12. D.E.P. #3
—¿Intelectuales? —la cortó—. No estaba enterado de que mis amistades debían cumplir tan altos estándares para tu aprobación.
Uy. Hora de incorporarse y reconducir aquella conversación en condiciones, cara a cara, con todo el lenguaje corporal necesario (y, ahora mismo, imperativo ) para que Tirso pudiera entender que no estaba diciendo que sus gymbuddies fueran… en fin…
—Tirso, no estoy llamando tontos a tus colegas.
—Amigos —corrigió él.
—Amigos —concedió ella, diplomática—. Solo digo que a veces uno necesita rodearse de gente que le conozca de verdad. No de turnarse máquinas ocho horas a la semana.
El modo en que su novio alzó las cejas era una respuesta en sí misma, pero replicar replicó igual:
—¿Y vosotras tres cuántas horas a la semana pasáis juntas?
—¡No es lo mismo! ¡Nosotras nos conocemos de toda la vida!
—Ah —graznó Tirso, ácido como nunca antes lo había sido. No con ella; jamás con ella—. O sea que, para ti, ¿una amistad no es amistad si no lleva macerando toda la vida ?
—No, no, me estás malinterpretando. Solo digo que ayuda, que si los gemelos y tú os conocierais desde críos no importaría tanto qu…
De pronto, Tirso se tensó entero. Fue un cambio tan drástico, tan evidente, que bastó para callarla de forma fulminante, a mitad de frase, a mitad de palabra. Empeoró cuando además apagó el e-book , elevando la categoría del asunto de simple charla de cama a algo más serio.
—Julia. Dime que esto no es por Moli.
Se quedó helada.
—¿M-Moli?
—Sí, Moli —insistió, con un matiz extraño en la voz, como alquitrán, como inflamable—. Y no intentes hacerme creer que no sabes de quién te hablo porque tú nunca olvidas nada que te haya contado.
—No estaba intentando…
Calló de nuevo, dándose cuenta de que mentir no le serviría de nada. Tirso ya la había pillado. Lo único que podía hacer era decirle la verdad o, al menos, una parte de ella. Como cuando de universitaria se le caducaba el pollo y lo cocinaba con bien de especias para disimular el sabor.
—Perdón —fue por donde comenzó, siguiendo por cogerle las manos, apretando sus muñecas entre los dedos sin otra intención que darse énfasis. Él se dejó hacer, pero no bajó la guardia—. Era esto. ¿Te acuerdas de que me dijiste que sabías que había algo más? ¿Y que podía hablarlo contigo? Pues. Esto.
Por su cara, Tirso no habría esperado ni en mil vidas que el gran secreto de su novia tuviera que ver con el puñetero Moli. Y ni en mil vidas sabría lo cerca que estaba de la verdad.
—Voy a necesitar que seas un poquito más clara, cielo.
—¡Ah, sí! —Julia dio un respingo—. Por supuesto.
Claro. Quería… Me preocupaba, ¿no? Me parecía injusto que yo tuviera a las Martas y tú a nadie.
Perdón por decir que tus amigos del gym no son amigos de verdad, en realidad no lo pienso.
Simplemente pensaba que a lo mejor necesitabas algo más, y que como eres tan…
reservado, no, cuidadoso con los límites de los demás, no querías molestar.
Tirso pestañeó.
—¿Molestar… a Moli?
Ella asintió.
—Sonia y yo acabamos mal —explicó, el nombre puro bilis en su lengua—.
Pero tú me dijiste que vosotros solo os distanciasteis, ¿no?
Y hasta coincidís a veces, en eventos y tal, como en la CyberFeria esa de seguridad…
—«CyberExpo», corrigió Tirso en un susurro, empezando a sonreír—.
Que, a ver, yo a él no le conozco, pero si no hubiera pasado lo que pasó, a mí me encantaría que Sonia volviera conmigo.
Odio pensar en que compartí la mitad de mi vida con alguien que ahora ni se acuerda de que existo.
Para su sorpresa, Tirso bajó la vista hacia sus manos unidas, contemplando seriamente sus palabras. Casi le dio pena. No él, sino lo insincero de la situación. Julia sentía que estaba… corrompiendo la verdad. Reabriendo una herida para esconder el hedor a sangre de otra.
Si es que Tirso siquiera consideraba a Manu una herida.
—¿Llevas todo este tiempo preocupada por si echaba de menos a mi amigo?
No recordaba si alguna vez le había oído una voz tan pequeñita.
—¡Pues claro! —mintió, y se rio entre dientes, como cazada en plena travesura—. ¿¡Cómo vas a llevar dos damos de honor iguales a la boda!? ¡Mis damas se merecen más opciones!
Tirso, en cambio, soltó una carcajada en toda regla. Julia sonrió, más emocionada por verlo así de risueño que por haber esquivado la bala.
—Eres demasiado buena.
La sonrisa se le agrietó en la cara, pero consiguió retenerla fija.
—Tú, que me ves con buenos ojos.
Aunque ahora no la estaba viendo ni con buenos ni con malos ojos, porque seguía con la mirada perdida en sus manos, sus pensamientos claramente muy, muy lejos de allí. Al final, Tirso reclinó la cabeza contra la pared con un suspiro más triste que cansado y más dolido que triste y dijo:
—Si tanto quieres buscarle ligue a Pony, te prometo que haré un esfuerzo por ampliar mi cartera de amistades, pero dejemos descansar en paz a Moli, ¿vale? Sé reconocer cuando algo está muerto. —Otro suspiro—. Y él también.
Julia asintió.
No quiso pensar cuánto de literal tenía esa respuesta.