15. Políticas de cancelación
Políticas de cancelación
Pasó buena parte del domingo allí, planificando sus siguientes movimientos con Manu.
De vez en cuando Tirso le preguntaba por WhatsApp qué tal iba Marta, si alguna necesitaba que le trajera algo, si necesitaba ella que fuese a recogerla.
Julia se sentía peor con cada mentira, pero no quería volver a casa sin estar segura de que podría mantenerse firme.
O, como mínimo, de que no rompería a llorar nada más verlo.
—Vale —dijo Manu, alrededor de las dos de la tarde. Habían pedido comida china a domicilio, y ahora reposaban el atracón en la terracita, cada uno con su taza de café—. ¿Recapitulamos?
—Recapitulamos —resopló ella, sin siquiera abrir los ojos. Se estaba en la gloria al sol.
Lo oyó teclear muy rápidamente antes de arrancar:
—Ninguno de los dos hemos conseguido localizar la empresa que le ingresa la, em, vamos a llamarla nómina, por lo que asumimos que es un empleador falso que se ha creado él mismo.
—Sip —asintió Julia, dándole un sorbito al café.
Para sacarle partido a sus «dotes de stalker » («¡¿Yo qué voy a ser una stalker !
?», «Llegaste a mis posts de 2009, Julia», «¡Para averiguar si mi novio era un asesino!
», «Y lo conseguiste, ¿no? Solo te pido que vuelvas a hacerlo»), Manu le había prestado a Julia su portátil de empresa mientras él hacía su propia búsqueda en el suyo personal.
Que el tío que hackeó a Microsoft confiase ciegamente en la intuición femenina de una donnadie le parecía más absurdo que halagador, pero también más adorable que patético, así que al final había aceptado el reto y vuelto a chequear los contactos de Tirso.
La verdad, se alegraba de no haber encontrado nada de la tal Insider Solutions. No quería contemplar la posibilidad de que Tirso tuviera socios, y menos aún entre sus amigos. Le recorrió un escalofrío solo de imaginarse a los gymbros metidos en el ajo.
—Por tanto —prosiguió Manu—, asumimos igualmente que el portal a través del que recibe clientes también debe de llevarlo solo.
—Sip.
—Ya tenía mirados de ayer unos cuantos candidatos, pero si descartamos aquellos que parecen operar a gran escala, nos quedan tres páginas nacionales autogestionadas que ofrecen los mismos servicios sin especificar precios.
Esto último es relevante porque las cifras que maneja Tirso llamarían la atención tanto si listara el precio del excel como si listara el que realmente cobra.
—Otro tecleo rápido—. Y además no solo le sirve como capa extra de protección, sino de criba…
Más de uno habrá que le haya contactado para un Kit Astaroth en vez de para un Kit Astaroth, ¿me entiendes?
—Sip.
—También tiene sentido que toda la comunicación se limite a la propia mensajería interna del portal. Yo hice lo mismo.
Para eso Julia no necesitó aclaración. No por nada llevaba meses chateando con Manu exclusivamente a través de su jueguito de recolectar fruta, pues todo lo demás dejaba rastro.
Las llamadas, los correos, los wasaps, las publicaciones en redes o foros…
Solo Manu tenía acceso al servidor donde almacenaba los registros de su app al igual que solo Tirso tendría acceso al espacio donde almacenara él sus pedidos.
—Teniendo todo esto en cuenta; la única manera de averiguar cuál de estos tres es nuestro bienquerido es mandándoles un mensajito. Y ahí es donde entras tú.
Y ahí es donde Julia por fin abrió los ojos. Manu no tardó en devolverle la mirada, extrañado por la falta de sips.
—¿Qué pasa?
—¿Vas a usarme de cebo?
—¡No! —ladró al instante, escandalizado. Luego frunció el ceño—. ¿Te dejarías?
—¡No! —respondió ella, en el mismo tono exacto. Y luego también frunció el ceño—. ¿Funcionaría?
Manu se rio entre dientes como un crío.
—Segurísimo, pero mejor dejemos esa opción como último recurso, ¿hm? —Julia solo resopló—. No, mi idea es bastante menos arriesgada.
—«Menos». O sea que algo de riesgo tiene.
Esta vez, él sonrió del todo, y le hizo una seña para que esperara mientras se terminaba el café de un trago.
No se le veía muy… afectado por la noticia sobre los padres de Tirso.
Sí que debía de habérselo visto venir, sí.
O eso o, como Julia, le ayudaba tener algo que planear, investigar, descifrar.
Quizá por eso ninguno tenía muchas ganas de poner fin a la pijamada.
Si por ella fuera, no saldría jamás de aquel piso.
Si por ella fuera, invitaría a Tirso a subir.
Tenía la sensación (infundada, claro) de que si simplemente se sentaban a hablarlo los tres, ahí mismo, en la terracita con un café, llegarían más lejos que jugando al gato y el ratón.
—Pero ¡mínimo! —le aseguró Manu—. Ya lo has hecho antes, además. Solo necesito que vayas chequeando el excel de gastos, recuerdas dónde estaba, ¿no? Y que me avises si apunta algún encargo nuevo.
Julia suspiró.
—Estabas prácticamente presente la última vez que me metí en su portátil, Manu.
—Sip —sonrió él—, y lo hiciste genial, así que esperaré tus reportes diarios.
Voy a pedirle información sobre… —volvió la vista al monitor y escudriñó los servicios ofertados de uno de los tres finalistas— yo qué sé, un honeypot.
Debería ser lo más barato de la lista. ¿Qué crees que será en realidad?
Ya solo la pregunta le dio un retortijón, así que no quiso ni pararse a pensarlo.
La sonrisa de Manu creció, se volvió ladina, y Julia se dio cuenta de que hacía tiempo que no le veía una de esas.
No, mentira. De lo que hacía tiempo era de la última vez que le habían sacado de quicio.
En algún momento de aquella odisea, Manu se había convertido en su propia persona.
Sí, en su cabeza seguía estrechamente ligado al cadáver del maletero, a la traición de Tirso, pero ahora era algo más.
Alguien más. Julia no sabría decir si categorizarlo como amigo se le quedaba grande o corto, solo sabía que «aliado» ya no le hacía justicia.
—A saber qué te estarás imaginando para poner esa cara.
Julia estuvo a punto de picar el anzuelo, pero lo que dijo fue:
—¿No hay otra forma de hacer esto?
Manu pestañeó, pillado por sorpresa.
—¿De hacer el qué?
—No quiero que contactes con matones de la deep web para luego dejarlos colgados.
Es demasiado peligroso. —Dejó la taza sobre la mesa para poder gesticular a gusto—.
¿Qué datos vas a darles para convencerles de que vas en serio?
Tendrás que pagarles por adelantado, además.
¿Y si te rastrean después? ¿Y si ninguno es Tirso y pierdes dinero para nada?
El tema del pago le preocupaba lo que más, pues no era ni un miedo ni una posibilidad, sino una certeza. Aunque a la vista estuviera que Manu apuros económicos no sufría, tampoco tenía por qué malgastar sus ahorros por Tirso. Más específicamente, en ponerse en peligro por Tirso.
—Julia…
—Tiene que haber otra manera. Y, si no la hay, debería hacerlo yo.
Yo te metí en esto, yo insistí en continuar y soy yo la que vive con él.
Debería ser la principal interesada y quien más arriesgue, no tú.
—Ahí estaba, el chirrido en su voz. El pánico.
Había tardado en llegar, adormilado por la conmoción y envuelto en el calor de la seguridad del piso de Manu, pero ahí estaba—.
Tú ya has hecho suficiente. ¿No crees que ya has hecho suficiente?
Ni siquiera es la primera vez que metes dinero en esto.
¿Y yo? ¿Qué he aportado yo? ¡Nada! ¡Ponértelo más difícil, si eso!
No, no. Ya es hora de que haga algo útil.
Y extendió una mano hacia él palma arriba, pidiéndole claramente que le pasara el portátil. Era lo que debía hacer. Era lo justo.
Sin embargo, en lugar de ceder o protestar, las dos únicas reacciones esperables, Manu cubrió su mano con la suya, presionando ligero ligero hasta devolverla a la mesa.
Julia no se resistió, solo lo miró, suplicante; y él sonrió muy suave, muy amable, dos cosas que Manu siempre había sido pero nunca a la vez.
—Vayamos por partes —dijo, con la misma calidez que el sol caldeando la terraza—. Primero, la parte técnica, ¿hm? Imagina que te digo que vale, que de esto te encargues tú. ¿Qué le pedirías? ¿Y para quién?
Si creía que iba a pillarla, lo llevaba claro:
—Pues el honeypot que hemos acordado para Julia Manzano.
Manu se rio sin malicia y le dio un apretoncito en la mano.
—¡Julia! Sé seria.
—Estoy siendo seria —le increpó, pétrea.
—Pues peor me lo pones —resopló él en respuesta, poniendo los ojos en blanco—. ¿Qué razones tendría nadie para mandarte a ti un sicario?
—Euh… ¡puedo estar escondiéndole muchas cosas a Tirso! ¡A lo mejor soy mala!
Otro resoplido.
—Lo sabríamos.
—¿En plural?
Esta vez, lo que hizo Manu fue enarcar una ceja, mitad incrédulo mitad sarcástico.
—¿Crees que no te hice yo mi propio repaso cuando me viniste con el cuento de que Tirso era un asesino?
Julia soltó un grito ahogado, escandalizada, e intentó apartar la mano de un tirón, pero él la retuvo a la fuerza con otra de sus sonrisitas Trident White.
—Sé hasta qué marca de champú usas, así que, no, puedo decir con total confianza que no tienes nada que esconder. Tú único secreto soy yo, y que siga siéndolo es un esfuerzo conjunto.
No sabía qué le frustraba más, si que tuviera razón o que no pillara el quid de la cuestión.
—Manu, déjame hacer esto. Por favor.
Por algún motivo, ahí Manu cabeceó. Era un gesto pensativo, uno que Julia solo les había visto hacer a ellos dos, y se preguntaba si sería el último vestigio de veinte años de amistad. La única prueba física, orgánica, de que en un pasado fueron prácticamente siameses.
—¿Así es como quieres enterarte de si Tirso te haría daño por dinero? —le preguntó al fin, con el ceño fruncido.
—¿Y cuál es la otra opción? —replicó ella—. ¿Averiguar si te lo haría a ti ?
La forma en la que Manu alzó las cejas ya era una respuesta en sí misma.
—¿Con mi historial? ¡Obvio!
—¿Qué hist…?