16. Takedown #4
Fue la suma de factores, en realidad. Las baldosas blancas, el tragadero bajo el carril, el olor a farmacia, el torno giratorio. La fría composición clínica de cada una de las paradas de la cadena, esa mezcla perfecta entre hospital y fábrica, entre utilidad y desapego.
En el suelo, antiguas marcas de las patas de tres largas mesas de acero inoxidable. En el techo, el raíl que descendía en tres puntos hasta media altura, donde cualquier operario, por bajito que fuera, pudiera alcanzar lo que traía suspendido de sus ganchos.
Ahí, justo ahí, en aquella sala desnuda, nació la peor de sus Julias.
La Julia del matadero.
Lo primero que hizo la Julia del matadero fue tragarse la bilis que notaba borboteando en su garganta, lista para doblarse en dos y echarlo todo a la siguiente arcada.
Lo segundo, despiezar la situación como en su día habrían hecho con las reses entre esas mismas cuatro paredes.
Separó por un lado la información (dónde estaban, qué hacían, adónde iban) y por otro las emociones (el rechazo, el pánico, las náuseas), y una vez terminado vertió los restos al tragadero.
Las palas del torno giratorio despegaron lo clave de lo superfluo como la piel de la carne, y el tren de lavado enjuagó los últimos remanentes de vísceras, de instinto.
Para cuando Manu le preguntó qué pasaba, Julia ya había guardado el grueso de sí misma en alguna cámara frigorífica, así que se limitó a negar con la cabeza, eludiendo el tema.
La sala de despiece tenía dos salidas. Descartaron la izquierda enseguida, que llevaba a las plantas de refrigerado y secado; y bajaron las escaleras de la derecha, de vuelta a las entrañas del complejo.
Más grafitis, más colchones, más botes de espray olvidados.
Una jeringuilla, un botiquín, una cucaracha desapareciendo a toda prisa bajo una revista arrugada.
—Uy.
Julia se volvió hacia Manu. Los golpes rítmicos habían parado, pero el ruido que los había sustituido era peor. Incluso sabiendo dónde estaban, no lograba imaginarse qué clase de máquina emitiría semejante traqueteo. Aunque se traía cierto parecido al chirrido agudo de una perforadora, eso sí.
Pero Manu no estaba prestando atención al ruido, sino inmóvil frente a una pila de ladrillos en un rincón. Rígido, mejor dicho. Extrañada, Julia giró la pantalla de su móvil hacia allí.
—Uy —se le escapó a ella también.
No era una pila de ladrillos. Era una caseta de perro. Ridículamente grande, además, con su tejadito a dos aguas y sus ladrillitos enyesados. Sería un detalle adorable si no estuviera edificada en la propia pared del sótano del matadero.
Esta vez, Manu no le tironeó de la manga para que alumbrara el techo, sino que él mismo la cogió por la muñeca y apuntó hacia arriba, hacia la gruesa tubería que los venía acompañando desde el momento en que pusieron pie en el sótano.
Esa por donde circularían la sangre y las tripas del ganado abierto en canal en la planta superior.
No supo cuál fue la última pieza del puzle para Manu, si fue la caseta, el traqueteo o las cañerías, pero cuando bajó la vista del techo para mirarla dijo:
—Matadero.
La Julia del matadero solo asintió, tan vacía como la tubería sobre sus cabezas. Él aspiró entre dientes, dolido por alguna razón.
—¿Ya lo sabías?
El traqueteo paró, así que Julia se llevó un dedo a los labios y le dio la espalda para retomar el tour de los horrores, que continuó serpenteando sobre sí mismo en una dantesca sucesión de maderos chamuscados, montacargas polvorientos y puertas blindadas abiertas de par en par.
Los graciosillos de los okupas habían plagado las paredes de advertencias macabras que Manu leía en murmullos sin darse cuenta, aunque al quinto «Cuidado con el perro» parecieron quitársele las ganas.
Fue al doblar la esquina de aquel quinto grafiti que se hizo la luz.
O, más bien, que dieron con la madriguera de Tirso, al fondo muy fondo de un pasillo cochambroso.
La luz despuntaba por entre la rendija de una puerta entornada, y ni siquiera la Julia del matadero fue capaz de contener el escalofrío al escuchar el eco de sus pasos, tan familiar para ella en compás y peso.
Tardaron uno, dos, tres segundos, en volver a ponerse en marcha; ahora encorvados, conscientes de que lo único que los escudaba de una muerte segura era una fina (finísima) pared de yeso viejo.
Al menos ella era consciente. Manu… A saber.
Por cómo la miró antes de asomarse por la rendija, quizá también tenía puesto el piloto automático.
Julia esperó su turno con los dientes apretados, con los nervios tirantes como cuerda de violín, sin tener muy claro en realidad si quería o no mirar.
Una parte de ella, la que colgaba bocabajo en la cámara fría, preferiría encontrárselo contando billetes alegremente, pero la Julia del matadero no se hacía ilusiones.
La Julia del matadero sabía a la perfección lo que aguardaba al otro lado, incluso antes de que Manu la atrajese por la cintura, diciéndole sin palabras que era seguro mirar.
Así que eso hizo.
Mirar.