El novio ideal 16. Takedown #3
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16. Takedown #3

Primero se acercaron intentando no hacer ruido; luego se rindieron y avanzaron encogidos, confiando en que la ventolera acallara el crujido de sus pasos.

Zarzales y cardos se le enganchaban a los leggins, se le metían piedrecitas en las playeras, así que para cuando divisaron el Peugeot plateado aparcado en la misma entrada del edificio Julia casi que lo agradeció.

Vacío, además. Pudo distinguirlo esta vez gracias a los nubarrones que poco a poco iban cubriendo Madrid, reflejando las luces de la capital en un ominoso tono rojizo.

Se detuvieron junto al Peugeot. Mientras Julia oteaba la fachada ruinosa en busca de algún haz lumínico que les dijera dónde andaba Tirso, Manu se tapó los dedos con la manga y probó a abrir el maletero.

Clic .

Bingo .

Conteniendo el aliento, Julia se giró hacia él. Manu ya le devolvía la mirada, muy serio, y negó con la cabeza en respuesta a su muda pregunta. Nada. Lo que fuera que Tirso había guardado dentro, ya no estaba. Se lo habría llevado consigo a su guarida, en algún rincón de aquel esqueleto de cemento.

Antes de adentrarse (irremediablemente) en las ruinas, sin embargo, ella apuntó con la barbilla hacia el recodo más cercano para indicar a Manu que la siguiera.

Ni de coña pensaba meterse en la boca del lobo pudiendo existir la posibilidad de cotillear desde fuera.

Por desgracia, su poco disimulada estrategia para posponer lo inevitable se truncó pronto: nada más doblar la esquina los ojos se les fueron hacia abajo, al tibio resplandor procedente de un ventanuco a ras de suelo, y aunque estaba casi en la esquina opuesta ya desde allí se adivinaba tapiado.

Julia no quiso rendirse tan pronto, igualmente, así que para allá que fue, sorteando casquetes, colchones y a saber qué más en su camino hacia la madriguera de Tirso.

No sirvió de nada, obvio. El grueso cristal del ventanuco aguantaba como un campeón, su superficie estriada distorsionando el interior del sótano.

Su primer impulso fue pegar la oreja al cristal, desesperada por encontrar una mísera pista de qué ocurría ahí abajo, pero ni era tan tonta ni le hizo falta, pues oía con total claridad una serie de golpetazos sordos, rítmicos, que le erizaron hasta el vello de la nuca.

Volvió sobre sus pasos casi reticente, sintiendo la aprensión trepándole por la garganta en un comienzo de náusea, o de sollozo.

No quería entrar. No quería convertirse en la Julia del sótano.

Al llegar junto a Manu, ella resopló y él emitió un ruidito de «Qué se le va a hacer» antes de inclinarse para susurrarle al oído:

—El rastreador me ha dejado la batería a mínimos. ¿Alumbras tú?

—Va —respondió Julia en el mismo tono, sacándose el móvil del bolsillo—. Con la pantalla bastará, ¿no?

—Sí, sí, mejor. La linterna sería ya demasiado.

Esa fue toda la conversación previa que tuvieron. Luego Manu se guardó el móvil, Julia encendió el suyo, y sin mayor ceremonia franquearon la entrada principal del edificio.

A la vista estaba que no eran los primeros ni serían los últimos en pasar por allí: todo un despliegue de litronas vacías y mantas raídas moteaba los suelos, que tampoco tenían mucha mejor pinta.

El polvo del ambiente destellaba bajo la luz de la pantalla, revoloteando como restos marinos en lo profundo del océano, cosa que le despertó cierta sensación de irrealidad, de…

de documental. En cualquier momento, un pececillo atravesaría tan tranquilo el haz iluminado, seguro.

La sensación arreció cuando algo correteó muy por delante de ellos, hacia la izquierda, y al apuntar el móvil en su dirección Julia reconoció la inconfundible silueta de un mostrador.

Aquello, junto a la propia composición del edificio (más ancho que alto), la tuvo frunciendo el ceño.

Había asumido que estaban en un bloque de viviendas o desalojado o abandonado a medio construir, pero llevaba trabajando en Atención al Cliente lo suficiente como para aprender la diferencia entre vestíbulo y recepción.

—Es una fábrica —le dijo a Manu, mientras alzaba el brazo para alumbrar un área mayor, descubriendo, en efecto, dos amplias puertas dobles a cada extremo.

—¿De?

Julia se encogió de hombros. Los letreros sobre ambas puertas, aunque todavía legibles, no aclaraban nada. OFICINAS a la derecha; ÁREA DE MÁQUINAS a la izquierda.

Cómo no, el golpeteo rítmico provenía de la segunda.

Se miraron. Manu incluso sonrió. Ninguno había tenido esperanzas de encontrarse a Tirso haciendo papeleo.

Las ganas de sonreír se les quitaron en cuanto pasaron al área de máquinas.

Y no fue precisamente por nada impactante, o terrorífico, ya que en un primer momento ninguno entendió dónde estaban.

Julia diría que fue más bien una emoción fantasma, instintiva, integrada en el tuétano de sus huesos.

Algo dentro de ella que todavía no era humano sino animal se removía, inquieta, arañaba las paredes de sus costillas gimoteando por huir.

Al igual que en el resto del edificio, los grafitis parasitaban cada mínimo centímetro de superficie, en este caso el alicatado de baldosas blancas.

Era una estancia relativamente amplia, rectangular, con un peculiar pasillito de muro bajo que partía de una portezuela oxidadísima al exterior y recorría dos de las cuatro paredes hasta desembocar en una rampa también embaldosada.

Manu le tironeó de la manga para que apuntara el móvil hacia arriba, y solo entonces reparó Julia en el imponente carril metálico que pendía del techo.

Le recordó al mismo tiempo al raíl de una montaña rusa y al telearrastre de una pista de esquí, pero sabía que más bien formaría parte de una cadena de montaje.

Los guiaba como un sórdido hilo mágico a la estancia vecina, así que la siguieron con cuidado de no torcerse el tobillo con ningún casquete desperdigado.

Al pasar junto a la rampa, Julia se fijó en que remataba en un claro plato de ducha con un tragadero del diámetro de su puño.

Si ya le daba mala espina, al ver que el carril empezaba su andadura justo encima terminó de revolverle el estómago.

—Julia —llamó Manu, ya unos pasos por delante—. Luz, plis.

—Perdón —se disculpó ella, alumbrando hacia allí—. Es que… el ruido viene de aquí abajo. Hay un desagüe.

Manu echó una ojeada rápida al carril sobre su cabeza y luego al agujero a los pies de Julia.

—Supongo que la cinta transportadora acaba en el sótano, así que no nos queda otra que hacernos el recorrido entero.

—Ya…

En la siguiente estancia los recibió una máquina francamente enorme, plantada en pleno centro como la pieza estrella de un museo.

Fuera cual fuese su función, tenía que ver con el torno espiral del que brotaban un millar de palas ya herrumbrosas.

Manu se encogió de hombros y continuaron avanzando, esta vez hacia lo que parecía un tren de lavado.

El hedor a humedad permanecía adherido a las paredes, a los suelos, añadiendo una capa nauseabunda al distintivo olor del cemento.

A Julia este último siempre se le había hecho curiosamente similar al de las farmacias, y mientras atravesaban la tercera estancia, más espaciosa incluso que la recepción pero vacía tras años y años de saqueos, comprendió de golpe qué había producido aquella nave.