13. Pijamada #2
Pero Julia ya no le estaba escuchando. No, porque quizá ella de francés se sabía las canciones de Moulin Rouge (Te quiero, Ewan McGregor) y poco más, pero de Tirso era toda una connoisseur y aquella cartera de clientes no le pertenecía.
Para empezar, porque ni le sonaban. Y, para seguir, porque IFEMA no aparecía en la lista.
Y para IFEMA había trabajado sí o sí.
Ella había visto el contrato. Ella había revisado el contrato.
—Ya has caído, ¿verdad?
—P-pero no entiendo… ¿Son cuentas falsas? ¿Por qué iba a esconderlas con tanto empeño si son falsas?
—Porque no lo son. —Manu torció el gesto y abrió otro excel, esta vez, uno propio (cómo no, también en francés)—. Aunque tardé en descifrar el código.
—¿Son códigos?
—No, no, me refiero… Da igual, mira. Estos son sus extractos del banco.
—Minimizó ambos archivos para colocarlos uno junto a otro—.
¿Ves que no coinciden ni las fechas de ingreso ni las cantidades?
—Se rio—. Llegué a pensar que tenía guardadas las cuentas de algún amigo suyo de no ser porque me dio por cotejar los totales. Y voilà!
Voilà, desde luego. Julia se acercó al portátil, acostumbrada a tratar con excels kilométricos plagados de fórmulas, descuentos, porcentajes y demás demonios de la contabilidad.
Ahí pasaba algo raro. Sí, los ingresos totales de ambos archivos coincidían… salvo por dos detalles:
1. Cada total anual del excel de Tirso correspondía no con el total anual bancario de su respectivo año, sino con el del siguiente.
2. Cada total anual del excel de Tirso tenía un cero menos que el total anual bancario de dicho año siguiente.
—Si lo estoy entendiendo bien —carraspeó Julia, sintiéndose tontísima—; por el cortafuegos de mil euros de este marzo…
—Cobrará diez mil en algún punto del año que viene —completó Manu por ella, con un educado asentimiento—. O, para ser exactos, los cobrará repartidos en catorce pagas y cuatro bonus trimestrales.
Se le escapó una carcajada, de lo ridículo. ¡Catorce pagas, Tirso! ¡Acabáramos!
—¿¡Cat…!? ¡Manu! ¿Cómo va a estar eso bien? ¡Que te está vacilando, Manu!
—Tengo sus nóminas.
—¡Que es autónomo!
—Julia.
Hubo algo en su voz que le cortó la risa de golpe. En su voz, en los extractos, en los clientes desconocidos y en los precios inexplicables. En su postura agarrotada y en sus ojeras violáceas, en cómo no dijo nada más, ni le enseñó nada más, simplemente esperando, esperando, esperando.
Julia dejó su taza sobre la mesa muy despacito. Volvía a tiritar, y le acongojó el doble darse cuenta de que no era la única.
—¿Qué clase de cortafuegos cuesta diez mil euros? —logró articular segundos, horas, siglos después; la voz en un hilo.
—La clase de cortafuegos que en realidad no es un cortafuegos.
«No» , pensó, pero su cuerpo se movió por sí solo, haciéndose con el ratón para desplegar el excel de cuentas.
Sabía lo que encontraría antes incluso de verlo, y aun así la náusea que le subió por la garganta la tuvo a punto de vomitar.
Ojalá fuera ciega. Ojalá se quedara ciega ahora mismo.
Ojalá al menos Manu no hubiera mencionado antes qué significaba esa palabra, para poder pedirle que se la tradujera, para cargarle a él con el peso de destruir los últimos pedacitos en pie de su mundo.
Cualquier cosa menos aquel aséptico, plano y práctico «14/02».
14/02 | N ETTOYAGE | 1.440 €
¿Qué clase de limpieza costaba 14.440 €?
La clase de limpieza que en realidad no era una limpieza, sería de nuevo la respuesta.
La clase de limpieza que necesita acetona, lejía y sosa. O disolvente industrial.
«Olvídate de los zapatos —había dicho Lolo—; se lo come todo».
—No —repitió en alto, porque no paraba de martillearle el cerebro. No y no y no, en bucle—. Este no es… No. Este no es mi Tirso.
Y, tonta de ella, creía que no podría ir a peor.
Pero Manu negó con la cabeza, sin vida ni aplomo, y dijo:
—No, este no es tu Tirso.
Dijo:
—Es el mío.
Dijo:
—Porque sabes que Tirso no se llama Tirso, ¿no?
Al parecer, en un inicio la amistad entre Tirso y Manu había sido más acuerdo que amistad. Un compromiso, por llamarlo de alguna manera.
Eso se lo contó el propio Manu ya después, sentaditos en el sofá, habiendo ambos cambiado la ropa por el pijama y el café por ColaCao (pero en la misma taza, claro).
Ninguno de los dos había querido volver a enfrentarse al portátil o, más en específico, al resto de la documentación identitaria que a Julia le quedaba por digerir.
Ya bastante histérica se había puesto con lo primero; la copia de un DNI en vigor del cual únicamente reconocía al hombre de la foto.
Aquel, sin duda, era el rostro de Tirso, pero no lo eran ni su nombre ni su NIF ni su fecha de nacimiento.
«Que no es piscis —había barbotado, como una imbécil—. Que es sagitario».
«Sí —había contestado Manu, con una risita cansada—. Siempre fue de los peques de la clase».
Suponía que eso explicaba muchas cosas. Principalmente, la nefasta compatibilidad que Horóscopo Negro había vaticinado entre sus signos. Una vez más, la intuición de Julia se probaba infalible.
Aunque no había sido tan infalible con Manu.
Debería haberse fijado antes, haber identificado la aspereza con la que hablaba de Tirso no como rencor sino como luto.
Tenía hasta gracia, la ironía de que Manu hubiera estado en lo cierto desde el principio, aun inconscientemente.
A fin de cuentas, «su Tirso» había muerto en el mismo momento en que el Tirso de Julia había nacido.
Manu y su Tirso se habían conocido en el rellano del edificio de Tirso de Molina, cuando una jovencísima madame (este detalle es importante) Molina había quedado con la familia Solera (no iba a hacer declaraciones sobre que el verdadero apellido de Tirso no fuera navarro) para enseñarles el último apartamento en alquiler del mismo.
No es que necesitase alquilarlo, podría vivir cómodamente mínimo veinte años solo con la herencia de su difunto marido, pero la pobre sufría de un pánico paralizante a perder el nivel de vida al que se había acostumbrado y a esas alturas del cuento, con un nene de dos añitos y sin estudios, más le valía sacarle rédito al patrimonio de los Molina.
La situación de la familia Solera, en cambio, era más corriente, pero no menos urgente.
A la vuelta del verano, la madre empezaría a trabajar como profesora en el célebre liceo francés del barrio vecino (todo gracias al trilingüismo vasco-francófono de su Navarra pirenaica), lo cual pedía forzosamente una mudanza.
No andaban muy sobrados ni de tiempo ni de dinero, y para más inri los precios de la zona les habían pillado por sorpresa.
Por dentro, ella estaba ya resignada a pasarse la vida conduciendo del liceo a la periferia madrileña con su hijo a cuestas cada día, pero no quería rendirse sin antes visitar aquel cuco bajo de Tirso de Molina.
Lo suyo sí que fue un meet-cute en toda regla.
Con solo intercambiar un par de datos, entre las dos mujeres surgió la relación más sólida que puede existir entre dos completos desconocidos: la de conveniencia.
Y Manu, como testigo involuntario de la escena que fue, tuvo a bien representársela a Julia con una imitación perfecta de madame Molina que la tuvo al borde de las lágrimas: «¡Oh, ¿del lycée ?
¡Qué coincidencia! Justo tenía previsto matricular allí a mi doudou para que reconectara con sus raíces.
Aquí donde me ven, en realidad soy parisina.
Mis padres también se vinieron a Madrid siendo yo muy niña…
Tendría la misma edad que este señorito vuestro.
¿Cómo, solo dieciocho meses? ¡Si está enorme!
¿Y tienen donde dejarlo mientras trabajan?
Ah, me tranquiliza oír eso. Todo lycée que se precie ha de velar por los hijos de su profesorado, yo no sé cómo me las apañaré para llevar y traer a mi doudou todos los días, con el horario tan ajetreado que tengo…
¡Oh, no, no, no! No se moleste, no podría aceptarlo…
¿Recogerlo de camino? ¿De camino de dónde?
¿¡VALLECAS!? ¿Es que no les ha gustado este piso…
? Mon dieu! ¡Si ese es el problema, no se hable más!
Hagámoslo así; yo le ajusto el presupuesto y usted acerca a mi doudou al cole, ¿sí? ».
—Puedes imaginarte el resto —finiquitó Manu, poniendo los ojos en blanco—.
Prácticamente me crie donde Tirso. Y no la culpo, ¿vale?
Me tuvo muy joven y tampoco sabía qué hacer conmigo.
Emi le vino como caída del cielo. Nos vino —se corrigió—.
Dudo que mi madre hubiera sabido sacarme de los, lo reconozco, múltiples baches educativos que tuve.
Habría suspendido Selectividad veinte veces de no ser por Emi.
Julia sonrió, aunque tenía un nudo en el estómago.
Cuantos más pedacitos de pasado compartía Manu con ella, más le reconcomían los remordimientos.
Desde luego, ya no podía seguir posponiéndolo.
En algún momento de la noche tendría que armarse de valor y decirle que los Solera habían fallecido.
¿Se enfadaría con ella? Porque merecérselo, se lo merecía.
Manu le había dicho explícitamente que la ayudaría con la investigación por miedo a que los líos de Tirso acabaran salpicando a sus padres y ella se lo había tomado como una excusa.
Qué tonta. Ni que a Manu le diera vergüenza reconocer que le afectaba no saber por qué Tirso lo dejó tirado.
Nunca lo había escondido. Ahí la única que escondía cosas era Julia.
—De hecho —prosiguió él, con un brillo divertido en la mirada—, dudo siquiera de que recuerde que Tirso es un mote.
—¿¡Cómo no va a acordarse!? ¡Es tu…! ¡Mi madre se acuerda de los nombres de mis amigas!
—Porque se llaman igual, Julia.
—¡No es por eso!
Manu se rio entre dientes.