19. Algo que romper
Algo que romper
«Y ahora, ¿qué?».
Esa preguntita martilleaba en bucle en su cabeza como un pensamiento intrusivo. Le estaba volviendo loco. Peor: le estaba volviendo torpe. Y torpeza era lo único que no podía permitirse en su línea de trabajo.
En parte, le gustaría echarle la culpa a Julia, la muy cotilla.
Primero por meter las narices donde no debía y luego por inconsciente.
¿Cómo se le ocurría, cómo tenía el cuajo de acorralarlo en su propio territorio?
Interponerse de un salto entre un cuchillo y el payaso de Moli, su puto monstruo de la parálisis del sueño hecho realidad.
Nunca había tomado a Julia por una suicida, pero desde luego que se lo estaba ganando a pulso.
Y ahora, ¿qué?
Tirso chasqueó la lengua, fastidiado. Acababa de vaciar medio cajetín de la trituradora en un mismo punto en vez de esparcir la gravilla de huesos por todo el sótano para enmascararla entre sus escombros.
Allá afuera empezaba a clarear, lo cual le irritó todavía más.
No recordaba la última vez que se le había hecho de día con un encargo.
Normalmente era más rápido. Normalmente a esas horas ya estaba de vuelta en casa, acurrucado con su novia y su gata.
Aunque, siendo justos, normalmente nadie le interrumpía mientras despachaba.
Y con «normalmente» quería decir «jamás».
Suspiró.
Debería matarla, a ella y al otro. Era el plan de contención por antonomasia para cualquier criminal de sangre, ya fuese vocacional, accidental u ocupacional: no dejar testigos.
A él nunca le había pasado, ni siquiera de novato, pero tampoco nunca le había angustiado la perspectiva de quitarse a alguien de en medio.
Total, mucho tendría que cagarla uno para que lo pillaran, y Tirso no era de los que la cagaban. O eso había creído.
Pero es que encima no tenía un testigo, tenía dos.
Y qué dos testigos.
Vamos, que arreglaría antes el estropicio volándose los sesos ahí mismo.
Sobre todo porque sabía que no iba a tocarlos. Le daban arcadas solo de pensarlo.
Una vez, un cliente había reculado demasiado tarde.
Tirso había llegado a casa asqueado y exhausto solo para encontrarse una hilera de mensajes a cada cual más frenético, una mixtura de súplicas, amenazas y mayúsculas.
Sin embargo, para él lo verdaderamente escalofriante de los mensajes no había sido el contenido, sino la certeza subyacente de que, en el fondo, su cliente sabía que no servirían para nada: Tirso siempre les dejaba claro cuándo expiraba el plazo de marcha atrás.
Esto era un poco igual. Ya no podía volver atrás. Su vida tal como la conocía estaba muerta y enterrada, y lo peor de todo es que se lo había buscado él mismo. La había matado con sus propias manos.
Así que no tenía sentido perder tiempo lamentándose.
Cuanto antes averiguara qué esperar de Julia (o del puto Moli), antes podría ponerse en movimiento.
En el mejor de los casos, con mudarse de barrio bastaría.
En el peor, tendría que tirar de alguno de sus DNI alternativos para salir del país mientras durase la investigación policial.
Preferiría no tener que hacer ni lo uno ni lo otro, pero ya no dependía de él.
Cuando lo tuvo todo bien guardadito en el megasaco del Obramat, roció los suelos de la sala de caldos con luminol en busca de motas de sangre que hubieran salpicado fuera del plástico, y, una vez comprobado que nada brillaba, se echó el saco a un hombro, desplegó el asa del generador y salió de allí acompañado por el traqueteo de sus ruedines.
Julia lo esperaba en el coche, justo como le había pedido.
Mmm.
Ni siquiera miró en su dirección mientras cargaba las cosas en el maletero, ni al sentarse frente al volante, ni al quitarse la mascarilla. Tirso le dio unos segundos más de cuartelillo antes de volverse hacia ella y preguntar:
—¿Adónde?
—Adónde qué —fue su respuesta, desprovista de tono. Seguía con los ojos fijos en el horizonte, donde el cielo tenía ya más de naranja que de negro.
—Que adónde te llevo.
Ahora sí, Julia le devolvió la mirada. Por sus ojeras, no parecía haber aprovechado para echarse una cabezadita mientras él atendía sus asuntos.
Obvio, suponía, si se paraba a pensarlo.
Tampoco debía de haber llamado a la poli (aún), porque habían tenido tiempo de sobra para presentarse allí.
En cambio, lo que parecía haber estado haciendo para entretenerse era quitarse los abrojos enganchados a sus leggins, por el montoncito pinchudo sobre la alfombrilla.
—Eh… ¿A casa?
En lugar de buscarle un significado oculto a sus palabras («a casa», no «a mi casa» o «al piso»), Tirso asintió y arrancó el coche. Acostumbrado al espacioso interior del Sandero, dentro del 206 se sentía confinado, más aún con Julia tan cerca, prácticamente pegados hombro con hombro.
Había estado preparado para el silencio incómodo de la vuelta a casa, pero no para lo tenso que le pondría.
Con Julia nunca se sabía. Siempre que creía tenerla descifrada le salía con algo nuevo, como lo de presentarse a unas oposiciones o lo de cazarlo en pleno encargo.
Y si encima había estado confabulando con el otro iluminado…
—¿Sabemos algo de Moli? —quiso tantear las aguas. No había visto su móvil mientras subía las escaleras del sótano, y Julia tampoco lo llevaba encima, así que debía de haberlo recogido al marcharse.
—¿Por qué? —espetó ella—. ¿También te toca finiquitarlo?
Suspiró. Hasta cierto punto, se lo tenía merecido.
Decidió no insistir, primero porque Julia no andaría con ánimos para discutir si no supiera que Moli estaba bien y segundo porque podría comprobarlo por sí mismo en un par de horas, según si posteaba alguna de sus gilipolleces mañaneras en LinkedIn o no.
—Bueno. Al menos no es el primer cumpleaños que acaba en Urgencias. A nadie le extrañará.
Por alguna razón, Julia se envaró.
—¿Cumpleaños…?
Asintió. Cuando la miró de reojo, estaba pálida.
—Mmm. ¿Es que sois amiguitos? Tranquila, que Moli es rencoroso, pero perdona fácil. Con que le regales cualquier tontería pronto te vale.
—No lo somos. No sabía que era su cumpleaños.
—Mentira —soltó, seguido de un resoplido involuntariamente amargo—. Se te habrá olvidado, pero saberlo seguro que lo sabías.
—Ah, ¿y tú para eso en qué te basas?
—En que a ti nunca se te pasa nada, Julia.
—Pues por eso estamos aquí.
—Ya.
—Ya.
—Ya.
Silencio. Agrio, descomposición. Tirso no podía parar de rascarse el uñero del pulgar, como siempre convencido de que la sangre había calado los guantes. Nunca era verdad, pero ya formaba parte del trabajo. No dejaría de buscarse sangre seca bajo las uñas hasta bien entrado el mes siguiente.
Seguro que había sido Moli. Algo habría visto, algo se habría olido, y en vez de atender a las señales había ignorado su instinto de supervivencia para plantarse de un brinco frente a Julia.
Sabía lo convincente (lo magnético) que podía ser Moli, al igual que sabía lo cabezota (lo concienzuda) que podía ser Julia.
Podía imaginarse la retroalimentación resultante. Tendría que haberle atizado más fuerte.
Para cuando llegaron al parking del gym, Tirso ya tenía planeada su ruta de escape.
No quería poner a Julia en el compromiso de echarlo de casa, ni insultaría sus valores intentando explicarse (que no defenderse).
Al contrario que Moli, Julia poseía una capacidad asombrosa de entrar en survival mode, escondiendo el pánico tras una carcasa de calma que hacía mucho que no le veía, desde sus primeras citas.
Quedarse sería forzarla a asentir y sonreír, su forma de demostrarle que se estaría «boba y calladita», tal cual le había dicho en el matadero. No podía hacerle eso.
En cuanto pusiera un pie en casa, cogería las maletas y se iría.
Supo que había tomado la decisión correcta al aparcar, pues Julia simplemente se desabrochó el cinturón y bajó del coche, escaneando el garaje con la mirada en busca del Sandero.
Parecía otra. Bajo aquellas luces mortecinas, con aquella expresión neutral, el pelo recogido y su sudadera, parecía una desconocida.
No pareció sorprenderla que llevara la bolsa del gym en el maletero, o que de ella sacara una muda de ropa completa, calzado incluido, o que se cambiase ahí mismo, relegando sus prendas negras de faena al saco del Obramat.
Quizá por eso no preguntaba nada, porque ya lo sabía todo.
Y, sin embargo, poco después de asentarse en la familiaridad del Sandero Julia carraspeó y preguntó:
—Entonces, emm, ¿esto…? ¿Desde cuándo haces esto?
—¿Matar gente?
Ella lo miró al instante con las cejas alzadas, impávida. No estaba acostumbrado a no saber leerla. Se removió en el asiento, incómodo.
—Unos diez años.
—¿Y cobrando?
Tirso torció el gesto.
—Lo mismo.
El resoplido con el que respondió sonó mitad incrédulo mitad mofa.
—¿Este es tu trabajo de verdad, entonces? ¿Qué pasa con lo demás? Tu contrato con IFEMA y todo eso… ¿Era mentira?
¿En serio eso era lo que quería saber?
—No. Nada de lo que te he dicho, compartido o enseñado alguna vez es mentira. —No se atrevió a apartar los ojos de la carretera, por lo que pudiera encontrar en su rostro—. Si solo me dedicara a lo mío, llamaría demasiado la atención. Una existencia mundana requiere un empleo mundano.
—Y una novia mundana, claro.
Le cayó como una bofetada, pero no tuvo tiempo de negárselo antes de que Julia lo atrapara con otra pregunta demasiado grave como para volver al tema:
—¿Qué es «lo tuyo», exactamente? ¿Qué es un Takedown ?
Joder. Si es que se le habían metido hasta la cocina.
—Un Takedown es… lo que entenderíamos por un completo. Yo localizo, estudio y sigo al objetivo, considero la mejor forma de abordarlo y me aseguro de que jamás se lo vuelva a ver.
Julia ni pestañeó.
—¿Y una limpieza?
—Ah. Ese es autoexplicativo. Me encargo de sacar la basura de otros.
—Autoexplicativo —repitió ella, seca—. Vale. Siguiendo esa lógica, ¿asumo que un Kit Astaroth es cargarse a la esposa del cliente? ¿O es a la ex?