12. D.E.P.
D.E.P.
Julia miró el portátil de Tirso.
El portátil de Tirso miró a Julia.
Manu suspiró por la gatocam.
— No te va a morder.
—Miau —secundó Muu.
Los fulminó a los dos con la mirada mientras se acercaba al regazo la mesita plegable donde Tirso trabajaba en sus «días placebo», como los llamaba.
En esos días, en lugar de acomodarse en el despacho, su novio se arrellanaba en el sofá y trataba de hacerle creer a su cerebro que estaban de ocio.
A Julia le parecía una técnica más Julia que Tirso, por eso de que no tenía mucho sentido, así que cada vez que volvía del Obramat y se lo encontraba en chándal de dormir (porque, sí, Tirso era de esa gente que se cambia de ropa para teletrabajar ), con la mantita sobre las piernas en invierno y el ventilador a tope en verano, el corazón le daba un vuelco vergonzosamente exagerado.
Eso lo primero. Luego dejaba la ternura de lado para pasar a la acción, pues sabía que Tirso no recurría a los días placebo salvo en épocas de estrés cuasi incapacitante o si:
1. El encargo estaba siendo más complicado de lo previsto.
2. El cliente no dejaba de pedir cambios porque en realidad no sabía lo que quería.
3. El cliente insistía en contactarle a deshoras con urgencias que no eran urgencias.
4. El cliente había resultado un maleducado, un sinvergüenza o un moroso.
5. Tocaba presentar la trimestral de autónomos.
6. Todas las anteriores a la vez.
Hoy había sido uno de esos días.
Sin embargo, contrario a lo habitual, nada más verla aparecer por la puerta Tirso se había puesto en pie con un suspiro de hastío y anunciado que necesitaba pegarle a algo o acabaría tirándose por el balcón.
Ahí Julia se había reído, aunque un poco desconcertada, y en lo que había tardado en darse cuenta de que lo anómalo era oírle una gracieta de humor negro Tirso ya se despedía de ella con un beso en la mejilla y su mochila del gym al hombro.
Uno, dos, tres segundos de silencio.
Y luego Julia había dicho al aire «¿Manu?», y Manu había respondido «Presente» a través de la gatocam al instante.
— Veeenga —le insistía en ese momento—, no vamos a vernos en otra así en la vida.
—Que sí —resopló ella, abriendo a regañadientes el portátil—. ¿Qué hago?
—¿Tiene contraseña?
Asintió, sabiendo que Manu la vería por la cámara. Este gruñó largamente, cacofonía espeluznante que hizo que Muu aplanara las orejas, en guardia.
— Lo que me temía. Vale, voy a probar con dos contraseñas que mi Tirso usaba en su día y, si no es ninguna de esas, tendrás que conectar tu portátil al suyo para que pueda yo instalar el decodif…
—¿Cuántos intentos tenemos?
— ¿Uh?
—Cuántos intentos antes de que el portátil se bloquee —aclaró Julia, aunque pensaba que había sido más que clara.
— Ah. Oh. Mmm, depende de qué configuración tenga puesta. De normal, cinco intentos fallidos son treinta segundos de bloqueo. Va subiendo el tiempo con cada error. —Otro gruñido—. Aunque, conociéndolo, Tirso habrá dispuesto que lo notifiquen al segundo int… Julia, ¿qué andas tecl…? ¡No!
Pero Julia tenía una corazonada (y no como la de la candidatura de Madrid a las Olimpiadas de 2016), así que ignoró la súplica de Manu y presionó Intro como si la contraseña le quemara en los dedos.
Windows le dio la bienvenida con su típico coro celestial y Manu calló ipso facto.
Conteniendo la sonrisa, Julia hizo contacto visual con la gatocam por encima del portátil.
Casi podía notar de forma física la mirada patidifusa que el oh gran entendido en ciberseguridad estaría dirigiéndole desde el otro lado.
De hecho, pondría la mano en el fuego porque los ruiditos estáticos del altavoz eran ni más ni menos que balbuceos.
— ¿Por qué no me habías dicho que te sabías la contraseña? —protestó finalmente Manu (y, sí, entre balbuceos).
—Porque no estaba segura. —Julia se encogió de hombros—. Solo me pareció verle teclear los dos últimos dígitos y quería probar suerte con el resto.
Tercer gruñido del día.
— ¡«Probar suerte»! —refunfuñó—. Estarás contenta. La suerte del principiante solo funciona una vez y la has desperdiciado en esta tontería. ¡Mujeres! ¡Si van a tener razón y todo los incels cuando dicen que sois demasiado emocionales para trastear con ordenadores!
—Tú querías probar dos contraseñas de hace ocho años, Manu.
Cuarto gruñido.
— Minucias. Va, dime la contraseña por si la necesito más adelante.
Esta vez, Julia desvió la vista, confiando en que la inexistente calidad de vídeo de la gatocam escondiera el bochorno que le coloreaba las mejillas.
—Prefiero guardármela hasta llegado el caso.
— ¿En serio?
Asintió.
Manu, para su sorpresa, no insistió. Debía de haber leído en el tono de su voz que no merecía la pena perder tiempo intentando convencerla. O quizá, de alguna manera, la entendía.
— De acuerdo. A ello, entonces. Pulsa el icono de Windows y luego la ruedita de Configuración. Cuando se te abra el menú, pon «escritorio remoto» en la barra de búsqueda. Avisa cuando estés.
Ella siguió sus instrucciones diligentemente, sin problemas ni dudas, todo gracias a que Manu las exponía de forma precisa y paciente, con los espaciados exactos entre una y otra indicación como si ya tuviera acceso a su pantalla o, todavía más perturbador (o confortador), como si pudiera ver a través de sus ojos.
Un escalofrío le bajó escalón a escalón por la columna al comprender hasta qué punto estaba Manu familiarizado con aquel baile de órdenes y clics.
¿Cuántas veces habría ejecutado la misma coreografía, a cuántos compinches habría guiado a través del escenario intangible que eran las redes, cuántas obras habría interpretado desde que aprendiera los pasos?
No había caído en ello hasta entonces.
En que Manu también era peligroso.
Que lo había sido siempre, antes incluso de que ella irrumpiera en su vida pidiendo auxilio, de que ella le suplicara que jugara a cazar al cazador, de que ella le abriera las puertas a la intimidad de Tirso.
Unas puertas que Tirso ya le había cerrado una vez.
¿Y si se había equivocado? ¿Y si Manu nunca había querido ayudarla, sino usarla? ¿Encarrilarla muy poco a poco hasta allí, con artificios y arrullos, para después cobrarse su venganza nada más cruzar el umbral?
Demasiado tarde.
— Buen trabajo —pio Manu, meneando el cursor a su antojo ante la horrorizada mirada de Julia—.
Mira qué limpito tiene el escritorio. Otra fachada, seguro, el Tirso que yo conozco tendría mil accesos directos en…
Yep, lo que suponía. Este portátil es un puente.
Veamos en cuál de todas estas carpetitas tiene escondido el acceso al servidor…
Uy. Julia, coño, qué susto. Suelta el ratón, anda, que estás moviéndome…
¿Julia? —No contestó—. Julia, ¿qué haces?
Pero nunca llegaría a saber la respuesta, porque entonces Tirso volvió a casa.
Podría haber salido fatal. Julia podría haber reaccionado cerrando el portátil de un manotazo, Manu podría haber soltado uno de sus grititos a través de la gatocam, o podrían haberse puesto los dos a clicar como locos para cortar conexiones.
Podría haber salido fatal y, sin embargo, salió bien. Mejor que bien.
Por su parte, Julia simplemente se giró con una sonrisita divertida hacia su novio, asegurándose de tener la primera palabra:
—Anda, ¿ya de vuelta? ¿Con quién te has pegado, con el portero?
Tirso permaneció inmóvil durante un instante allí, bajo el umbral, evaluando la situación sin siquiera sacar las llaves de la cerradura. Luego rio entre dientes y se estiró para coger algo del cuenco del recibidor.
—No —respondió, con una sonrisa muy similar a la suya—. Con las prisas me había olvidado la cartera.
—Importante.
Por el rabillo del ojo, Julia vio que Manu abría Google antes de desactivar el escritorio remoto, pero ella se cuidó de no salirse del papel, tan acostumbrada ya a aquella segunda piel suya que hasta consiguió ruborizarse cuando Tirso enarcó elocuentemente una ceja en dirección al portátil en su regazo.
—¡Perdóóón! —casi gimoteó, girando la pantalla para enseñarle la inocentísima pestaña del buscador—. Es que quería mirar una cosa y no me apetecía levantarme a por el mío. ¡Te juro que no estaba fisgoneando!
Su confiado, complaciente y perfecto novio volvió a reírse por lo bajo.
—No pasa nada, puedes cogerlo cuando quieras. Todo lo mío es tuyo.
Que conste en acta que ahí a Julia solo se le aceleró el corazón por los nervios, ¿eh? Por nada más. Nada de nada. Cero. La Julia de mentira estaba a prueba de romanticonerías.
—Por si acaso —carraspeó igualmente, incapaz de sostenerle la mirada por más tiempo.
—Tranquila, si el que tendría que ponerse rojo soy yo. ¿Desde cuándo te sabes mi contraseña?
La carcajada que se le escapó fue mitad histérica mitad pasmada, pero 100% genuina.
—¿Qué dices de contraseña? —chirrió Julia—. ¡Si te lo has dejado abierto! Hay que ver cómo están las cabezas…
Tirso ladeó la cabeza, un tanto ceñudo. Parecía pensativo, como si… como si de verdad estuviera considerando haberse dejado el portátil abierto de par en par en pleno salón. Una vez más, Julia no supo cómo sentirse. ¿Orgullosa de sus dotes de actuación? ¿Culpable por abusar de su confianza?
—Pues sí —respondió al final Tirso, con un encogimiento de hombros—. Imagínate cómo me tendrá este cliente para provocarme pérdidas de memoria a corto plazo.
—Mmm, ¿y crees que es seguro que cojas el coche? A ver si se te va a olvidar dónde está el freno.
—Mientras no se me olvide lo importante…
Ah, nonono. Julia señaló la puerta a toda prisa, recta militar:
—Quieto ahí. Ya has gastado tu cuota diaria de piropos. ¡Desfila!
—Sí, señor —rio él. Tan, tan blando—. Volveré para la cena.
—¿Lo llevas todo?
—Esta vez sí.
—Pues hasta luego, amor.
—Adiós, bombón.
Oh, no.
Julia gimió antes incluso de que Tirso cerrara la puerta tras él, sabiendo lo que se la venía encima. Se tapó la cara con las manos, se encogió sobre sí misma, cerró los ojos con fuerza, apretó los dientes y… tres, dos, uno…
— ¿¡BOMBÓÓÓÓÓÓN!?