13. Pijamada #3
—Bueno, es que de ella vino todo, ¿sabes? Siempre lo llamaba «tu amigo de Tirso» o «el nene de los de Tirso». Al final terminó acortando a «Tirso», así que tú verás el cacao mental que me preparó…
—Por favor, dime que mi novio no se llama Tirso porque os negasteis a aprenderos su nombre.
Como era de esperar, Manu reaccionó como pinchado:
—¡Tenía dos años! ¡Simplemente asumí que era su apellido, o algo así!
—¿Y él qué hacía cuando le llamabas Tirso?
—Pues ya le conoces. Nada. Le daba igual.
—Pero alguna vez tuvo que corregirte, ¿no?
—Sí, bueno, ya cuando empezamos el cole sí.
—¿Y?
La forma en la que se tapó la cara con las manos le dijo que iba a reírse mucho.
—… le convencí.
—¿Que le qué?
—¡Le convencí! —aulló—. ¡Yo creía que todo el mundo se llamaba como su casa y le dije que se llamaba Tirso igual que yo me llamaba Molina!
Se rio mucho, sí. Se rieron los dos. Él mientras le contaba la serie de catastróficos malentendidos que, con el paso de los años, llevaron a que el liceo entero (cuerpo docente incluido) acabara refiriéndose a ellos como Tirso y Moli; y ella mientras se imaginaba a un Tirso mini matándolas callando antes incluso de cumplir las dos cifras de edad.
Quizá el Tirso de Manu y el Tirso de Julia vivían vidas radicalmente diferentes, con personalidades y relaciones radicalmente opuestas, pero en eso coincidían: ambos disfrutaban observando el caos desde los márgenes, sin intervenir, siempre y cuando no lo afectara de forma directa.
Pero después de las risas vino el silencio, y Julia supo que había llegado el momento.
—Manu —lo llamó, sintiendo el corazón como una losa.
Este tardó un par de segundos en despegar los ojos de su ColaCao para mirarla, como si intuyera que se acercaba una sentencia.
—Cuando nos conocimos, me dijiste que solo me ayudabas por los padres de Tirso, pero yo no… Hasta hoy no sabía que habían sido tan importantes para ti.
Volvió a bajar la mirada hacia la taza. De pronto, parecía muy chiquitito, casi frágil, ahí acurrucado en un rincón de un sofá enorme en un salón todavía más enorme donde vivía completamente solo.
—Sé lo que me vas a decir —murmuró, rascando una manchita de cacao del borde de la taza con la uña—.
Me lo llevo oliendo desde hace tiempo. Emi y Fermín son muy…
particulares, como su hijo. Les guardaba muchísimo respeto, y yo también.
Si los hubieras conocido, no habría tenido que explicarte que mi Tirso jamás haría nada que pudiera ponerlos en peligro, o decepcionarlos, porque tú ya lo sabrías.
Julia respiró hondo, sobrecogida.
—Lo siento mucho.
Obviamente, sospecharlo no fue lo mismo que confirmarlo. Manu hizo una mueca, tratando de mantenerse estoico. Dolía verlo.
—¿Cómo pasó? —preguntó, de nuevo muy bajito.
—No lo sé. Nunca habla de ello. Pero cuando lo conocí él ya estaba… bien —¿bien?—, así que tuvo que ocurrir poco después de que os separaseis.
«Separar» tampoco era el verbo más adecuado para la escisión clínica, desapasionada, con la que Tirso lo había mutilado de su vida. Manu hizo un ruidito reflexivo, quizá pensando en lo mismo, antes de continuar:
—Lo peor de perderlo a él fue perderlos también a ellos.
Los echaba de menos, y me… me dolió que ninguno intentara mediar con lo que sea que le pasó a Tirso por la cabeza para echarme.
—Se encogió de hombros—. No me quedé solo, porque mi madre…
Pero es más bien como mi hermana mayor, ¿sabes? Así que, en parte, sí, me quedé solo.
Ella asintió. Nunca había tenido tantas ganas de tomar su mano entre las suyas, o de darle un abrazo.
Quizá incluso era la primera vez. Estaba convencida de que le vendría bien, de que les vendría bien a los dos, pero Manu no flaqueó, de modo que ella tampoco quiso meter el dedo en la llaga.
Sin embargo, sí sopesó con mucho cuidado cómo exponer su siguiente pregunta:
—¿Crees que eso —señaló con la barbilla hacia el portátil allá en la mesa— pudo tener que ver con la razón por la que cortó relación contigo?
Esta vez, la mueca de Manu fue visiblemente dolorosa, casi torturada. Y, aun así, a Julia su respuesta le pareció incluso peor.
—No. Lo que creo es que eso —e imitó su gesto en dirección al portátil— tiene que ver con la razón por la que sus padres están muertos.
Oh.
Ni siquiera lo había pensado. Aunque tampoco estaba segura de que quisiera pensarlo. Todavía estaba demasiado reciente, lo sentía demasiado inverosímil, inconcebible, como una enfermedad terminal o un veneno sin antídoto. El no tener poder para cambiar la verdad era lo que se le hacía insoportable.
—¿En qué sentido? —preguntó igualmente, porque prefería sacárselo de dentro—. ¿Como consecuencia o como desencadenante?
Manu se encogió de hombros, aunque sus ojos estaban vacíos, sus pensamientos muy lejos ya de la conversación.
—¿Qué más da? Si cada uno de sus encargos implica un cadáver, está todo dicho.
Y Julia lo entendía. Que daba igual el cómo o el por qué empezase, porque el ahora pesaba más. A fin de cuentas, estaba claro que Tirso no mataba por venganza, ni por justicia.
Tirso mataba por dinero.