16. Takedown
Takedown
Julia solo lo notó marchar porque estaba despierta, así de sigiloso era. Así de acostumbrado estaba a escabullirse en mitad de la madrugada, sin siquiera cambiarse de ropa o guiarse con la luz del móvil.
Otra prueba de las cientos, miles de escapadas que llevaría Tirso a la espalda era Muu.
Muu, que ni se había despabilado cuando su humano favorito se la había quitado del pecho para depositarla con extrema delicadeza de vuelta en la cama, donde siguió angelicalmente acurrucada sobre el lado aún cálido de Tirso.
Ni siquiera giró las orejas hacia el pasillo cuando el elocuente clic de la puerta de entrada anunció su marcha.
Julia había tenido especial cuidado aquella noche con lo que comía o bebía, temiendo que Tirso le suministrara algún sedante para mantenerla traspuesta hasta su regreso, pero al parecer no lo necesitaba.
La novia perfecta, la tapadera perfecta.
Eso era Julia.
Su móvil vibró sobre la mesilla con una notificación de la app de Manu.
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Arriba, bombón
Ella asintió, aun consciente de que no podía verla, y se levantó para coger del armario la mochila que tenía preparada desde hacía días.
Sacó la muda deportiva de su interior, se la puso, metió el pijama a cambio.
Llevarse el pijama había sido idea de Manu, por si acaso iban apurados de tiempo a la vuelta.
«Prefiero que te pille en el ascensor en pijama y que finjas sonambulismo a que te pille cambiándote en el dormitorio», había dicho, argumento que Julia le había comprado sin peros.
[chat iniciado con #Player696969]
Estoy
Bajo?
Sí plis
Así que salió de casa sin echar la llave, tal cual había hecho Tirso.
Todo un alivio, porque Manu y ella también habían considerado la posibilidad de que la dejara encerrada dentro durante sus encargos.
Habría sido bastante irresponsable por su parte (¿y si había un incendio y Julia no podía salir?), y nada su estilo, pero no habían querido dejar nada al azar, por eso ahora ella recogía la copia de la llave escondida bajo el felpudo para Manu y la guardaba en uno de los bolsillitos de su mochila.
Manu la esperaba aparcado a pocos metros del portal, vestido también por entero de negro salvo por las ojeras púrpuras bajo sus ojos grises.
El coche de alquiler lo había elegido Julia, un Renault Zoe eléctrico tan sigiloso como el mismo Tirso y tan mundano como cualquier otro Renault.
Allá donde fueran, ni se les oiría ni destacarían.
Igualito que la primera idea (de bombero) de Manu, vaya, que había propuesto pedir un Cabi.
Por suerte, había reculado en cuanto Julia señaló que no podían ir en taxi a una escena del crimen.
—Buenas noches —saludó Manu, con voz ligera pero hombros tensos.
—Buenas —respondió Julia, ella tensa entera—. ¿Lo tienes?
—Yep. —Manu le tendió su móvil ya abierto por la app del localizador que había pegado la semana pasada al misterioso Peugeot 206 plateado de Tirso—.
Tal como pensábamos, ha salido de casa en coche, así que debe de estar a punto de cambiarse al otro.
—Ella se puso el cinturón; él metió primera—.
Voy a ir acercándome al gym, ¿vale? Avísame cuando el rastreador se ponga en marcha.
Si es que se pone. Esperemos que sí, que con treinta y cuatro mil perras por encargo bien podrían ser suyos todos los coches del parking.
—¿Y que usara uno diferente para cada cosa?
Manu se encogió de hombros.
—Es una posibilidad.
—Una posibilidad demasiado aparat… ¡Ah! Y descartada.
—¿Se mueve?
—Se mueve. En dirección norte. ¿Te voy dictando?
—No hace falta. Activa el modo navegación y pónmelo en el soporte, porfa.
Lo hizo.
—Gracias.
—Nada.
Y, a partir de ahí, silencio.
Julia se aplastó la mochila contra la tripa por tener algo que hacer, algo a lo que aferrarse, mientras el puntito rojo de la pantalla vadeaba de un lado a otro y Manu lo seguía con nudillos blancos de apretar el volante.
Madrid era un animal totalmente diferente a las 2:28 de un martes, quieta y vacía como una mansión encantada tanto dentro del barrio como afuera en la autopista, donde las altísimas farolas los miraban pasar con ojos de luz naranja.
Solo se cruzaron con un par de coches y otro par de autobuses nocturnos, que conducían sin prisa pero sin pausa.
Julia deseó ser cualquiera de sus pasajeros.
Seguro que ninguno de ellos se encaminaba a nada tan perturbador como la parejita del Zoe eléctrico.
A las 2:46, el rugido de unas tripas rompió la quietud del coche.
—Perdón —rechinó Manu, incluso más rígido que antes—. Los nervios.
Ella rio por lo bajo, pero alargó una mano para darle un apretón en el brazo.
—No pasa nada. Si yo estoy igual.
Eso le ganó una elocuente mirada de reojo.
—Pues yo te veo bastante entera.
—Ah, solo porque después de casi cinco meses de Julia falsa he aprendido a reprimir mis funciones vitales.
Manu hizo un ruidito interesado.
—¿Julia falsa?
—Sip. Tengo varias; una para cada ocasión. Son como trajes. Esta es una versión de la Julia de Tirso, la de antes de ver el cadáver, pero también está la Julia secretaria de dirección, la Julia Atención al Cliente, la Julia diplomática…
Otra mirada de reojo.
—¿Y no tienes por ahí escondida una Julia policía que pueda cogernos el relevo a los dos?
A pesar de la situación, Julia se rio con ganas.
—Estaría bien, ¿eh? Pero no, no he cultivado aún ninguna Julia policía.
Ni creo que lo haga. —Le dio una palmadita a su mochila, como si las guardara ahí dentro—.
La cosa de las otras Julias es que nunca se alejan de la original.
No son una sustituta, sino un… unas anteojeras, ¿no?
Como las que les ponen a los caballos de tiro para que no se desvíen del camino.
Si toca mantener la calma, toca mantener la calma y punto.
—No lo entiendo, pero vale —pio Manu, visiblemente más animado—. ¿Y cuál es tu prefe?
—La Julia secretaria de dirección.
La boca de Manu formó una «o» perfecta.
—¿Por?
—Porque es rápida, eficiente y no se achanta ante los altos cargos. Sabe cuál es su lugar, diferenciar entre importante, urgente y prioritario, y declinar aquellas responsabilidades que no le corresponden.
Silencio. Julia se conocía tan bien a Manu que casi pudo verlo cabecear en la oscuridad, reflexionando su respuesta con genuina seriedad.
Era consciente de que solo preguntaba para distraerse, pero era la primera vez que alguien reaccionaba medianamente normal al temita de las Julias.
Las Martas lo consideraban un ejercicio de disociación consciente, su madre una prueba de la falta de dirección vital de su niña y Tirso…
Tirso a saber. Nunca se lo había contado.
Bastante rara le habría parecido ya con lo de los refranes.
Que, sí, con el tiempo se habían convertido en un lenguaje privado entre ellos, pero…
—Suena bien —dijo al fin Manu, con voz calmada—. ¿Me enseñarías a cultivarme un Manu alternativo? No me vendría nada mal.
—Claro. —Julia sonrió—. ¿Por cuál te gustaría empezar?
—No sé. ¿Puedo tener yo también un Manu secretario de dirección?
—Uy, ¿para qué querrías tú un Manu secretario?
—No sé —repitió—. Como a ti te gusta tanto…
—Pero tiene que gustarte a ti —se rio ella, divertida—. Algo que te gustaría ser.
Esta vez, su silencio fue más breve, pero no menos pensativo:
—¿Te gustaría ser secretaria, entonces?
—Quizá —respondió tras unos segundos, por no soltar el «sí» rotundo con el que su madre pondría el grito en el cielo.
—Mmm.
Julia se volvió a mirarlo, curiosa, aunque poco pudo leer en su expresión bajo las escasas luces de la carretera.
No había vuelto a verlo con gafas desde aquella noche en su piso, y a punto estuvo de preguntarle por ellas, o por aquel último «mmm», o por qué había apretado los labios, como perdido en un recuerdo feo.
Si no llegó a hacerlo fue porque algo llamó su atención más allá, al otro lado de su ventanilla, donde la autopista había quedado ya atrás para dar paso a hilera tras hilera de chalecitos adosados, todos ellos con su correspondiente minipatio delantero.
—Está bajando la velocidad —informó Manu, frenando él también—. Debe de ser por aquí, en alguna de estas urbanizaciones.
—¿Qué hacemos? ¿Lo seguimos a pie?
—No, voy a…
En lugar de explicarse, redujo al mínimo la velocidad y apagó los faros.
Julia comprendió el plan cuando los sacó de la calzada iluminada a pasito de hormiga, guareciéndolos en la más absoluta oscuridad del secarral que rodeaba las fincas.
Las ruedas crujieron contra los hierbajos marchitos mientras acortaban distancias con el punto rojo de la pantalla, pero nadie debería poder oírlos desde allí.
Y Tirso, supuestamente todavía montado en el coche, aún menos.
—Ahí está —susurró Manu, y apagó el motor a toda prisa—. ¿Lo ves?
Lo veía.
El Peugeot plateado estaba aparcado justo entre dos bocacalles, frente al costado compartido de los primeros chalets de cada una.
Como todas las demás vías de la colonia, estas también remataban en diminutas rotondas sin salida, y por mucho que una plaquita diferenciara las calles por nombre a Julia le parecían deprimentemente idénticas.
—¿Sigue dentro?
—Sí. No sé si está esperando a alguien o… —Manu entornó los ojos, inclinándose un poco hacia delante—. Ah, hay una cámara de vigilancia en cada entrada. Estará intentando desconectar la que sea.
Julia asintió, aunque ella a esa distancia no distinguía ni cámaras ni nada.
Es más, ni siquiera distinguía la supuesta silueta de Tirso en el asiento de conductor, y eso que, con lo corpulento que era él y lo pequeño que era el coche, algo debería verse, ¿no?
Un movimiento breve, un destello de la pantalla de su móvil, algo.
De pronto, todas las farolas de la colonia se apagaron a la vez.