15. Políticas de cancelación #3
Julia bajó del coche con total normalidad, e incluso esperó junto al maletero mientras Tirso sacaba de dentro su bolsa del gym.
Sin embargo, no fue hasta que las puertas del ascensor se cerraron que el estático en sus oídos desapareció, devolviéndola al mundo real con un robótico tin.
Respiró hondo, aliviada, y una ojeada rápida le confirmó que su novio seguía distraído chequeando el móvil.
En general, pensó mientras Muu le echaba la bronca a maullidos supersónicos por llevar casi veinticuatro horas desaparecida, todo había salido a pedir de boca.
No había entrado en pánico ni al ver a Tirso sabiendo a qué se dedicaba a sus espaldas, ni al entrar en el garaje sabiendo que había cobrado 14.
440 € por el cadáver que allí vio, ni ahora al pasar por delante del portátil de Tirso sabiendo que pronto volvería a hurgar en su interior.
Si hasta cogió a Muu en brazos para hacerle arrumacos motu proprio , porque era lo que quería hacer y no porque debiera interpretar su papel.
La cosa se torció por pura casualidad apenas tres minutos después, mientras hacía pis al tiempo que se desvestía perezosamente.
La culpa (o el tino) fue del propio cuarto de baño, tan estrecho que su pobre novio tenía que atravesarlo de costado hacia la ducha.
Vaya, que no era ni la primera ni la última vez que Julia se daba un buen golpe, en este caso un codazo contra la pared mientras maniobraba para quitarse la camiseta.
Por suerte, el albornoz de Tirso actuó de airbag, y lo que podría haberle traído un terrible desencuentro con su hueso de la risa quedó en un simple pom.
Ella soltó sapos y culebras, eso sí, apretándose el codo con fuerza para frenar (sin éxito) el dolor.
Y, como se lo notó extrañamente húmedo, miró a ver si tenía sangre. Ah, pues no. No tenía nada.
Más desconcertada que otra cosa, Julia palmeó el albornoz de Tirso. También estaba húmedo, como si lo hubiera usado hacía poco. Lo mismo con el plato de ducha, y con la alfombrilla de baño. Si se concentraba, incluso podía apreciar todavía un tenue olor a vaho.
Vale.
Tirso no había ido al gym.
Prefirió no irle con el cuento a Manu tan pronto, que se merecía un respiro después del finde que habían tenido. Julia sentía que se lo debía.
Sin embargo, ella no pudo dejar de darle vueltas, de preguntarse adónde habría ido Tirso antes de recogerla.
Porque no tendría sentido que hubiera pasado primero por casa solo para ducharse, ¿verdad?
Sería dar un rodeo tontísimo, y, además, ya en su propio mensaje especificaba cuándo y desde dónde: «a la que salga del gym».
Intentó archivar la sospecha para cuando estuviera a solas, o al menos ir preparándose mentalmente para encontrarse un nuevo encargo fechado en aquel domingo en el dichoso excel de cuentas, pero no consiguió hacer ni lo uno ni lo otro.
De hecho, terminó haciendo todo lo contrario porque estaba desquiciada:
A las tres de la madrugada de esa misma noche, la Julia paranoica le ganó la partida a la Julia racional y se desprendió con extremo cuidado del abrazo de Tirso.
Solo Muu la notó salir de la cama, abriendo un ojillo para ver qué tramaba, pero no hizo ni amago de moverse, demasiado a gusto acurrucada a la vera de su amado Tirso.
Aunque lo llamaran despacho, el cuarto donde Tirso teletrabajaba tenía más de lavadero, primero por el tamaño y segundo por el tendedero casi siempre desplegado en un rincón.
Bajo el ventanuco del fondo (con maravillosas vistas al patio interior del bloque) había sitio solo y exclusivamente para un escritorio diminuto, una silla de oficina y una camita de gato; espacio «más que suficiente» para «hacer lo suyo», según declaraciones literales de su novio. Julia discrepaba. Muu no.
Entornó la puerta tras ella para mantener el pasillo en penumbra y tanteó a ciegas hasta el escritorio. Luego esperó uno, dos segundos, aguzando el oído por si acaso, antes de abrir el portátil.
Manu jamás habría aprobado aquella incursión nocturna, lo sabía.
Pero también sabía, si lo conocía como creía conocerlo, que él haría lo mismo.
Él también se levantaría en plena madrugada, introduciría la contraseña (correcta, por cierto) e iría directo a la carpeta dentro de la carpeta dentro del acceso directo «PLANTILLAS Kit Digital».
El plan había sido otro. Julia debía esperar mínimo al día siguiente para colarse en el despacho mientras Tirso estuviera en el gym y rastrear su historial y marcadores de internet.
No esperaban encontrar nada, claro, pero tampoco perdían nada por probar.
A fin de cuentas, desde algún navegador tendría que acceder a su portal, y dar con él le ahorraría a Manu tiempo, dinero y riesgo.
Mejor ir a tiro hecho que pegar palos de ciego con esos tres candidatos que podrían ser incluso una panda de engañabobos.
«La deep web es un lugar infinito, sin fronteras ni reglas —le había explicado Manu—.
Por ponerte una comparación, nuestro internet sería la Tierra y la deep web sería Júpiter.
No hay carreteras, ni mapas, ni capas, solo gas y tormenta y niebla.
Para encontrar algo ahí dentro tienen o que llevarte de la manita o saber tú dónde buscar».
Julia de verdad quería ser el mapa que lo guiase directo hasta Tirso, pero primero necesitaba salir de dudas.
Notaba la incertidumbre royendo su segunda piel como una polilla la ropa, y si no abría el excel ya, si no descartaba o confirmaba sus miedos ya, para cuando amaneciera de la Julia falsa no quedaría ni la percha.
Y entonces todo se vendría abajo porque Tirso la calaría enseguida.
Así que sería muy rápida, solo entrar y salir. Solo abrir el excel, ver o no la fecha de hoy, volverse a la cama un poquito más cerca (o un poquito más lejos) de la verdad. Clic clic clic y fin.
Al principio, no entendió lo que estaba viendo.