El novio ideal 15. Políticas de cancelación #4
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15. Políticas de cancelación #4

Sí que había una fecha nueva en el excel, pero no la que esperaba.

O, al menos, no la que esperaba todavía.

Julia cerró excel, portátil y despacho y salió como un vendaval al balcón, una ridícula franja de baldosas con quitamiedos de ladrillo que ahora mismo suponía el punto más alejado de Tirso dentro de la casa. Tendría que bastarle.

El muy desgraciado de Manu no descolgó hasta el tercer tono:

—¿¡Julia!? ¿¡Qué p…!?

—¡Te dije que esperaras! —le cortó, en el volumen más bajo al que podía gritarle —.

¡Quedamos en que te esperarías medio puto día a ver si conseguía encontrarte el portal!

¿¡Por qué le has hablado ya!? ¿¡Por qué no me has avisado!

? ¿¡Y qué coño es un Takedown !? ¡Porque no me suena precisamente leve! ¡Ni barato!

Durante unos largos, larguísimos segundos, solo hubo silencio. Julia incluso se separó el móvil del oído para comprobar que seguía al teléfono.

—¿Manu?

—Perdón, estoy… Son las tres de la mañana, Julia. ¿Qué Takedown ? ¿Qué dices?

—¡Tú sabrás! ¡Eres el que lo ha pedido!

Otro silencio, este más breve.

—¿Dónde estás?

Julia pestañeó, desconcertada.

—En casa.

—¿Y Tirso?

—Dormido.

No le gustó ni un pelo el resoplido que le llegó del otro lado.

—A ver que me entere: ¿te levantas en plena noche a cotillearle a Tirso el portátil y encima me llamas para contármelo? Tú no estás bien. Nos vas a matar a los dos.

—Ah, porque pasarte por el forro todo lo que hemos acordado hoy mismo y pedirle a saber qué a mis espaldas es de estar genial de la cabeza.

—Julia, que yo no he pedido nada.

Estuvo a punto de replicar, claro. De decirle que ni se le ocurriera mentirle a la cara, hacerle luz de gas, salírsele por la tangente… Pero lo que hizo fue callar, porque Manu, a diferencia de Tirso, nunca le había mentido. Y tampoco tenía razones para ello.

—¿No… no has…?

—No —le aseguró él. De pronto sonaba un poco lejano, un poco sordo, y supuso que la había puesto en manos libres. Lo confirmó justo después, con el característico sonido de sábanas rozando altavoz—. ¿Por qué crees que he sido yo?

—La fecha. Es justo el día que propusiste.

Esta vez, su resoplido no fue tan hastiado como resignado.

—Vaya por Dios.

Las verdaderas implicaciones de aquella coincidencia se le asentaron en el estómago como minas submarinas, suspendidas a la espera de estallar en cualquier momento, al más mínimo toque. Era un encargo. Un encargo real.

En exactamente dieciséis días, Tirso volvería a matar. Y no sabían cuándo, o dónde, o a quién; solo que lo haría.

— Takedown… —repitió Manu, como para sí—. En ciberseguridad, llamamos así a eliminar contenido peligroso. Vamos, que me puedo imaginar lo que… ¿Cuánto pone que cuesta?

—Tres mil cuatrocientos.

Lo oyó atragantarse con su propia saliva:

—¿¡Tres m…!? ¿¡TREINTA Y CUATRO MIL PAVOS!?

Julia no contestó. Pintaba mal. Pintaba terrible.

Si una «limpieza» de 14.440 € comportaba un cadáver envuelto en bolsas de construcción, ¿qué esperar de algo que costaba más del doble?

Se le ocurrían mil condiciones que podrían encarecer o abaratar un encargo.

El procedimiento (apuñalar, estrangular, quemar, envenenar), el objetivo (un perfil relevante, un donnadie, un criminal, un…

¿niño…?), el lugar (¿dietas y kilometraje?), el motivo (celos, seguridad, ajuste de cuentas), el riesgo (¿cuánta pelea podría plantar su víctima?

, ¿cuánto de protegida estaba?), el después (¿cómo se deshacía del cuerpo?)…

Imaginarse a Tirso negociando todos aquellos detalles ahí mismo, en el salón de su propia casa, mientras Muu ronroneaba en su regazo, le revolvía las tripas.

Estaba más segura que nunca.

Tenía que verlo. Tenía que verlo con sus propios ojos, y casi se alegraba de que el destino hubiera puesto en su camino el que parecía ser el más extremo de los encargos.

Así no habría manera de que su cerebro pudiera defenderlo, excusarlo, obviarlo.

Y también funcionaría a la inversa: si resultaba ser todo un malentendido, si los crímenes de Tirso simplemente sonaban peor de lo que eran, ahí quedaría probado entonces.

Probado, que no absuelto.

—En fin, mirémoslo por el lado bueno —suspiró Manu, haciéndose eco de sus pensamientos—; no podríamos haber tenido más potra.

Coincide con la fecha que queríamos, no tengo que contactar con ningún posible sicario ni, lo más probable, dejarme las rupias en que me estafe un adolescente con acceso a Onion.

—¿Crees que un adolescente se dedicaría a eso?

—Hombre, yo lo hacía.

—¿El qué? ¿Estafar a treintañeros?

—Son los más fáciles.

—«Somos», Manu.

Otro suspiro.

—Estoy intentando ser positivo, Julia.

Julia se rio. Se reía mucho con Manu, la verdad. Siempre conseguía hacerla sentir en una aventurilla de terror-comedia más que en un thriller policiaco de esos suecos que su madre se esnifaba a pares.

Pero Manu tenía razón: ya habría tiempo de ponerse catastrofistas, ya se preocuparían del después cuando llegara. Ahora lo importante era tenerlo todo listo para dentro de dos semanas.

Era hora de que el ratón cazase al gato.