10. Estamos bien #3
—¡No lo decía así! —barbotó a toda prisa, roja de golpe—.
De verdad me sentiría responsable. No estarías metido en esto de no ser por mí.
Y… es cierto que a veces se me olvida que corres el mismo peligro solo porque no vives con él, a lo mejor porque sé que eres buenísimo en lo tuyo, pero quiero que sepas que soy consciente.
De todo. De…, sí, de todo. Perdona, no puedo ser más explícita por teléfono.
De hecho no debería estar diciendo nada de esto por teléfono.
¿Seguro que no puede interceptar estas llamadas?
Para su sorpresa, Manu volvió a tomarse su tiempo en contestar. Y con carraspeo incluido, además:
—Segurísimo. Testado por la CIA, ya sabes.
—Uy, hemos subido de nivel. Antes era por el CNI.
—Es que no me gusta presumir.
—Ya, será eso —rio Julia—. Bueno. Si has terminado de regañarme, voy a ir colgando, que estoy en el trabajo.
—Deberías buscarte algo en remoto.
—Eso dice Tirso.
—Lo suponía. Venga, corre a ganarte el sueldo.
—Chao.
— Salut.
Huelga decir que lo primero que hizo Julia nada más colgar fue comprobar el correo.
Nada. Estaba siendo un día de lo más tranquilito y, por tanto, de lo más aburrido.
Lo cual significaba que no tenía excusa ninguna para seguir ignorando la mirada inquisidora de Yolina, clavada como hierro al rojo en ella.
Lo intentó igualmente, que conste, pero solo consiguió rascar medio minuto de silencio. Luego Yolina dijo:
—Miau. Aquí hay donde rascar.
«Allá vamos», pensó, mientras se giraba hacia su compañera. Se la encontró esperándola con una sonrisa enorme, petulante, y una ceja enarcada.
—¿Qué pasa?
—¿A mí? A mí nada —sorteó el esquinazo Yolina sin despeinarse—, eres tú la que anda de cuchicheos con un tal Manu.
Julia la fulminó con los ojos.
—Con ese oído no sé cómo no te ponen de segurata.
Ella solo soltó una risotada y arremetió de nuevo:
—Es el adicto a LinkedIn, ¿no? Al que tu novio le levantó la novia. Justicia poética, si me preguntan.
—¿Qué? No, ¿qué? ¿Justicia poética el qué?
—Que ahora se la levante a él.
—¡NO! —prácticamente aulló Julia, estresadísima de cero a cien en un segundo—. ¡Aquí ninguno le levanta nada al otro! —Por alguna razón, Yolina se rio aún más fuerte—. ¡Ni ahora ni antes! Manu y yo somos amigos, sin más.
Espera, ¿lo eran? ¿Podían considerarse amigos? La forma en la que Yolina alzó las cejas hablaba por sí misma. Mierda. Julia quería excavar un agujero en el suelo con el taladro megarrebajado del pasillo 13 y no volver a asomar el hocico en mil años.
—Amigos —repitió, saboreando la palabra, la muy desgraciada—. ¿Y Tirso qué opina?
Ahí Julia tenía dos opciones: mentir y arriesgarse a que Tirso un día se pasara por allí y la bocazas de su compañera le soltara algo de Manu…
o, como siempre con Yolina, darle una parte de verdad para comprar su silencio.
Sobre todo por si a Manu se le ocurría volver a visitarla.
Aunque Yolina no lo había reconocido cuando le atendió para extenderle la garantía.
Solo había hecho la conexión entre el nombre y Julia chismorreando al teléfono en susurros.
—No lo sabe —reconoció ella al fin—. Manu me está ayudando a ver si…, ya sabes. Es hacker.
Las cejas de Yolina ya casi rozaban el nacimiento de su pelo.
—¿Y al Manu qué le importa si Tirso te pone los cuernos?
Vale, ahora sí que no le había dejado otra que mentir:
—Hombre, para eso le pago.
Jaque mate, cotilla. Pocas veces había sentido Julia tanta satisfacción por dejar sin habla a alguien.
Si hasta se le había quedado la boca medio abierta, petrificada en un ictus de bobalicona estupefacción.
Lamentablemente, Julia no podía reírse. A ella se le quedaría la misma cara cuando Tirso por fin hincara la rodilla, lo supiera o no de antes.
—¡Qué tía! —barbotó al final Yolina, encantada—. Con detective privado y todo… ¡Y parecías una mosquita muerta!
Ya. Ya sabía que lo parecía. Y, hasta el 14 de febrero, tampoco había tenido necesidad de serlo. Suspiró.
—No me enorgullece.
—Ay, mi Julieta. —Yolina se impulsó en su silla giratoria hasta ella para darle un apretoncito en el brazo—. Tú confía. Mira, a ti que te gustan los refranes: «se pilla antes a un mentiroso que a un cojo», ¿no? Pues si a estas alturas ni un hacker le ha pillado nada es que no hay nada que pillar.
Julia hizo un puchero, dividida entre guiarse por la sabiduría del refranero español o seguir en sus trece.
Luego cayó en que había vuelto a dejarse consolar por una veinteañera y se enderezó ipso facto, tratando de transmitirle la entereza y el aplomo correspondientes a un adulto hecho y derecho.
Justo lo que era. La mayoría del tiempo.
Por suerte o por desgracia, Yolina se tomó el cambio como una señal de que la sesión de llorería había concluido, y rodó de vuelta a su ordenador toda ufana, lista para retomar la telenovela dosmilera de chorrocientos episodios que se tragaba en los ratos muertos.
Y, por primera vez, Julia siguió su ejemplo: estaba a tres regaderas y dos piñas de desbloquear la huerta mediterránea.