11. El quid de la cuestión
El quid de la cuestión
Muy, muy poco a poco, una nueva versión de Julia iba creciendo dentro de ella.
No era como las otras, más parecidas a las distintas caras de un poliedro (siempre parte de un todo), sino una suerte de capa, de segunda piel, que la cubría por entero y que solo podía desvestirse estando con Muu, con Manu o a solas.
Al principio la había sentido pegajosa, casi asfixiante, un recordatorio constante de que aquella Julia que dormía abrazada a Tirso, que le sonreía y le besaba, que salía con sus amigas como si nada pasara y que felicitaba el cumpleaños a su hermana un año más no era la verdadera Julia.
Y nadie había notado la diferencia.
Eso también la había angustiado, aquellos primeros días, semanas, aun siendo consciente de que tampoco tenía otra opción: si quería llegar hasta el fondo del asunto, si quería mantenerse a salvo a sí misma y a Manu, debía autoconvencerse de que la Julia de mentira era la Julia de verdad.
Ahora, para ser sincera, le costaba poco meterse en el papel.
La rutina había reblandecido los bordes entre una y otra, como un par de zapatos que por fin se amoldan al pie, y aunque Julia seguía prefiriendo andar descalza jamás saldría siquiera en calcetines a la calle.
Por si las moscas (las moscas del cadáver que no quería ser).
—¿Cómo vamos de papel?
Tardó en darse cuenta de que Tirso le hablaba a ella.
A veces, cuando hacían compra grande juntos, él murmuraba para sí mientras recorrían los pasillos, repitiendo distraídamente el siguiente artículo de la lista.
Julia siempre lo seguía en piloto automático, medio derretida sobre el carrito de turno.
—¿De váter o de cocina?
—Cocina. No está apuntado, pero…
—A ver —razonó ella, aunque arrastrando las palabras tanto como los pies—. Hombre prevenido vale por dos.
— True —concedió él, echando el rollo de cocina al carro, y añadió, con una sonrisa—: Mejor prevenir que curar.
«San Julián, guarda vino y guarda pan», podría haber continuado Julia, pero aquella tarde-noche (tarde porque aún era de día; noche porque ya era hora de cenar) se contentó con disfrutar de la familiaridad de la escena, de la intimidad de una vida compartida.
Tirso murmurando «pesto, pesto, pesto» hasta encontrarlo, Tirso cogiendo palomitas de mantequilla porque ella odiaba las de sal y a él le daba igual, Tirso comparando fechas de caducidad…
Era inevitable preguntárselo, ¿no?
Preguntarse cuál de los dos Tirsos quedaba cuando bajaba la guardia.
Cuando estaba inmerso en una película o libro, cuando canturreaba canciones en el coche, cuando nadie miraba, ¿quién era, qué era?
¿Cuánto espacio ocupaba el presunto asesino en aquel cuerpo y cuánto su media naranja?
¿Se turnaban, se mezclaban? ¿O se vestía Tirso cada día una segunda piel que al principio le asfixiaba y ahora le sentaba como anillo al dedo?
Y, en tal caso, ¿cuál de ellas era la segunda piel y cuál la auténtica?
¿Importaba acaso?
No, suponía que no.
Fuera quien fuese mientras «leche, leche, leche», no cambiaba el quid de la cuestión.
Y es que ni Tirso ya nunca sería solo Tirso ni Julia ya nunca sería solo Julia.