El novio ideal 15. Políticas de cancelación #2
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15. Políticas de cancelación #2

—A ver, no te voy a mentir, claro que me he planteado cargarle el muerto a un imbécil del curro que me tiene frito, pero si luego le pasara algo…

—Hizo un gesto con la mano libre que, a grandes rasgos, venía a significar «Uff, no, gracias»—.

Me gané mi puesto en Microsoft hackeándoles el sistema, ¿quién dice que no haya vuelto a las andadas?

Podría haber cabreado al CEO equivocado.

Mierda. Que Manu fuera consciente de su propio tocahuevismo le venía fatal para convencerlo.

—¿Y si decimos que el honeypot es para él?

—¿Para quién? ¿¡Para Tirso !?

—Nononono, olvida eso, olvídalo, ya lo sé —gimoteó Julia, consciente de la tontería que acababa de soltar—. ¡Ya lo sé! Si un cliente le pidiera eso evidentemente iría a por él.

Chasqueó la lengua, frustrada. No veía modo de acometer el plan sin usar de cebo vivo a un tercero, inocente o no; y por desgracia Manu cumplía todos los requisitos: un motivo creíble para haberse ganado enemigos, una instalación de seguridad carísima y (lo más importante) un pasado con Tirso.

Sería lo único que le daría una mínima oportunidad si acertaban con el portal a la primera. Pero si no…

—¿Tú sabes si tienen políticas de cancelación en la deep web ?

Manu volvió a reírse por lo bajo y se giró hacia ella para coger también su otra mano, alentándola a mirarlo a los ojos.

Así, cogiditos de las manos y sosteniéndose la mirada, parecían dos recién enamorados.

O dos médiums en plena sesión de espiritismo.

Con suerte, a esas horas todos sus vecinos estarían echándose la siesta, aunque Julia sabía por experiencia que no existía bloque de pisos sin maruja.

—Julia, ya nos preocuparemos de todo eso cuando toque. A lo mejor ninguno de estos tres es Tirso. A lo mejor ni siquiera aceptan mi encargo. Pueden incluso ser un fraude.

No tuvo más remedio que asentir, aunque la angustia no se iría tan fácil.

—Es que me siento tan… inútil. Y una egoísta. Tú contratas con tu propio dinero a un posible matón para que te haga a saber qué y yo mientras… miro un excel.

—Hombre, puesto así…

Mentiría si dijera que no le sorprendió que Manu callara durante unos segundos, dejando la frase a medias no para zanjar el tema sino para pensarlo, para ponerse en su lugar. Al final, él también asintió y dijo:

—Te entiendo. En este caso nuestras… ¿responsabilidades?

están muy desparejas. Pero se te olvida que no habría podido hacer nada de esto sin ti.

Ya has visto cómo se las gasta. —Arrugó la nariz—.

Ni siquiera sé si hubiera conseguido crackear su contraseña sin matarnos a los dos por el camino.

No, tú aquí eres la llave, y también el mapa.

Julia tragó saliva.

—Qué poético.

—¡Gracias! —sonrió, todo ufano—. Me sale solo.

—¿Y qué hacemos si ha cambiado la contraseña?

—Nah, no la habrá cambiado.

Y lo dijo con un bufido, como si fuera obvio. Eso, lejos de tranquilizarla, la enervó.

—Ah, que ahora eres adivino.

—No —rezongó él, con un dramático suspiro—; soy lógico. Cuando te preocupa que alguien pueda averiguar tu contraseña, pones cualquier secuencia aleatoria, no algo personal.

—¿Y quién te ha dicho que lo sea?

—Tú, cuando no quisiste dármela.

Tocada y hundida. Julia permaneció en silencio, intentando no encogerse, ni recular, ni hacer absolutamente nada que pudiera darle más pistas de las que ya le había dado.

—Eh, eh, no pasa nada —se apresuró a asegurarle Manu, meciendo sus manos unidas para animarla—.

Es algo bueno. Otra confirmación de lo que hablábamos antes, ¿no?

Digamos que, más que su llave, eres como su…

¿ backup ? Su respaldo. Piénsalo. Si algún día le pasara algo en un encargo, ¿no intentarías descubrir qué ha ocurrido?

—Y aquí el muy desgraciado encima se rio—.

Perdona, iba en plan retórico. Los dos sabemos que sí.

Te meterías en su ordenador antes incluso de dárselo a la policía porque odiarías que te dejaran fuera.

Y encontrarías el excel, y en el excel la fecha de su desaparición, y cuando tradujeras el resto te preguntarías por qué guardaría Tirso una lista de encargos en francés, o si no sería de otra persona, de algún compañero que hable francés, y bla, bla, bla…

Antes, Julia había callado adrede. Ahora se había quedado muda. De hecho, todavía tardó un par de segundos más en encontrar su voz para decir, casi sin aliento:

—¿En serio crees eso?

Manu se encogió de hombros, resuelto.

—Lo que creo es que si Tirso quisiera una novia tapadera no habría escogido a una tía que pudiera dar conmigo.

Le pilló tan desprevenida que se le escapó una carcajada a medio camino entre divertida e incrédula.

—¡Será egocéntrico…! ¡Ni que fueras el santo grial!

Él también sonrió, de nuevo suave.

—Ninguna de las dos —contestó, risueño—. Pero sí soy la única persona que recuerda quién es, la única persona que sabe de lo que era, es, capaz. Últimamente he estado pensando que quizá por eso me quitó de en medio, ¿sabes? Porque no podía cambiar de identidad mientras quedara algo de la anterior.

Silencio. Manu desvió la vista, de pronto perdido en sus propios pensamientos.

—Lo que no entiendo es por qué no me mató. Supongo que porque no ganaba nada con ello.

Volvió a reírse entre dientes, pero esta vez con un regusto triste, ácido, y Julia se inclinó hacia él, buscando sus ojos.

—O como backup —dijo, cuando consiguió que la mirara.

—¿Hm?

—Tú mismo lo has dicho. Si le pasara algo, yo buscaría respuestas. Acabaría dando contigo otra vez. Y tú…

Señaló con la barbilla la web todavía abierta en el portátil, un simple fondo negro con texto en impersonal Arial blanco.

La reacción de Manu no se hizo esperar: la soltó como escaldado, apartándose con la misma rapidez con la que se le colorearon de rojo la nariz, los mofletes, incluso la punta de las orejas.

—Ahí ya te has pasado —farfulló, cruzándose airadamente de brazos.

Julia no tuvo otra que reírse. Le parecía graciosísimo que Manu se la pasara echándose flores sin inmutarse pero se ruborizara al más mínimo indicio de piropo sincero.

—¡Nunca aceptas mis teorías! —protestó de broma, encantada.

—Ya hemos concretado que tu fuerte es rebuscar, no pensar.

—¡Pero bueno!

En ese momento, el móvil de Julia vibró entre ellos con un mensaje entrante. Manu se lo tendió sin mirar, aunque ambos sabían de quién sería incluso antes siquiera de que ella lo abriera:

Al final me he venido al gym, quieres que te recoja a la que salga?

Julia volvió la pantalla hacia él para enseñarle el mensaje; Manu se descruzó de brazos para darle un apretón de ánimo en la muñeca.

—Hora de volver al nido, bombón.

—Ya…

—Venga —resolvió, poniéndose en pie con una palmada enfática—. Dime la dirección de tu amiga y te pido un Cabi.

—¿No tardabas veinte segundos en encontrarla? —le pinchó Julia.

—Tardas tú menos en decírmela.

Ella se rio y se la dijo.

Tardó en darse cuenta de que Tirso no dejaba de mirarla de reo­jo, concentrada como estaba en revisar Instagram al acecho de nuevas stories o publicaciones de las Martas.

Ya tenía pensada una excusa por si acaso («¿Sabes la última de Pony?

Ponernos a subir fotos antiguas para que Álex crea que Marta está perfectamente»), pero gracias a Dios no tuvo que recurrir a ella.

De hecho, supo por el grupo de WhatsApp que Marta llevaba todo el día preparándose un caso y Pony desaparecida en combate.

Seguro que la siesta se le había ido de las manos otra vez; lo cual a Julia le venía perfecto.

—¿Qué me miras tanto? —sonrió, la cuarta vez que lo pilló infraganti.

Tirso también sonrió, volviendo la vista de nuevo a la carretera.

Acababa de recogerla en la rotonda de la calle de Marta (solo tres minutos después de que el Cabi la dejara en su portal, uff), y todavía tenía el pelo húmedo de su ducha postgym.

En invierno solía ducharse ya en casa, calentito y cómodo, pero en verano prefería aprovechar el buen tiempo, secándose al aire que entraba por las ventanillas del coche.

A Tirso el verano le sentaba bien. No solo porque se pusiera moreno enseguida, el muy suertudo, sino porque parecía revitalizarse con el calor, con los anocheceres tardíos y la temporada de helados.

Que era justo por lo que a Julia siempre le había extrañado que Tirso jurara y perjurara que prefería el invierno.

Ahora suponía que sería un mero rasgo de personalidad postizo, uno fabricado en exclusiva para el Tirso falso. ¿Cuántos más habría?

—Nada —casi pio él, encogiéndose de hombros—. Te veo muy contenta, sin más.

—¿Y no debería estarlo…?

Tirso se rio, de buen humor.

—No es eso. Es que nunca se os había alargado tanto una intervention, estaba empezando a preocuparme. ¿Todo bien, entonces? ¿Marta también?

—Ay, perdón, amor —se disculpó ella, y se estiró para darle un beso en el hombro—. Sí, sí, Marta está bien. A eso de las tres Álex le mandó un mensaje kilométrico de los suyos arrastrándose, así que en realidad hemos pasado más tiempo poniéndonos al día que apagando fuegos.

—Me encantan los finales felices —bromeó Tirso mientras tanteaba la guantera lateral en busca del mando a distancia del garaje—. Aunque seguro que Pony no se lo ha tomado tan bien.

Eso le sacó una carcajada.

—Pues no. Pero yo creo que es demasiado dura con… Tirso, que está aquí. Ya abro yo.

—Gracias. ¿Dura con? ¿Con Álex?

—Sí. —Julia le tendió el mando y él lo guardó en su sitio—. Parece que siempre está esperando a que la cague.

—Mmm…

La verdad, se alegró de que la conversación terminara ahí.

No se veía capaz de hilar dos frases coherentes ahora que la semioscuridad neblinosa del garaje se los tragaba.

Siempre intentaba evitar que el recuerdo resurgiese, aplastarlo de vuelta a lo más profundo de su estómago, pero para cuando los faros del Dacia alumbraron el armarito empotrado que usaban de trastero ya estaba rígida y nauseosa.