20. Todo suma
Todo suma
Por alguna misteriosa razón, Julia se sentía… tranquilísima.
No, esa no era la palabra. ¿Ligera? ¿Aliviada?
Tampoco. ¿Serena? Mmm. Quizá no existía ningún adjetivo lo suficientemente cercano, o adecuado.
Aunque, así a simple vista, todos cuadraban: no estaba histérica, ni taquicárdica, ni al borde de estarlo, y el día había transcurrido a su ritmo habitual, sin contratiempos dignos de mención.
Por supuesto, sus ojeras habían llamado la atención de sus compañeros (de Yolina la primera), pero en cuanto Julia las había achacado a un irresponsable maratón nocturno y manejado el aluvión de clientes prevacacionales con la paciencia de una santa, se olvidaron pronto.
Todo gracias a que trabajaba sentada, claro.
Si hubiera tenido que corretear de acá para allá con aquellas agujetas punzándole de tobillo a nuca, otro gallo cantaría.
Una parte de ella sospechaba que estaba en estado de shock.
La otra, en cambio, tenía bastante seguro que lo que estaba era conforme.
Sí, tal vez esa era la palabra correcta.
¿Por qué no? A fin de cuentas, había cumplido la inmensa mayoría de sus objetivos: ver con sus propios ojos cómo se las gastaba Tirso, regresar sana y salva a casa y retomar su vida como si nada.
Sí, habría estado bien que Tirso no los pillara con las manos en la masa, o que Manu hubiera salido ileso, o (¡por pedir!) que su novio hubiera resultado inocente, pero menos daba una piedra.
Tal como lo veía ella, la peor parte había pasado.
Ya todas las cartas estaban sobre la mesa, ya todos sabían qué mano jugaba cada uno. Para bien o para mal.
—Vale, pero sabes que en este mismo momento puede estar envenenándote la cena, ¿no?
Julia lo fulminó con la mirada. Le había parecido buena idea acercarse después del trabajo a ver cómo andaba Manu, toda reconcomida por haberlo mandado a conducir con una brecha en la cabeza, pero empezaba a arrepentirse.
« Mon pobre doudou », le había dicho por todo saludo madame Molina al darle paso al ático de Tirso de Molina, «¡Mira que le tengo dicho que los cumpleaños son para estarse en familia, no de juerga…
! Pero bueno, qué se le va a hacer, está en la edad…
Por aquí, por aquí, Julia, cariño, ¿qué vienes, a tomarme el relevo?
Eso está muy bien, qué detalle por tu parte, que nos dijeron que lo despertáramos cada tres horas para comprobar que sigue estable y yo tengo que salir ahora corriendo a una…
, bueno, ¡a una cosa de las mías, ya sabes…
!». Así, sin callar ni medio segundo, la señora de la casa la había guiado hasta uno de los saloncitos de té revestidos de alfombras y lienzos, donde un Manu injustamente ufano se bebía una limonada de fresa recién hecha repantingado en una butaca que costaría tres veces su sueldo.
«¿Creo haber entendido que te han… atracado estando de fiesta?», había querido asegurarse Julia mientras tomaba asiento enfrente.
«No, no —le había corregido él—: He rescatado a una chiquilla de dos atracadores estando de fiesta».
«¿Y se lo han creído? ¿Los médicos también?».
«¿Por qué? ¿Es que no me ves capaz?».
«No, es que ibas en chándal».
«Anda, pues porque fue en una rave».
Luego se habían mirado largamente, sin saber muy bien cómo proceder, y luego Manu había suspirado, dejado la limonada sobre la mesita y abierto los brazos para que Julia se refugiara en ellos.
Ninguno había pegado ojo, así que entre la conmoción cerebral de uno y la tensión acumulada de la otra tenían los dos los nervios a flor de piel, sensibles como un diente sin esmalte.
Julia se derritió enseguida en el abrazo, desvistiéndose por fin la muda de Julia falsa; y Manu, por cómo de fuerte la estrechaba, por cómo le susurraba «gracias, gracias, gracias» en bucle al oído, más de lo mismo.
Tardó en darse cuenta de que no era un agradecimiento general, así al aire, sino para ella.
Por salvarle la vida interponiéndose entre él y Tirso aun estando ya a salvo allá afuera.
Cuando se separaron, simplemente se enjugaron las lágrimas, se sorbieron los mocos y Julia le puso al corriente de los eventos subsecuentes a su heroica pero impulsiva intervención, desde el lanzamiento de gapo sobre cadáver (aquí Manu tuvo que darle un sorbito a su limonada para no hiperventilar), pasando por sus hipótesis referentes a los tanques de la sala («¿Sopa?
». «Sopa») hasta la breve conversación en el salón que terminaría con Tirso desconectando la gatocam y con ella marchándose toda digna.
Ahí había sido cuando Manu, mitad pálido mitad rojo, le había soltado con un reborde casi histérico que ahora mismo Tirso podría estar envenenándole la cena.
Julia, la verdad, no se lo tomó muy bien.
—¿Por qué iba a hacer eso? —espetó, intentando no leer el pánico de Manu como un insulto a su inteligencia—. Ha tenido oportunidades de sobra, y muchísimo más convenientes, para quitarme de en medio. Y lo mismo contigo. ¡Te dejó ir! ¡Nos dejó ir a los dos!
Él balbuceó, incrédulo, sus pupilas solo dos diminutas pecas negras en la inmensidad gris de sus ojos desorbitados.
—Julia.
—Qué.
— Julia.
—QUÉ.
—Dime que me estás vacilando. —Y, en su defensa, Manu de verdad sonaba implorante—.
El tío iba a degollarme sin pestañear. No me «dejó ir», le interrumpiste y tuvo que recalcular su estrategia porque cargarse a su novia lo convertiría en el sospechoso número uno fuera o no culpable y más todavía si su excolega también desaparece.
—¡Hasta hace dos días me decías que tenía las de ganar si Tirso me pillaba!
—Si te pillaba solo A TI —matizó, rechinando los dientes—.
Pero nos ha pillado a los dos, y encima juntos, claramente compinchados, ¿crees que va a confiar en que yo no te coma la cabeza para denunciarle hoy mismo?
¿Ahora mismo, que has venido aquí a verme en vez de irte directa para casita con él?
—Rebufó, ácido como nunca lo había sido.
Eso era cosa suya, de Julia. De la Julia real, escondida bajo capas y capas de otras Julias—.
¿¡Qué harías tú!? ¿¡Qué harías t…!? No, no me pongas esa cara, que no soy tu madre, soy tu amigo y me has salvado la vida y estás tirando la tuya a la basura por media milonga que te ha contado.
Julia se mordió los carrillos hasta sangrar por no arrancarle a él la cara de un bocado.
No quería bajar a la Tierra tan pronto. Quería seguir viviendo en los mundos de Yupi, donde el sicario implacable y el novio enamorado coexistían en un mismo Tirso, donde no tenía que plantearse que mentía al asegurarle que había algo rompible entre ambos, (razón por la) que no había querido implicarla en sus crímenes.
—¿Y vas a hacerlo? —fue todo cuanto se le ocurrió responderle.
—¿El qué?
—Comerme la cabeza para denunciarlo hoy mismo.
Manu le aguantó la mirada un total de dos segundos antes de dejar caer los hombros, abatido.
De pronto parecía muy niño, con aquel pijama de verano de cuando aún vivía allí, el esparadrapo en la frente y la limonada en la mano.
Quizá por eso le resultó tan sencillo adivinar lo que estaba pensando (lo que le estaba frenando), y es que, por primera vez, Julia no vio en él a su Manu, sino al Manu de Tirso. A Moli.
A Moli; recién graduado y recién amputado de un futuro conjunto con el que había creído su única constante, su mejor amigo.
A Moli; que había aceptado el destierro sin peros por miedo al porqué.
A Moli; que había aceptado ayudarla a desenmascarar a Tirso por proteger a sus segundos padres.
A Moli; que seguía a bordo aun sabiéndolos muertos, que se había quedado en su casita bebiendo limonada en vez de personarse en cualquier comisaría aun sabiéndola a ella a merced de Tirso, aun teniendo pruebas de sobra para mandarlo a pudrirse a la cárcel.
A Moli; que acababa de ponerla de tonta para arriba por fiarse de la palabra de un asesino.
A Moli; que, en definitiva, era tan incapaz como ella de soltar a su Tirso.
Quizá incluso por las mismas razones que ella.
Se sintió un poco boba por no haber caído hasta entonces.
Mira que tirarse meses escurriendo el bulto, fingiendo tener clarísimo qué harían con las pruebas recabadas, siguiéndose la corriente el uno al otro porque apresar al malo era lo lógico, lo correcto…
para que luego llegara el momento de la verdad y descubrieran que ninguno de los dos había querido enfrentarse a ella.
Si es que se merecían que Tirso los fusilara, por gilipollas.
Como el que calla otorga y en efecto Manu había otorgado más de lo que jamás sospecharía, Julia le congració con un cambio de tema (aunque solo en apariencia. Muy al fondo, seguían hablando de lo mismo):
—¿A qué te referías anoche con que Tirso debería haberse vuelto contigo a casa?
Él suspiró. Seguían sin mirarse a los ojos.
—No he sido… del todo sincero contigo.
—Ya me había dado cuenta.
Esta vez Julia sí se atrevió a alzar la vista, y se encontró con Manu haciendo lo mismo. Él volvió a bajarla enseguida. Ella no.
—Tengo bastante claro por qué Tirso cortó relación conmigo —admitió, con una mueca dolorida—.
No te lo dije porque pensaba que tú también desconfiarías de mis intenciones, pero sobre todo porque no me enorgullezco de haberle puesto en esa situación.
Me da mucha vergüenza, y me arrepiento, y ahora que sé que ya no están, no…
«Voy a necesitar que seas un poquito más clara, cielo», solía decirle Tirso cuando se embrollaba, así que Julia siguió su ejemplo al pie de la letra:
—Voy a necesitar que seas un poquito más claro, cielo.
—Sí —carraspeó él, aunque entre dientes—. Es… El padre de Tirso tenía problemas de juego, ¿no? Fermín. Se lo fundía todo. Su sueldo, el de Emi, las becas… Tal cual entraba el dinero en casa iba directo a las tragaperras.