17. Cuidado con el perro #3
—¿El muerto cuenta? —respondió pastosamente Manu, sin perder la sonrisa.
Ahí Tirso suspiró. Alto y claro, audible incluso a través de su gruesa mascarilla quirúrgica, y hubo algo, algo en lo poco al descubierto de su expresión, que a Julia la erizó entera.
—Sabía que tendría que haberme ocupado de ti de primeras.
—Ya —pio Manu, ahora amargo—. Yo también.
—Por lo menos eres consciente de que te lo has buscado tú solito. Como siempre.
Manu volvió a reírse. Tirso volvió a suspirar.
Evocara las veces que evocara Julia aquel momento, siempre veía lo mismo.
Una conversación terminada, un capítulo por cerrar.
Manu y la crónica de una muerte anunciada; Tirso y la decisión irreversible en sus ojos negros, muy negros.
La luz blanca del foco convertía el sótano en morgue y el olor a ozono de la tormenta venidera le vibraba en los huesos porque lo sabía, sabía lo que estaba pasando, lo que iba a pasar.
Iba a presenciar en directo la ejecución a sangre fría del que se había convertido en su mejor amigo a manos del que creía su alma gemela y lo haría ahí agazapada entre las sombras, sin mover ni un músculo, sin siquiera pestañear.
«Nos vas a matar», la había acusado Manu, mientras salía del coche para salvar al cadáver sobre la mesa. Al final, había tenido razón.
Cuando Tirso se estiró para coger algo de la mesa, Manu bajó la vista hacia las motitas coloradas de su sangre sobre el plástico protector.
—Tendrías que haber vuelto conmigo a casa aquella noche —murmuró, arrastrando las palabras.
—Y tú tendrías que haberte quedado en la tuya hoy.
En sus recuerdos, ahí había un salto. Un agujero negro, como si alguien (Tirso, o Manu, o ella misma) hubiera borrado las evidencias directamente de su cerebro.
En un instante Tirso alzaba el brazo, tomando impulso para asestar el golpe de gracia, y al siguiente la miraba desde arriba, desencajado pero cauto, petrificado pero en guardia, listo para finiquitar el trabajo al menor indicio de juego sucio.
—¡No! —repitió Julia, aunque no era consciente de haber hablado antes.
Detrás de ella, Manu recostó la frente en su gemelo con un quejido.
Temblaba. Temblaban los dos. Tirso los observó sin decir nada primero, solo evaluando la situación mientras Julia se volvía lo justo para echar un vistazo rápido a la brecha en la sien de Manu.
Sentía el corazón en la boca, ensordecedor en su martilleo, pero que hubiera frenado en seco al verla era buena señal, ¿verdad? ¿Verdad?
—Vete —le dijo a Manu, dándole una leve palmadita en el pelo ensangrentado—. Que te miren eso en Urgencias.
—Julia.
Su nombre sonó a advertencia en la voz grave de Tirso.
Ella lo miró, tirante y revuelta, pero se agachó igualmente para ayudar a Manu a levantarse.
Si se lo tomó como un desafío, no dio señales de ello.
No dio señales de nada, de hecho, salvo por la ceja que enarcó cuando Julia mandó a un trastabillante Manu de vuelta a la oscuridad del corredor a empujoncitos urgentes.
Por suerte o por desgracia, la clara conmoción del pobre no le permitió resistirse con mucho ahínco, y para allá que marchó, primero arrastrando los pies y luego cada vez más rápido, más rápido, dejándola completamente sola en el sótano del matadero con un cadáver mutilado y su asesino.
Su asesino.
Se le hizo un nudo en el estómago. Manu había desaparecido entre las sombras y ya sí que no podía seguir posponiendo lo inevitable.
Toda su vida, de alguna manera, parecía haberla conducido hasta ese preciso momento, el momento en que despegaba los ojos del corredor para encontrarse con los de Tirso ya esperándola.
Se sostuvieron la mirada en silencio, como reaprendiéndose el uno al otro, como recalibrando lo que sabían de cada uno.
A ella aquel Tirso enmascarado y armado le generaba cierta sensación de valle inquietante, de que alguien se había vestido la piel de su novio.
Y, sin embargo, había algo en él, en el negro sobre negro que vestía o en la forma en que la acechaba a plena vista, que lo hacía puramente Tirso. Genuino. Real. Definitivo.
Julia ignoraba qué pinta debía de tener ella para que Tirso permaneciera alerta, de ese tipo de alerta felina que auguraba un ataque a la yugular al primer desliz.
Así que no podía flaquear, pero, sobre todo, no podía seguir callada.
No podía dejarle sacar sus propias conclusiones, no podía aceptar el papel de intrusa, de amenaza.
Y para ello tenía que saber con quién estaba hablando. Tenían que saberlo los dos.
Y solo se le ocurría una forma de averiguarlo, así que…
—¿Refrán?
Tirso entornó los ojos; Julia tragó saliva.
Si le respondía con un refrán, viviría. Si no, se daba por muerta.
Fueron los minutos más largos de su vida. Tan, tan largos, que estuvo al filo de derrumbarse ahí mismo, consciente de que ya solo podría desear que terminara rápido.
Pero luego Tirso suspiró. Suspiró, dejó el cuchillo sobre la mesa y dijo:
—Ojos que no ven, Julia.