes que desearíamos haber sido».

—¿En serio? —resopló Manu.

—En serio —asintió ella, con reverencia incluida—. Citas célebres de LinkedIn by Manuel Molina Montaraz.

Un nuevo silencio, este más tranquilo. Más humano. Más vivo.

Fue el momento que Tirso eligió para escribirle.

Te espero para cenar?

Julia releyó el mensaje un par de veces; Manu se lo leyó a ella en la cara.

—¿Tirso?

—Sip. —Y le enseñó la pantalla.

—Da igual lo que diga, ¿no? Vas a volver a casa con o sin matarratas en el café.

—De algo hay que morirse —suspiró ella mientras tecleaba.

Si porfa

Estoy donde Manu

Lo sé

—Preferiría que no te murieras —rezongó Manu.

—Bueno, yo lo voy a intentar.

—¿Mantenme informado? Cada tres horas, como mi conmoción cerebral, ¿te parece?

Julia sonrió.

—Lo más probable es que me desmaye en cuanto ponga un pie en casa.

Manu frunció el ceño.

—Pues te pones una alarma.

—Sí, mamá. Me voy, ¿va?

—Ten cuidado, Julia.

Salgo ya

Lo que tarde

No hay prisa

Cómo está?

Moli

Vivo

Dale recuerdos

No se los dio.

Cuando llegó a casa, Tirso paró de poner la mesa para volverse a estudiarla atentamente, tal vez intentando decodificar su estado de ánimo.

Ella le sostuvo la mirada unos segundos, sintiéndose fuera de lugar en su propio hogar.

Incluso Muu parecía menos suya, como siempre pegada a los talones de su novio en vez de acercarse a saludarla.

Por alguna razón, fue aquel insignificante desaire lo que terminó de sorberle las fuerzas, por mucho que de normal el rico aroma de la carrillera al horno la tendría hecha gelatina.

—Aún no he dormido.

Tirso asintió mientras retomaba su tarea disponiendo los dos pares de cubiertos.

—No pasa nada. Tenemos todo el tiempo del mundo, y no quiero precipitar ninguna conversación para la que claramente necesitamos estar despejados y descansados.

—Qué considerado.

Como no mordió el anzuelo, Julia cumplió con su rutina postjornada salvo por el beso de bienvenida, aunque cierto es que estuvo dudando entre si ponerse o no el pijama.

Había algo en el viejo conjunto de camiseta XXL promocional del Obramat + pantalones cortos del Primark que se le hacía demasiado vulnerable.

Luego pensó que ir vestida de calle no la protegería de una puñalada trapera y se cambió.

Terminó a tiempo de encontrarse a Tirso emplatando la cena con el temple de un chef Michelin.

—Me tienes en muy baja estima si esperas comprar mi silencio con mi comida favorita.

Eso le sacó una risita breve, casi muda.

—No. Pero todo suma.