12. D.E.P. #2
Por romper una lanza a favor de Manu, Julia debía reconocer que se le daba bien leer el ambiente.
Aquel fue el mejor ejemplo, el mayor despliegue de cuidadosa empatía que le había mostrado hasta ahora: cuarenta gloriosos minutos de mofa sin tregua, una burla tras otra durante la totalidad del proceso de reactivar el escritorio remoto y cotillear carpeta por carpeta hasta dar con el servidor oculto en una carpeta dentro de otra carpeta dentro del último acceso directo del escritorio llamado «PLANTILLAS Kit Digital».
Julia lo había intentado todo para que se callara.
Amenazas («Como no dejes el temita, le digo a Tirso que me has hablado por LinkedIn»), contraataques («¡Tú lo que tienes es envidia!
»), confesiones («Es porque una vez borracha le dije que era un bombón porque estaba rellena de licor»), psicología inversa («Tienes razón, damos muchísima vergüenza ajena, normal que te rías»), súplicas («Para, por favor, Manu, para que estoy temblando, que me estoy muriendo, que me va a dar un infarto de la vergüenza»).
Pero nada, Manu seguía y seguía, claramente doblado de risa allá en su base de operaciones.
Y, aunque por dentro Julia no quería que parase, porque prefería enfrentarse al escarnio público que hablar de lo que había pasado antes de que Tirso irrumpiera en casa, Manu al final se apiadó de ella y dijo:
— Vale, vale, tú solo contéstame a una cosa y paro, te lo juro por Tolón.
—¿Quién es Tolón?
— El minino de mis sueños. Es como Muu, pero en chiquito.
Muu entreabrió un único ojo al reconocer su nombre y Manu suspiró soñadoramente.
—… De acuerdo. ¿Qué quieres saber?
— Ah, nada. Solo que qué ha sido eso de intentar echarme antes del escritorio remoto.
Silencio.
Julia cerró los ojos y exhaló todo el aire de sus pulmones muy, muy despacio. En parte porque lo necesitaba, pero también por ganar tiempo para encontrar cómo explicarlo.
—Perdón —dijo al fin—. Me… entró la paranoia de que me habías manipulado para liársela a Tirso.
Manu hizo un ruidito meditabundo.
— Entiendo. Y… ¿sigues pensándolo? Porque luego me has dejado entrar.
Se encogió de hombros.
—No lo sé. Tal como están las cosas, se me hace muy difícil saber a quién confiarle qué. Pero luego he pensado que ya da igual.
— ¿Que ya da igual?
—Sí. —Julia seguía mirando al cursor bajo el control de Manu como si fuera el propio Manu, como si lo tuviera justo enfrente—.
Si de verdad me hubieras engañado para, yo qué sé, borrarle o robarle todo su trabajo, no cambiaría nada para mí.
Ni siquiera cambiaría nada si yo misma le contase quién ha sido en vez de esperar a que diera contigo y luego conmigo.
Al final siempre saldría perdiendo. Tendría que enfrentarme a que Tirso, si no es un asesino, me dejara por haber sospechado de él; y a que me matara si resultara serlo.
Manu hizo el mismo ruidito reflexivo.
— Pero volvemos a lo mismo. Has tenido la opción de no dejarme entrar de segundas.
—No era una opción real —razonó ella, con una sonrisa triste—. Si pudiera enterrar todo lo que sabemos bajo la alfombra, ya lo habría hecho. No me sale. No puedo vivir el resto de mi vida mintiendo. Por eso fui a buscarte.
Un tercer ruidito.
Esta vez, el silencio se alargó mucho más. Julia alzó la vista hacia la cámara, esperando encontrársela apagada, pero justo entonces Manu preguntó:
— ¿Sabes qué he pensado yo cuando has intentado echarme?
—Dime.
— Que tú me la habías liado a mí.
—¿Y qué piensas ahora?
Manu rio, sin aire.
— Que ya da igual.
No por primera vez, Julia se preguntó por qué Manu estaría tan empeñado en cavarse su propia tumba.
«Que ya da igual», en realidad, no era una respuesta propia, pues se la había tomado prestada a ella.
¿Cómo iba a ser comparable? Ella no podía escapar.
Su vida, su identidad, estaban intrínsecamente ligadas a las de Tirso.
Y, sí, podría cortar con él, fingir que se había desenamorado, pero el solo pensarlo le nublaba la vista, le retorcía el estómago.
Quería un futuro con Tirso, y lo quería trágico o feliz, breve o infinito, pero nunca falso.
Pero Manu no tenía ningún futuro con Tirso. Por tener, no tenía ni un presente.
Así que, ¿por qué?
¿Por qué?
Se le ocurrió después, ya acurrucada con Tirso en la cama. Él estaba leyendo en su e-book reclinado contra el cabecero, ella chequeando Instagram recostada en su pecho y Muu hecha una bolita en el ínfimo espacio entre ambos.
Se le ocurrió al ver el último post de Tirso; una foto de un saco de boxeo con dos gemelos mamadísimos asomando cada uno por un lado como los topos del juego del martillo.
«A veces no sé si son mis amigos o mis enemigos», bromeaba en el texto, y ellos habían comentado con una ortografía casi ilegible dos variaciones del mismo mensaje: «Los verdaderos amigos son enemigos cuando toca». (Pero de forma menos lírica, claro).
No se parecían en nada a Manu. A Moli. Y ni de lejos a Manuel M. Montaraz, con su traje sofisticado, su pelo claro repeinado hacia atrás y sus mocasines de piel. Aunque suponía que era injusto compararlos con esa versión de Manu cuando ni siquiera la versión diaria de Manu le llegaba ni a la suela.
A lo mejor Manu también estaba buscando un porqué.
La razón por la que Tirso lo había despegado de su vida como un simple recorte de collage para reemplazarlo (¿reemplazarlo?) por dos… adictos a los esteroides.
Estaba tan concentrada en analizar el posible subtexto de la foto que pegó un bote cuando el brazo de Tirso apareció por encima de su hombro para darle like al post. Julia echó atrás la cabeza para mirarlo desde la cómoda almohada que era su pecho.
—Novio controlador se da autolike desde la cuenta de su novia…
Él rio. Hoyuelo detected.
—Es la primera foto que subo en meses —repuso, como excusándose—. Necesito apoyo emocional.
Pues sí que estaba siendo terrible el cliente, sí, para bajarle los ánimos hasta tal punto.
Julia lo ciñó más fuerte entre sus brazos mientras volvía de nuevo la vista hacia su móvil.
El post ya sumaba catorce likes , lo cual suponía más del 50% de sus seguidores.
Todo el mundo quería a Tirso. Todo el mundo se alegraba de tener noticias suyas, aunque fuera cada cien años.
Pero casi ninguno de sus veintiséis seguidores eran mucho más que eso, seguidores.
Conocidos, compañeros, amistades de amistades (de Julia).
—¿Dirías que son tus mejores amigos?
Un eco rasposo le hizo saber que Tirso había vuelto a ladear el e-book para asomarse por un lado.
—¿Supongo…? Tampoco tengo otros.
Julia rumió un poco más la respuesta antes de devolverle otra vez la mirada:
—¿Y no te gustaría tenerlos? Amigos con quienes compartas… ¿intereses? ¿O más aficiones?
Tirso frunció el ceño.
—Estoy bien así. Me ayudan a desconectar.
—Ya, pero tampoco te entienden, ¿no? Como cuando te desahogas conmigo, que en muchas ocasiones solo puedo escucharte y ya. No puedo ayudarte de verdad.
—Pero ambos tratamos con clientes —rebatió, algo tirante—. No necesito más. Ni de ellos, ni… Es lo mismo que tú con las Martas. Ninguna trabajáis en lo mismo, pero tampoco echas en falta más, ¿o sí?
—¡No, claro! Pero porque nosotras nos hicimos amigas por nuestros gustos en común, no por nuestros estudios.
El rostro de Tirso se endureció, sus ojos negros afilados como añicos de obsidiana.
—¿Y qué diferencia hay con lo mío?
—Hombre… —Julia se rio—. Nuestros gustos comunes son más…