El novio ideal 19. Algo que romper #2
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19. Algo que romper #2

—¿Cómo?

—Astaroth era la primera novieta de Adán, ¿no?

—Esa es Lilith, y no, yo… yo no hago eso. Esos no.

—¿Esos cuáles?

—Ya sabes cuáles —rechinó él, sintiéndose ametrallado—. Encargos pasionales, vendettas de a pie. O vicarios. Vicarios nunca.

—¡Hombre! ¡Aliado feminista!

Qué cojones. Tirso no volvió a abrir la boca hasta que dio con un semáforo frente al que detener el coche. Estaba en verde, pero a esas horas intempestivas la carretera permanecía desierta. La miró. Ella a él no.

—¿Desde cuándo eres sarcástica? —Era una pregunta genuina.

—Siempre he sido sarcástica. —Se encogió de hombros—. Simplemente me lo guardaba para mí.

—¿Por qué?

—Porque no me pega.

En cualquier otra situación, eso le habría sacado una sonrisa. En aquella solo enarcó una ceja, desconcertado.

—Julia, lo primero que me dijiste fue un insulto. Me llamaste imbécil.

—No —le contradijo ella, toda digna—. Esa palabra nunca salió de mi boca. Solo lo impliqué.

—Irrelevante. No he vuelto a ver a esa Julia hasta ahora.

—¿Y?

—Que no puede no pegarte algo que te sale solo.

Julia suspiró. Seguía sin mirarlo, la vista anclada en el semáforo parpadeando en ámbar. Cambió a rojo justo mientras decía:

—¿Es esta la colina en la que quieres morir hoy, amor? ¿Antes siquiera de decirme tu verdadero nombre?

Tocado y hundido. Tirso arrugó la nariz, vacilante.

—No lo uses. No me… —Se mordió la lengua.

Ahora sí, ella se giró a mirarlo con ojos brillantes, ácida.

—¿No te pega? —terminó por él.

No respondió. En su lugar, volvió al volante y se saltó el semáforo sin remordimientos. Cuanto antes llegaran a casa, cuanto antes hiciera las maletas, antes podría empezar el luto por Tirso Mihura.

—Quien calla otorga, supongo —musitó Julia, aunque no sonaba muy contenta.

Muu salió a recibirles con una retahíla de maullidos airados por haberla dejado sola toda la noche y su primer impulso fue cogerla en brazos para hundirle la cara en la barriga, como siempre hacía a la vuelta de un encargo.

Huelga decir que no lo hizo. Se contuvo a tiempo, disimulando el quiebro devolviendo sus llaves de casa al cuenco del recibidor.

Intentó no pensar en que ya no volvería a cogerlas.

Julia no había ni cerrado la puerta tras ellos cuando el despertador de su móvil saltó. Las 7:00. Tirso la miró mientras aplazaba la alarma, y mientras se agachaba para rascar a Muu bajo la barbilla. No habían intercambiado una sola palabra desde el fiasco del coche.

Tampoco es que hubiera mucho que decir. Podía considerarse afortunado. Cualquier otra persona habría llamado a la policía de inmediato, pero Julia le quería lo suficiente como para lavarse las manos. O, como mínimo, lo justo para darle unas horas de ventaja.

Se volvió hacia ella a tiempo de verla soltarse el pelo con un resoplido agotado.

Luego le dio la pinza a Muu para que juguetease con ella.

Luego se apoyó contra la barra de cocina, se cruzó de brazos y esperó, tirante.

A qué, Tirso no lo sabía, pero sí sabía lo que tocaba decir. Empezó por lo básico:

—¿Vas a ir hoy a trabajar?

Julia se encogió de hombros.

—Es jueves —dijo por toda respuesta.

No pudo evitar sentirse aliviado. Así mejor. Así sería más fácil para los dos.

Asintió.

—Te prometo que ya me habré ido cuando vuelvas.

En la quietud de su diminuto piso, el grito ahogado de Julia resonó alto y claro, pero enseguida apretó los dientes, como decepcionada con su propia reacción. Tirso no supo cómo tomárselo.

—¿Qué pasa?

—Nada —siseó ella—. Vete si quieres.

—¿Si quiero? —Tirso ladeó la cabeza, desconcertado—. ¿No tendrías que quererlo tú?

—El qué.

—¿Que me vaya?

Ahí Julia negó levemente, aunque, por el suspiro que vino después, supuso que no era tanto una respuesta como un gesto irreflexivo, incrédulo. Aunque tampoco podía estar seguro. La nebulosa luz mañanera que trepaba por el balcón no daba mucho de sí.

—Estoy muy cansada, Tirso —dijo finalmente Julia, con especial énfasis en su nombre—.

Hoy mi novio ha troceado a un señor y habría hecho lo mismo con mi mejor amigo de no haberme puesto en medio.

Preferiría no tener que rematar la noche con una ruptura amorosa, la verdad.

—Alzó mucho las cejas, de pronto escéptica—. Si es que hay algo que romper, claro.

—Lo hay.

—Pues entonces quédate.

—Vale.

—Vale.

Y, sin embargo, ninguno se movió. Solo se sostuvieron la mirada unos segundos, minutos, siglos más, mientras el salón iba esclareciendo a su alrededor.

Tirso no quería hacerse ilusiones. Sabía que no se las merecía.

De hecho, una parte de él, la que había sobrevivido a toda clase de escabrosidades, le tronaba que saliera corriendo de allí.

Que nada era nunca tan sencillo, ni tan bueno, ni siquiera Julia.

Por primera vez en la vida, la ignoró.

—Bueno, pues… —carraspeó Julia, cuando su móvil volvió a timbrar— voy a ir vistiéndome.

—Va. Deja la sudadera en la ducha.

La vio pegar un respingo, a todas luces acordándose de golpe de la prueba incriminatoria que llevaba puesta.

Por alguna razón, en lugar de arrancársela se arrebujó aún más en ella, como si se resistiera a perderla de vista.

Fue un tic tan suyo, tan de su novia (¿su novia?), que Tirso tuvo que contener forzosamente la sonrisa.

Nunca había odiado tanto y, al mismo tiempo, agradecido tanto, tener que despedirse de ella.

Y es que, por muy poco que le apeteciera, ambos necesitaban aquel alto el fuego.

Así que Tirso dio el primer paso volviéndole la espalda y yendo directo a preparar el sofá-cama en una muda declaración de intenciones.

Aunque aquel también era su hogar, no le importaba autoconfinarse en el salón hasta que todo quedase dicho y hecho.

Con sus límites, claro. Que tampoco era gilipollas. La cámara de Muu iba fuera.

Cuando se dio la vuelta, cámara en mano, Julia lo miraba con la boca entreabierta, petrificada en el sitio.

—¿Lo sabías? —balbuceó, atónita.

Él asintió.

—La dejé puesta para no levantar sospechas. Primero quería averiguar quién estaba vigilándome. Supongo que Moli, ¿no?

Ahora fue ella quien asintió.

Silencio. Tirso hizo tiempo para pensar mientras enrollaba el cable de la videocámara.

—Me di cuenta a mediados de mayo —dijo—. ¿Llevas guardándotelo desde entonces?

—No. Desde San Valentín. Te vi en el garaje.

¿Cómo?

—¿En el g…? Te da miedo bajar sola al garaje.

La forma en la que Julia se encogió de hombros hizo temblar todos los cimientos de su realidad. Más aún cuando dijo:

—En realidad no. Solo me lo inventé para que no buscaras ahí tus regalos. Los escondo detrás de la caja del árbol de Navidad.

Se la quedó mirando, sin palabras.

—Pero ¿tú quién eres?

Cómo no, ella solo alzó las cejas, de nuevo con aquel extraño talante suyo entre amargo, altivo y crítico.

—Yo podría preguntarte lo mismo.

Y, ahora sí que sí, Julia zanjó el tema marchando para el dormitorio sin ni una mirada más, ni una palabra más, sin siquiera despedirse, y Tirso tuvo que contentarse con eso porque era lo que él mismo se había buscado.