14. Chin chin
Chin chin
Cuando despertó, el sol lo teñía todo de color mandarina.
Entraba a través del ventanal lateral a raudales, denso como almíbar y cálido como no había sido un solo día desde inicios de junio.
Allá afuera, un pajarito disfrutaba del caloret en primera fila, encaramado sobre una de las sillas de la terraza.
Manu había tenido razón: estaba más bonita de día.
Ah, Manu.
Julia se volvió a mirar el otro brazo del sofá esquinero, donde lo había visto por última vez. Ahí seguía, aunque ahora despierto y sin gafas, preparando su post diario de LinkedIn en el móvil. Vaya personaje.
—¿Qué hora es? —preguntó por todo saludo, con la voz terriblemente ronca.
Manu empezó a sonreír antes de girarse a mirarla.
—Buenos días, bombón. —Julia gruñó—. Las once y media.
—Ah, bueno. Pensaba que sería más tarde.
—Yo igual. ¿Qué tal vas? ¿Resacosa?
—¿Por una copa? Nah.
Ante eso Manu enarcó una ceja, desviando la vista elocuentemente hacia la licorera medio vacía sobre la mesita de centro. Sí, la idea del brindis por la memoria de sus padres pseudoadoptivos había sido de él, pero quien había rellenado las copas había sido ella.
Al parecer, Manu tenía la misma tolerancia al alcohol que Julia (es decir, nula), porque ni tres sorbos después se reían como hienas de la situación tan absurda que les estaba tocando vivir.
Había estado bien. Cuando una iba borracha, que tu novio fuera asesino a sueldo era el chistazo del siglo.
Luego se había echado a llorar, Manu también, se habían abrazado por fin como los dos desgraciados que eran y, más por sueño que por lógica, acordaron dejar las decisiones difíciles para el día (la mañana) siguiente.
Es decir, ahora.
Manu alargó una mano vacilante hacia ella, pero Julia la tomó sin dudar, entrelazando los dedos con los suyos.
—¿Qué hacemos?
No tardó en responder, pues no había otra respuesta posible salvo:
—Necesito verlo con mis propios ojos, Manu.
La forma en la que suspiró le dijo que él tampoco había esperado otra respuesta.