El novio ideal 13. Pijamada
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13. Pijamada

Pijamada

El día que su vida cambió para siempre no fue día sino noche.

Empezó con una llamada de Pony nada más terminada la cena, y durante los primeros tonos Julia la dejó sonar, convencida de que se habría equivocado. Luego, cuando estuvo claro que no, cruzó miradas con Tirso y él le pasó el móvil con los labios apretados, alerta.

—¿Pony?

—Quita el manos libres.

Esa no era Pony.

—N-no está puesto.

—Genial. Soy Manu. Perdona por llamarte a estas horas, pero necesito que vengas. Es una emergencia.

Julia se apretó más el móvil contra el oído por puro instinto. Tirso había fruncido el ceño, y dado un paso hacia ella, alarmado por la tirantez de su voz.

—Pero ¿estás con ella?

—No, no, estoy usando un desvío. Invéntate una excusa y sal a la parada de metro; te estará esperando un Cabi.

—¿Ahora mismo? —barbotó, desorientada.

—Eh… Prácticamente. Está en camino. Échale unos… diez minutos. ¿Llegarás bien?

—Sí, sí. Voy. —Algo en los ojos de Tirso le hizo añadir—: ¿Necesitas que lleve alguna cosa?

Manu tardó unos segundos en contestar.

—Yo no, pero tú tráete lo que necesites para sostener tu coartada; estaremos en mi piso.

—Va, pues ahora nos vemos. Chao.

— Salut.

Cuando colgó, temblaba. Se sentía pálida, revuelta y febril, todo culpa del subidón de adrenalina, así que tuvo que darse unos segundos de respiro antes de cuadrar los hombros y responder a la muda pregunta de Tirso, que la miraba con ojos urgentes, listo para ponerse en marcha a su señal.

—Tranquilo —dijo, acercándose a darle un apretón breve en el brazo—. No es nada grave, pero ya sabes las que monta Pony cuando se trata de Marta.

Él rebufó.

—Déjame adivinar: a Marta la ha dejado el novio del CBD y Pony está movilizando a todos los cuerpos oficiales del Estado.

—Algo así —rio ella, aliviada de que la coartada se creara sola—. Te actualizaré en cuanto llegue.

—Es tarde, ¿te acerco?

—No hace falta, amor, gracias; me recoge ella aquí abajo en diez minutillos. Voy a… prepararme una mochila, supongo. —Respiró hondo, tratando de organizarse las ideas (tratando de no parecer al borde del pánico)—. Por si acaso se alarga.

La risita de Tirso fue amable, casi tierna, y el beso que le dejó después en la frente aún más.

—Son las Martas —sonrió—, se alargará. Tú ve vistiéndote, me encargo yo del resto. ¿Pijama o camisón?

Dios, cómo le quería. Y le estaba engañando.

Le estaba engañando para escabullirse con su ex mejor amigo en mitad de la noche y, con suerte, ponerle fin a toda esa pantomima.

Para bien o para mal, pero fin. Aunque, por la voz de Manu, Julia no tenía muchas esperanzas en volver a casa con su final feliz.

—Pijama —respondió, con un suspiro derrotado—. Donde Marta hace frío todo el año.

Ni siete minutos después, Julia se despedía de su novio y su gata desde el ascensor, al hombro una mochila con una muda de ropa, un pijama y su neceser de viaje.

Había habido un momento de tensión entre que Tirso insistía en acompañarla hasta que Pony apareciera y ella en que nadie iba a secuestrarla durante el medio segundo que pasaría sola en la calle, pero afortunadamente había quedado en un susto.

Según se cerraban las puertas del ascensor, Tirso aupó a Muu en brazos y le movió la patita arriba y abajo a modo de adiós.

—Ey.

—Ey.

Durante unos segundos, ninguno se movió, ni ella para pasar ni él para darle paso.

Solo se quedaron mirando, sin saber muy bien cómo proceder con el otro.

Normal. A fin de cuentas, en realidad apenas se conocían.

¿El semblante vacilante de Manu pronosticaba buenas o malas nuevas? ¿El suyo pedía franqueza o tacto?

Al final, Manu se adelantó para darle un par de palmaditas en el brazo, como si Julia fuera un amigote del gym, y acto seguido arrugó la nariz, claramente decepcionado consigo mismo.

—¿Tan malo es? —intentó bromear Julia, aunque la voz le salió en un hilo.

—A ver —respondió él, haciéndose a un lado para invitarla a entrar—, supongo que depende de con qué se compare. —Vamos, que estaba jodida la cosa, ¿no?—. Pasa, pasa al salón. A la derecha, sí, donde la luz. ¿Quieres un café?

—¿A las once y media de la noche?

Su silencio lo dijo todo. Julia suspiró.

—Vale.

—Perfe, pues ponte cómoda. Puedes dejar la mochila en el sillón, mismamente. ¿Qué estás, de pijamada?

—Sí, donde Marta. —Miró a su alrededor, curiosa—. ¿Vives solo?

—Yep. Voy a por los cafés.

Y la dejó allí, no abandonada a su suerte pero casi, a la entrada de un amplio salón-comedor con un sofá esquinero de múltiples plazas y una televisión gigantesca.

Estaba decorado al estilo minimalista, sencillo pero no escaso; el extremo opuesto a la exuberancia rococó del ático en Tirso de Molina.

Tras la pared acristalada del lateral se adivinaba una simpática terracita, y, por las ondas de luz pintando de turquesa su balaustrada, allá abajo debía de dormitar una piscina, seguramente el centro neurálgico de aquel complejo residencial.

Todo estaba tan nuevo, tan pulcro, tan poco vivido…

Era justo el tipo de urbanización donde su madre querría verla asentada. Y, para qué mentir, a ella también le gustaría verse en cualquiera de aquellos pisos, con su terracita y su piscinita y sus dos baños y su cocina con más de medio metro de encimera.

—Está más bonita de día —dijo Manu a su espalda, y ella se volvió a tiempo de aceptar la taza humeante que le tendía—, se ve una esquinita de sierra detrás del edificio de enfrente.

—Qué suerte. Yo detrás de mi edificio de enfrente veo otro edificio.

Eso le hizo reír.

—Sí, bueno… Lo mejor es que todavía no tengo muchos vecinos, así que trabajo a gustísimo.

Ya veremos cuando se llene de familias. —Señaló hacia la mesa del salón con la barbilla, presidida por un portátil abierto—.

Te diría de hablar en el despacho, pero creo que mejor te ahorro el trauma.

Ahora mismo estás bebiendo de la última taza limpia de la casa.

—¿Y las demás están en tu despacho?

—Yep —repitió, arrastrando los pies teatralmente hasta la mesa—, junto con el resto de la vajilla. No me juzgues. Cuando me vuelco en algo pierdo la noción del espaciotiempo.

—No te juzgo. Deberías haber visto cómo tenía el piso antes de que Tirso se mudara conmigo.

Se sentaron a la mesa, él frente al portátil y ella a su derecha.

Una vez más, ninguno dijo nada durante varios segundos, cada uno concentrado en beberse el café a sorbitos. La taza de Manu tenía el asa rota y una frase descolorida tras mil lavados. «Alguien que me quiere mucho me ha traído esta taza de Benidorm», ponía. Guao.

—Manu…

—Lo sé, lo sé. Estoy pensando por dónde empezar.

—Por favor. Suéltalo y punto. No pued…

—Es que es mejor que lo veas. Creo.

—Pues enséñamelo.

Y, aun así, Manu tardó otros tantos eternos segundos en arrancar.

Primero se puso unas gafas de ver (primera noticia de que Manu necesitara gafas), luego giró el portátil hacia ella (por fondo de pantalla tenía un paisaje de videojuego) y, por fin, clicó en el tercero de los seis únicos accesos directos del escritorio (cada uno con su icono personalizado, cómo no).

La sensación de déjà vu que la recorrió fue intensa, amarga: de pronto estaba otra vez en el salón de caballeros de Tirso de Molina, mirando pálida y nauseosa cómo Manu reproducía cámara tras cámara tras cámara para solo hallar vacío.

—Si te digo la verdad —fue como empezó Manu—, hasta esta mañana lo que más me preocupaba era cómo convencerte de tirar la toalla.

Nada de lo que encontré en el servidor secreto de Tirso era secreto, al menos para mí.

Copias de su DNI, sus diplomas y certificados, contratos varios…

Todo en regla, todo legal, todo en orden.

Incluso conseguí meterme en su banco y no vi nada extraño.

Julia asintió. No tenía nada que decir.

—Lo único que me llamó la atención fue este excel de gastos —continuó él, abriendo el susodicho—. Es pura contabilidad. Una hoja por año, tablas divididas por trimestres, encabezados indicando el cliente, el encargo y la fecha… Lo típico, ¿no?

—Está en francés.

—¿Cómo?

—Que todo está en francés —repitió Julia, un poco crispada por tener que explicarse—. No entiendo nada de lo que pone. Eso es lo que te llamó la atención, ¿no?

Manu pestañeó, como pillado por sorpresa. Como le dijera que no se había dado c…

—Ah. Pues no me había dado cuenta.

Genial. La pista más clara de que Tirso ocultaba algo a plena luz y el experto en ciberseguridad la pasaba por alto porque entendía el idioma. No pudo contener un resoplido molesto, casi dolido, y Manu la miró medio encogido:

—Perdona. Cuando programábamos juntos lo pasábamos todo al francés para curarnos en salud. Los procesos, las…, ehm, ¿recetas? —Chasqueó la lengua—. No me quiero poner muy técnico. El caso es que yo lo sigo haciendo, así que ni lo pensé.

—Va —solo respondió. ¿De qué le serviría enfurruñarse? Manu era su único aliado en esto—. Entonces ¿qué? ¿Qué es lo que no te cuadraba, monsieur Sherlock?

Eso le sacó una sonrisa, aunque quedó oculta tras su taza vieja mientras bebía. Julia la vio igual, en cómo se estrecharon sus ojos, más azules que grises entre la dura luz de la pantalla y el cristal de las gafas.

—Nada —pio—. No me cuadraba absolutamente nada.

Para empezar, ningún autónomo podría mantenerse con tan pocos clientes, y menos cobrándoles semejante miseria.

¿Cómo va a poner un…? No, nettoyage es «limpieza», ¿dónde…

? Ah, aquí. ¿Cómo va a poner un cortafuegos de los suyos a mil euros?

—Parecía escandalizado—. ¡Si el que instaló en Tirso es tan tocho que no puedo saltarlo ni yo!

Ni replicarlo, que es peor. —Ahora parecía fastidiado—.

Sigo teniendo que irme allí a trabajar cuando me piden algo delicado de verdad porque sé que en ningún otro sitio voy a estar más proteg…