El novio ideal 17. Cuidado con el perro
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17. Cuidado con el perro

Cuidado con el perro

A esas alturas de la película, Julia ya debería saber que Tirso siempre, siempre la sorprendería.

Si la verdadera Julia hubiera estado al volante, seguramente se habría derrumbado en ese mismo momento, y, justo como Manu llevaba profetizando desde el día uno, los habría matado a los dos.

Se le habría escapado un sollozo, o una arcada, o habría salido huyendo por puro acto reflejo, sin importarle cuánto resonarían sus pisadas sobre los añicos.

No le importaría siquiera si Manu la seguía o no, centrada solo en escapar, en salir de aquel laberinto de muros manchados de óxido tan rojo como riadas de sangre seca.

Aunque tampoco la Julia del matadero lo llevó bien.

Le resultó… difícil. Doloroso, incluso. Y eso que sus suposiciones no habían estado muy desencaminadas.

Total, solo había una razón por la que un asesino a sueldo se traería un cadáver a una carnicería industrial.

No por nada a los muertos se les llamaba fiambres.

Al contrario que los pisos superiores, los suelos de aquella sala dejaban el cemento al descubierto, y toda una hilera de estanterías metálicas forraba las paredes, sus baldas todavía provistas de marmitas para conserva de diferentes tamaños.

Allí el incendio que Julia había asumido que arrasó el matadero no parecía haber causado estragos, pero del paso del tiempo nada ni nadie escapaba, atestando de telarañas cada esquina, parasitando de herrumbre los estantes y pelando los techos.

Un calendario de páginas amarillentas (octubre 2001; «Rejoneo en Las Ventas») aguantaba enclavijado justo debajo del ventanuco por el que Julia había intentado husmear, y días después se preguntaría por qué se fijó antes en eso que en el muerto sobre la mesa.

Tirso trajinaba de espaldas a ellos, manipulando el cuerpo de su víctima con la familiaridad de la costumbre.

Un amplio velo de plástico cubría la mesa y varios metros de suelo en rededor, salpicado ya de diminutas lágrimas de acuoso rojo, y cada vez que Tirso se removía en el sitio crujía exactamente igual que los chubasqueros desechables para parques de atracciones.

A sus pies, un saco XXL del Obramat y tres garrafas de veinte litros de agua.

A los del cadáver, un foco LED de trabajo y dos simples cubos de fregar.

A ninguno les hizo falta verlo para saber lo que Tirso llevaba en la mano cuando se inclinó sobre su improvisada mesa funeraria y el golpeteo rítmico volvió.

Solo que no era un golpeteo; nunca lo había sido.

Julia lo había contemplado cocinar demasiadas noches como para reconocer la postura en la que troceaba un ingrediente tras otro.

Cuando Tirso terminó con el cuchillo, lo dejó a un lado para depositar en los cubos lo cortado. Luego agarró uno en cada mano y salió de su campo visual, revelando por entero el cuerpo del muerto. O, para ser exactos, las tres cuartas partes que quedaban de él.

Ahí Manu pareció decidir que había visto suficiente, pues le volvió la espalda a la escena para clavar los ojos en la una y mil veces vandalizada pared de enfrente.

Julia lo imitó. En el más completo silencio, oyeron a Tirso vaciar los cubos a saber dónde, primero uno y después otro.

Por el sonido, ella diría que en algún contenedor de metal, pero sus dotes deductivas no daban para más.

Y, la verdad, lo agradecía. Tampoco necesitaba todos los detalles.

Permanecieron un rato así, apoyados contra la pared hombro con hombro, tan solo digiriendo la (nunca mejor llamada) cruda realidad. Dentro, Tirso seguía deshaciéndose metódicamente del cadáver, imperturbable.

No era un proceso limpio, ni elegante; era sucio, y grotesco, de principio a fin.

Julia se veía incapaz de conciliar la imagen de aquel Tirso que depredaba entre las sombras con la del Tirso que le había llevado el desayuno a la cama esa mañana.

Suponía que a los familiares de la víctima les ocurriría lo mismo, de poder reencontrarse en ese momento con el señor laxo y amoratado sobre la mesa.

Más tarde ya les sería imposible, porque Tirso nunca dejaba nada a medias.

Justo cuando Julia daba un primer paso para irse, el móvil de Manu vibró.

Escandalosamente, además. Y, como encima estaba apoyado contra la pared, la pared entera vibró con él.

Lo siguiente ocurrió muy despacio y muy deprisa, en este orden exacto:

1. Ellos dos se miraron, paralizados en el sitio, cagados de miedo y con razón.

2. Tirso paró de trocear para escuchar.

3. Manu señaló en dirección al oscuro corredor por el que habían venido.

4. Julia asintió y cubrió la linterna de su móvil con la palma antes de encenderla.

5. La luz de la rendija de la puerta parpadeó, como si algo enorme se hubiera interpuesto ante el foco un solo segundo. Como si algo enorme hubiera cruzado el haz de luz. Algo enorme y seguramente armado.

6. Manu gritó:

—¡Corre!

Y hostia si corrió. Corrió más rápido que nunca, más rápido siquiera de lo que se había visto capaz, con el móvil por delante para iluminar el campo de minas que era ahora el matadero.

Manu la seguía a la zaga, saltando escombros que ella sorteaba y derrapando en los recodos.

Sus resuellos conjuntos reverberaban en los muros de hormigón, atronadores, acompañados por toda una sintonía de añicos crujiendo bajo las suelas de sus deportivas.

A Julia el pánico le zumbaba en el cráneo como un enjambre de avispas, le trepaba por la columna a punzadas de adrenalina, y si no se giró a mirar si Tirso los perseguía fue porque ya lo sabía, lo sabía, lo sentía.

Lo sentía acortando distancias, cada vez más cerca, apisonando todo a su paso.

Los pasaría por encima como un tanque de guerra y se los llevaría a rastras por el cuello como un perro de caza.

Quería gritar pero no tenía tiempo ni fuelle para hacerlo, solo para seguir corriendo, seguir huyendo.

Julia se tropezó con un botiquín y cayó de bruces sobre un colchón asqueroso; Manu la aupó de un empellón con la inercia de la carrera.

Manu abrió la puerta ennegrecida de un ascensor en busca de un escondite; Julia lo agarró de la camiseta a tiempo de impedirlo arrojarse de cabeza al agujero sin fondo de su interior.

Con cada desliz, con cada segundo perdido en bifurcaciones y escollos, Tirso ganaba terreno.

Era incansable y silencioso, la única señal de que continuaba tras ellos el eco firme de sus botas.

En el salón de su abuela había un cuadro que de niña la tenía obsesionada.

No es que fuese una obra de arte, ni siquiera era muy original (la mitad de las yayas de España tenían uno similar), pero Julia se había pasado las horas muertas mirándolo, mitad fascinada mitad espantada por los ojos desorbitados del corzo protagonista, por las fauces de los perros que lo abatían, por el simple concepto de cacería.

A los perros de sus vecinos, en cambio, ni se acercaba.

Le daba demasiado miedo acabar como el corzo.

Sus padres habían tardado años en convencerla de que ninguno le saltaría al cuello.

Y, sin embargo, allí estaba.

A lo mejor una parte de ella siempre lo había sabido. Que acabaría así, corriendo por su vida en un improvisado coto de caza. Que acabaría siendo la presa.

Quizá por eso cuando pasaron por delante de la caseta de perro la parte de Julia que siempre había sido presa la reconoció como lo que era: la madriguera perfecta.

Casi se despeñó de lo abruptamente que frenó, más aún cuando Manu se la llevó por delante, pero su instinto reaccionó más rápido que su miedo y lo placó contra la caseta a la desesperada, sin explicaciones ni perdones.

Por suerte, Manu pareció leerle el pensamiento, porque enseguida se metió dentro, pegándose bien al fondo para abrirle hueco.

Por muy descomunal que fuera el perro que la ocupó, desde luego que dos humanos adultos y un montón de mierda lo superaban en tamaño, así que no les quedó otra que hacerse lo más pequeños posible, encajados como piezas de un tetris mugriento (y potencialmente infeccioso).

Julia se tapó la linterna del móvil contra la tripa y Manu envolvió su cuerpo con el suyo, como creando una cápsula donde encerrar el ruido de sus jadeos desfallecidos.

Y al unísono, sincronizados hasta para eso, tomaron una enorme bocanada de oxígeno antes de contener la respiración.

Afuera, la oscuridad caía a plomo, alquitrán sobre alquitrán.

No se oía ni un ruido, ni siquiera los crujidos de pisadas acercándose.

Tirso había estado siguiendo los flashes de su linterna, así que debía de haber bajado el ritmo al perderlos de vista, ahora atento a otras señales.

A las mismas que ellos, seguro, que aguzaban el oído a la espera del más mínimo rumor.

El súbito chirrido de añicos arañando cemento le hizo dar un respingo.

Había sonado muy próximo, prácticamente al lado.

Estaba ahí; Tirso. A apenas dos metros, furtivo y fantasmal.

Julia se atrevió a abrir los ojos (no recordaba haberlos cerrado), y por entre el abrazo de Manu logró discernir una tenue nebulosa amarillenta, la clase de luz inútil que emitiría un smartwatch.

Se tensó entera. Había esperado que la oscuridad lo obligara a volverse a por el foco o a guiarse por su memoria del lugar para buscarlos aun a tientas; no había contado con la pantalla de un reloj.

Aunque ya qué más daba, si de un momento a otro los encontraría ahí arrebujados como gilipollas.

Solo tendría que sumar dos más dos: el punto del corredor donde habían desaparecido y los posibles escondrijos alrededor.

¿Quién no probaría primero en la caseta?