18. Corazón que no siente
Corazón que no siente
Durante unos segundos, el estupor fue incluso mayor que el alivio, mayor que el miedo, y no pudo más que parpadear y parpadear, batallando por contener las lágrimas. Por mantenerse entera. Aquello no había acabado.
Ni siquiera había empezado.
—Ahora tú —ordenó Tirso.
Su voz sonaba como si siguiera empuñando el cuchillo.
—¿Yo? —barbotó ella, perdida.
—No, el fiambre —resopló él, ácido—. Vamos.
En contexto, el grito ahogado que se le escapó a Julia entre los labios podría (y debería) deberse a la propia alusión al cadáver, pero lo que en realidad le había impactado era el sarcasmo.
La veloz crudeza con la que había replicado Tirso, como un latigazo.
Nunca le había hablado así. Nunca la había mirado así, entre expectante y exasperado, o entre reticente y vehemente, como si quisiera y no quisiera escuchar su respuesta al mismo tiempo.
Se quedó en blanco.
Ella, que en sus mejores días podría mantener una conversación completa a base de refranes, se quedó en blanco.
No se le ocurría ninguno, ni adecuado ni inapropiado ni nada.
Cero. Y Tirso seguía mirándola, esperando, esperando, porque al igual que Julia le había preguntado sin palabras si era o no su Tirso él le estaba preguntando si era o no su Julia.
Si era una amenaza, una trampa o un cabo suelto.
Si podía confiar en ella. Si con ella estaba a salvo.
—Tirso…
—No. El refrán primero.
Tajante, afilado. Incluso oculta tras la mascarilla podía notar Julia cómo tensaba la mandíbula, llegando a la única conclusión posible ante su silencio.
Le dio pavor. No que Tirso se la cargara (eso ya era miedo viejo), sino que Tirso se la cargara por haber sido incapaz de articular que no, que no era ninguna amenaza, que estaba de su lado, que con el refrán le había bastado, que la dejara explicarse, defend…
Tirso cuadró los hombros, derrotado pero resuelto.
Julia entró en pánico y tomó la decisión más estúpidamente ingeniosa de la historia humana: escupir sobre el cadáver.
El gapo cayó con un ridículo plaf encima del ojo aún abierto del señor.
—Hala —susurró, alucinada mitad por su arrojo y mitad por su puntería.
No era la única:
—¿¡PERO QUÉ HACES!?
Pegó un respingo. Tirso había dado un paso hacia ella y la miraba todo descompuesto, con los ojos muy abiertos. No supo si sentirse orgullosa por haberlo dejado pasmado o acojonada por lo mismo.
—¡Lo siento! ¡Es lo primero que se me ha ocurrido!
— ¿«Ocurrido»? ¿¡Para qué!?
—¡Para demostrarte que estoy contigo!
—¡JULIA!
Esta vez pronunció su nombre como un improperio, como si en realidad hubiera querido cagarse en Dios o, más precisamente, en todos sus muertos.
Y ahora sí que Julia jamás lo había visto así, frenético y colérico a la par, apretándose los ojos con las palmas mientras respiraba muy muy hondo, muy muy trémulo.
Casi turbulento. Tenía mala pinta. Julia diría que estaba… No, ¡es que lo estaba! ¡Acabáramos!
—¿¡Por qué estás entrando en pánico!? —acusó Julia, ultrajadísima—. ¡Soy YO quien debería estar enajenada perdida!
—¡Porque acabas de fumigar tu ADN en la escena del crimen!
—¡EN TU ESCENA DEL CRIMEN!
Tirso hizo amago de replicar, incendiario como nunca lo había sido, pero en el último momento frenó en seco y procedió a darle un repaso visual de arriba abajo, claramente barajando sus opciones.
Incluso cabeceó. Tirso cabeceó, como siempre que se le presentaba un dilema, un gesto tan arraigado en la imagen mental que Julia tenía de su novio que quiso llorar, o gritar, o matarse delante de él para cambiar la trayectoria de su vida para siempre.
—Déjame pensar —tuvo encima la desfachatez de graznarle el tío.
—Pero ¡si no he dicho nada!
—Pero lo estás pensando a voces —siseó, masajeándose las sienes con los ojos apretados.
—¡Ah! ¡Perdóneme usted por importunarlo con mis pensamientos, intentaré volver a estarme boba y calladita, justo como te gusto!
Eso le hizo abrir los ojos para mirarla.
Para mirarla de verdad. Serio, grave. Y, por la microexpresión que parecía asomar por encima de su mascarilla quirúrgica, quizá hasta un poco compungido.
Increíble. Tenían un muerto al lado que ya empezaba a oler y a Tirso le entraban los remordimientos por un reproche de su novia.
—No deberías estar aquí —concluyó por fin, monocorde.
Ella solo rebufó, sardónica.
—Me refiero —croó Tirso, casi con dificultad— a que no quería que lo vieras.
No quería implicarte en esto. Por tu seguridad.
—«Ojos que no ven», había dicho. «Corazón que no siente», continuaba el refrán, y Julia rechinó los dientes, sin saber cómo sentirse salvo patética—.
¿Podemos hablarlo más tarde? Tengo que… finiquitar esto.
Y señaló elocuentemente no hacia el cadáver, sino hacia dos gigantescos tanques de metal alineados en la única pared sin estanterías.
Uno era cilíndrico, el otro cúbico. Uno tenía un grifo aún goteante en la panza y a los pies un charco fresco de algo amarillento, el otro un cajetín a rebosar de guijarros cenicientos, porosos.
Entre ambos zumbaba un generador eléctrico mucho más nuevo que ellos.
Julia apartó la vista del trío de máquinas antes de que su cerebro pudiera unir los puntos.
Tirso seguía esperando su respuesta, así que asintió.
—Vale —asintió él también, como para sí mismo—. ¿Me esperas en el coche, por favor?
—¿En cuál? —no pudo evitar escupirle ella—. ¿En el Sandero, en el Focus o en el 206?
Una vez más, Tirso calló, a todas luces descolocado. Julia se mordió el carrillo por dentro, aunque sabía que lo que debería morderse sería la lengua: mejor que Tirso no supiera de cuánta información disponía.
—En el que hayas venido —contestó al final, midiendo las palabras con mucho cuidado.
—No puedo. Mi chófer se ha ido sin mí. —Julia arrugó la nariz—. A Urgencias, espero.
—¿Tu ch…? ¿Moli? —Y ahí su semblante se ensombreció—. ¿Habéis venido juntos? ¿De qué os conocéis, por qué os conocéis?
—Creo que tú tienes preguntas mucho más pertinentes que responder.
Otro silencio; este considerablemente más largo. Acabó con Tirso quitándose la sudadera de un tirón y lanzándosela. Julia la cogió al vuelo por los pelos.
—Póntela —ordenó—. Y échate la capucha. No quiero más ADN tuyo en mi escena del crimen.
Que lo admitiera tan abiertamente la dejó sin aire, pero lo ocultó a toda prisa dentro de la enorme sudadera de su novio.
En cualquier otra situación, habría sido un gesto bonito, casi romántico.
Solo una más de tantas noches que Tirso le prestaba (o que Julia le birlaba) algo de su armario porque sabía que le encantaba arrebujarse en su olor.
Pero ni estaban a salvo en casa ni reconocía la sudadera de nada.
De hecho, Julia la notaba un poco rígida, como recién estrenada.
Ah, claro. Tirso tendría que desechar la ropa cada vez.
Por alguna razón, ese pensamiento le dio tantísima pena que estuvo a punto de ser la última gota, la última brizna y la última todo.
Sin embargo, Julia aguantó un poquito más (total, llevaba aguantando un poquito más desde San Valentín), lo suficiente como para reactivar el piloto automático y salir de allí por fin, de una pieza pero rota, viva pero espectral.
Si el chirrido de la maquinaria picando hueso comenzó mientras aún vagaba por entre las cámaras del matadero no lo oyó, o no lo quiso oír.
Solo consiguió atravesar la niebla de su cerebro después, ya sentada en el asiento de copiloto del Peugeot plateado, rígida cadavérica y tiritando descontroladamente.
La boca le sabía a bilis. Debía de haber vomitado en algún punto del camino.
Se abrazó a sí misma, tratando de mantenerse presente.
Un único pensamiento le rondaba la cabeza:
«Y ahora, ¿qué?».