El novio ideal 17. Cuidado con el perro #2
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17. Cuidado con el perro #2

Manu, al parecer, pues en cuanto la notó ponerse rígida se giró a mirar también por el umbral de la caseta.

Hasta se inclinó un poco hacia afuera, el muy imbécil, como si no estuvieran ya lo suficiente expuestos tal como estaban.

Julia le clavó las uñas con saña para retenerlo a su lado, pero él solo cedió para sacarse el móvil del bolsillo. Luego se asomó incluso más.

Y luego lanzó el móvil olímpicamente lejos, a la otra punta del corredor.

Para su sorpresa, funcionó. El móvil aterrizó de pleno en las escaleras del fondo, rebotó en varios peldaños y ahuyentó a toda una marabunta de roedores y cucarachas, que salieron escopetados de vuelta a sus escondrijos armando el jaleo del siglo.

El maremoto de ruido se expandió hasta bien entrada la primera planta, donde un canon de revoloteos y graznidos ahogó cualquier rastro acústico que pudiera estar dejando un testigo acojonado.

La mole que era Tirso solo aguantó dos segundos quieta antes de encaminarse sin prisa pero sin pausa hacia las escaleras ahora iluminadas por el brillo delator de una pantalla.

No recogió el móvil al pasar por su lado.

Tampoco lo miró, ni de reojo siquiera, concentrado únicamente en seguirle la pista a su nueva presa.

Julia sí. Julia sí lo miró a él. Hasta que dobló el rellano, desapareciendo como una sombra escaleras arriba.

Mascarilla quirúrgica, sudadera con capucha, guantes de látex.

Todo de color negro, todo. Durante un instante, le pareció que no era Tirso, de lo raro que se le hacía verlo desprovisto de sus queridos tonos neutros, otoñales.

Pero lo era.

—Vamos —le susurró Manu entonces, instándola con sumo sigilo a abandonar su escondite.

Ella se resistió de primeras (¿Qué hacía, dónde iba?

¡Tirso estaba literalmente a la vuelta de la esquina!), pero él la giró por los hombros en dirección opuesta a las escaleras y con eso le bastó para explicarse.

Esta vez tardaron la mitad en atravesar el sótano, primero porque ya sabían adónde iban y segundo porque, con Tirso buscándolos en el piso superior, podían usar la linterna del móvil sin miedo.

El cadáver sobre la mesa seguía tal cual lo habían dejado, cómo no.

Desnudo, ceroso y mutilado. Ellos lo ignoraron, reducidos a sus instintos más básicos de supervivencia, yendo en cambio directos al ventanuco del fondo.

Juntos arrancaron de cuajo la lámina de plástico estriado que lo tapiaba; Manu se agachó con las manos entrelazadas a modo de escalón; Julia lo subió de un salto.

Un calambre le trepó por las piernas, agarrotadas mitad de la tensión mitad del rato hacinados en la caseta, pero ella ni siquiera lo notó, peleándose como estaba con el diminuto cierre de mariposa que no giraba por mucho que apretara.

—Julia —rebufó Manu, aún sosteniendo su peso.

—¡Ya voy! —chirrió ella, roja de esfuerzo.

Casi se le saltaron las lágrimas cuando la llave por fin cedió, el ventanuco cayendo abatido sobre la hierba con un golpe sordo.

Le sonó a gloria. Incluso se rio. Se rio al ver el cielo encapotado allá arriba, con su tinte óxido apocalipsis, y Manu también soltó una risita histérica mientras terminaba de auparla al exterior.

Estaba viva. Estaba viva y a salvo y entera en tierra firme y cuando se volvió para tirar de Manu él puso los ojos en blanco tan graciosamente que no pudo más que reírse el doble.

De verdad que no lo vio. De verdad que no, porque lo único que importaba era que estaba viva y que Manu ya estaba medio fuera y que en dos minutos todo habría acabado, así que cuando una garra negra le arrancó a Manu de los brazos por el pescuezo para después estamparle la cabeza contra la pared le costó entender qué estaba pasando.

Manu cayó a plomo sobre el suelo del sótano, coronado de sangre.

Julia no chilló, no se movió, no hizo nada.

Solo permaneció estática, como un cervatillo deslumbrado por los faros de un coche, arrodillada ante el ventanuco aún con los brazos inútilmente extendidos.

Allá abajo, Tirso agarró a un desmadejado Manu del pelo y se lo llevó a rastras de vuelta al perímetro plastificado, donde lo arrojó sin miramientos bocarriba para verle la cara.

Manu se dejó hacer con la flojera de una muñeca de trapo, y cuando sus ojos se encontraron tuvo además el nervio de esbozar una sonrisita trémula, casi bobalicona.

—¿Moli?

Este se rio, claramente ido.

—Tirso.

Uno, dos, tres segundos de silencio. Quizá cuatro.

Bajo la dura luz del foco LED, la sangre de Manu parecía fluorescente.

Le corría de sien a barbilla, fresca y abundante.

No tardó en gotear. En un movimiento más reflejo que calculado, Tirso estiró con el pie los rebordes arrugados de la cobertura de plástico, por si acaso.

A fin de cuentas, el cemento no era precisamente impermeable. Luego preguntó:

—Qué haces aquí.

—Ah, pues… —Manu perdió el hilo mientras se esforzaba por auparse al menos sobre los codos—. Dar una vuelta. Ver cómo le va a mi coleguita del bajo D.

—Mmm. ¿Y has venido tú solo?

Ella se encogió contra la hierba. Debería hacer algo. Intervenir. Pedir ayuda. Huir. Cualquier cosa menos quedarse mirando sin más. Cualquier cosa menos eso. Y, sin embargo…