16. Takedown #2
Su primer instinto fue gritar, como cuando de cría jugaba a Tinieblas con sus amigos y no podía evitar un primer aullido de nervios, de emoción desbocada.
No lo hizo, claro, aunque la exhalación ronca que escapó de su garganta debió de ser preocupante, pues enseguida notó la mano de Manu buscando la suya para apretarla con mucha, muchísima fuerza. Una advertencia, una súplica.
En la espesa oscuridad de la madrugada, hasta el más mínimo roce sonaba atronador, así que aguantaron el aliento juntos, aguzando el oído.
Un clic lejano les dijo que Tirso se había puesto en marcha.
Segundos después, un traqueteo. Leve, muy leve.
Y, tras apenas dos minutos, volvió la luz.
¿Cómo? ¿Ya?
Julia pestañeó, desorientada, encontrándose de frente con la misma confusión en los ojos grises de Manu.
Se sostuvieron la mirada unos instantes antes de girarse en tándem hacia el Peugeot plateado, ahora claramente vacío.
Era increíble, el espacio que ocupaba Tirso, el mismo que antes había sido solo sombras a sus ojos.
—Ya no está —murmuró Julia, con la voz en un hilo.
Manu negó con la cabeza por toda respuesta, sin apartar ni un instante la vista del coche. Ella, en cambio, miró en rededor, por si acaso. A la penumbra aterciopelada del secarral a su derecha, a las calles paralelas replicadas una tras otra por todo el flanco izquierdo, al desconocido frontal…
Se dio cuenta entonces, mientras escudriñaba la luna trasera, de que era estúpido buscarlo entre la negrura. Sabía perfectamente dónde estaba Tirso; lo sabían los dos.
Estaba allí dentro, en alguna de aquellas parcelas idénticas.
Trabajando.
Alguien iba a morir, estaba muriendo, había muerto en aquel preciso instante y ellos dos ahí, callados y quietos, cobardes y a salvo. Cómplices. No había otra palabra para describirlos.
Se lo merecía, en realidad, por tonta. Por ingenua.
Había guardado la esperanza hasta el último momento… ¿para qué? ¿Qué había esperado encontrarse? ¿Una explicación? ¿Un motivo? No. Ya era tarde para seguir mintiéndose.
Lo que había esperado encontrarse era un justiciero. Y es que su Tirso, tan caballeroso él, debía de actuar movido por el bien común. En su fuero interno había llegado a imaginárselo como una especie de agente 007, de esos todo trajeados que disparan con silenciador a ricachones malvados.
Pero no había ningún ricachón malvado allí, ni ningún capo del narcotráfico, ni tenía aquella urbanización pinta de base clandestina de tráfico humano.
Era él. Todo este tiempo, el monstruo siempre había sido él.
—¿Qué haces? —siseó Manu, esta vez la advertencia más que patente.
Julia tenía el corazón en la garganta y la mano en el tirador, lista para salir del coche y chillar. Porque, mientras las luces siguieran encendidas, aún habría tiempo. Aún podría intervenir, aún podría resarcirse, salvarle la vida a quien fuera.
O a quienes fuera.
—Julia.
—Manu. —No reconoció su propia voz, de lo ronca—. Tenemos que hacer algo.
—Sí, ¡no palmarla, por ejemplo!
—¡Mira dónde estamos! ¡Aquí viven familias! ¿¡Y si un Takedown es cargarse a una familia entera!?
Lo oyó más que lo vio, cómo Manu tragaba saliva, súbitamente pálido. Su mano redobló la fuerza con la que apretaba la suya, como si así pudiera evitar que la idea calara en su cerebro. Suerte con eso.
—Nos vas a matar —graznó Manu al fin, soltándola a toda prisa para abrir la puerta del conductor de un empujón.
Julia le quiso muchísimo en aquel momento. Tanto, que hasta se le llenaron los ojos de lágrimas, aliviada y acojonada a partes iguales ante la perspectiva de impedir un derramamiento de sangre.
No había ni abierto su puerta cuando las luces volvieron a apagarse.
Se detuvo en seco, paralizada. Sabía lo que eso significaba.
El trabajo estaba hecho.
Y ella lo había permitido.
Aquel segundo apagón fue peor de lo que jamás habría imaginado.
Se le hizo eterno, aunque seguramente apenas durase un par de minutos más que el primero, y odió, odió, odió no poder desconectarse de sí misma, de su cuerpo.
Habría dado lo que fuera porque aquel espacio en negro se pareciera a los fragmentos eliminados de las grabaciones hackeadas, solo oscuridad y ruido estático, pero por desgracia seguía teniendo sentido del oído y por tanto lo oyó.
Primero a Manu metiéndose de nuevo en el coche y a su respiración ahogada.
Luego la vuelta al silencio y en el silencio una puerta distante que se abría, unos pasos bajando tres peldaños exactos, el característico chasquido del tirador de un maletero.
El eco sordo de algo pesado siendo depositado sin mucha ceremonia en su interior.
«El cadáver del maletero 2.0», pensó Julia tontamente.
Estuvo a punto de reírse. «Segundas partes nunca fueron buenas», sería el refrán que elegiría para describir aquel evento canónico suyo.
Tensa y revuelta, esperó el eco de un segundo fardo (y de un tercero, y quizá de un cuarto…), pero lo único que le llegó fue el arranque de un motor.
A su lado, Manu exhaló muy despacito, muy tembloroso.
Julia ya le conocía lo suficiente para reconocer cómo sonaba el alivio en él, y no fue hasta entonces que sumó dos y dos: un solo golpe, un solo cadáver.
Cuando las luces volvieron, del Peugeot plateado no quedaba ni rastro.
Silencio.
Silencio durante uno, dos, tres minutos. Ninguno tenía fuerzas para sostenerle la mirada al otro, así que siguieron con la cabeza gacha hasta que el móvil de Manu vibró, el rastreador avisándoles de que su objetivo volvía a alejarse.
—¿Qué quieres hacer? —preguntó él.
—Pegarme un tiro —respondió ella.
La risa de Manu sonó tan sin fuelle como Julia se sentía. Al final, no tuvieron más remedio que mirarse. Enfrentar lo que acababan de vivir.
Manu tenía mal aspecto, aunque quizá era porque la luz lechosa de aquellas farolas no le sentaba bien a nadie.
O quizá porque nunca lo había visto vestido de negro, o en ropa deportiva, o ambas cosas a la vez.
Se le hacía ajeno. No como sus ojeras, con las que ya estaba familiarizada, o el pelo revuelto por su manía de toqueteárselo cuando la situación le sobrepasaba.
No podía juzgarlo: tenía razones de sobra para estar sobrepasado.
Y seguro que ella tampoco iría precisamente despampanante.
—No hemos visto nada —señaló Julia, más como respuesta que como dato—. Solo lo hemos oído.
—Sabía que dirías eso —suspiró Manu, él más resignado que fastidiado—. Vale. Sigamos al psychokiller directo a su cementerio privado, así nos puede enterrar ahí mismo si nos pilla. ¡3x1 en nichos!
Ella volvió a abrazarse a su mochila, reconcomida por la culpabilidad.
Por un lado, entendía que aquello no formaba parte del plan, y que le estaba pidiendo demasiado.
Por otro, ¿de qué habría servido arriesgarse si luego se iban con las manos vacías?
Sí, Tirso había desconectado las luces para encubrir lo que fuera que había acabado con él metiendo algo en el maletero, ¿y?
¿Qué les aclaraba eso? Nada. Podría haber sido un simple robo.
O una recogida de mercancía. Podría haber sido incluso un pago en metálico.
Vamos, que hasta la Julia del garaje tenía más pruebas que la Julia del Renault alquilado.
Pero si a Manu le bastaba con eso, ella no era nadie para obligarlo a seguir.
—Si quieres irte, p…
—Pues claro que quiero irme, Julia —le cortó, ahora sí que sí fastidiado, con manotazo al volante incluido—.
Quiero irme a mi casa, echarme una lloradita y no volver a darte ni la hora, pero ahora ya no voy a poder pegar ojo en mi puta vida hasta que vea que no lleva a un crío metido en una bolsa. ¡Coño! ¡Joder!
No había nada que discutir, entonces. Estaban de acuerdo. Las palabrotas simplemente formaban parte del proceso de autogestión de crisis de Manu, así que Julia permaneció callada, dejándole su espacio mientras arrancaba de nuevo el coche entre sapos y culebras.
No fue hasta bien reentrado Madrid que Julia cubrió su mano con la suya sobre la palanca de cambios y le dio las gracias.
Esta vez decidieron acercarse a pie.
El circulito rojo que era Tirso en pantalla llevaba parado en el mismo punto ya unos minutos; la prueba parpadeante de que el viaje terminaba allí.
«Allí» estaba a tres minutos andando de donde habían aparcado y en la otra punta de la urbanización del crimen, cruzando de vuelta todo Madrid.
Manu había ido arrugando más y más la nariz según se internaban en las ciudades-dormitorio del suroeste, quizá pensando, como ella, que se dirigían al corral yermo donde habían encontrado el cóctel para cloroformo.
Sin embargo, al final no habían llegado a rebasar el extrarradio madrileño, aunque por muy poco, quedándose en aquella franja fronteriza entre las últimas naves industriales y los primeros puticlubs de carretera.
Allí la luz de las farolas era naranja, el terreno desamparado y la especie dominante la herrumbre.
Allí Tirso podría despiezar cien cadáveres con una sierra eléctrica que nadie quedaba para oírlo en kilómetros.
Era un espacio liminal, despierto únicamente durante los crepúsculos, cuando los trabajadores de las fábricas circundantes conducían de camino y de vuelta a casa.
Julia se arrebujó en su vieja sudadera de yoga, deseando haberse traído algo más gordito, o por lo menos con capucha, pues sin colinas ni edificios que lo frenaran el viento campaba a sus anchas, ensordecedor e insistente contra sus tímpanos.
Quería pensar que tiritaba por eso y no porque el rastreador los guiara inequívocamente hacia la inmensa carcasa de hormigón de un edificio abandonado en mitad de la nada, provisto con todos los elementos comunes a los de su clase: grafitis por doquier, varas de hierro asomando como mala hierba entre las grietas y un vertedero de escombros y residuos a sus pies.