El novio ideal 10. Estamos bien
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10. Estamos bien

Estamos bien

Era curioso lo mucho que una simple bolsa de plástico podía decir de su relación.

Casi le molestaba más que el propio cadáver del maletero.

A fin de cuentas, el cadáver solo hablaba de las acciones de Tirso, no de sus sentimientos.

Hubiera matado a una única persona o a cincuenta; tuviera preferencia por cargarse a hombres o a mujeres; tuviera motivos para asesinar o no, nada de eso entraba en conflicto con su vida amorosa.

Vamos, que salvo que Tirso fuera literalmente un psicópata, podía ser un asesino y además estar enamorado de su novia sin problemas.

Pero la cosa cambiaba cuando se añadía a la ecuación una bolsa de plástico con el logo de la empresa donde trabajaba dicha novia.

Una bolsa de plástico del Obramat, tres artículos más o menos incriminatorios del Obramat y un llavero de empleados del Obramat.

Entonces ya una empezaba a darle vueltas al asunto.

Sobre todo teniendo en cuenta que Tirso le había pedido consejo sobre disolventes a uno de sus compañeros de trabajo.

Sobre todo teniendo en cuenta que Tirso aparecía hasta en cinco ocasiones en las cámaras de servicio de distintos Obramats enseñando con total disimulo al currito de turno sus llaves del coche, donde pendía el llavero de empleado de Julia.

Si ya era bastante malo sospechar que tu novio podría ser un asesino, sospechar que encima podría haberte utilizado para no suscitar recelos mientras compraba químicos industriales a granel era directamente apocalíptico.

«Y no la querría de otra manera», le había rebatido Tirso a su madre durante aquel accidentado vermut.

Pues claro que no la querría de otra manera. Claro que no le importaba si Julia se pasaba el resto de sus días cobrando tornillos. Es más, a él le interesaba que siguiera haciéndolo, ¿verdad? La única Julia que le interesaba era la Julia de Obramat.

¡Si hasta se habían conocido allí! ¿¡Cómo podía haber sido tan tonta!?

Llevaba tres años en una relación de conveniencia y acababa de enterarse.

¿En qué la convertía eso? ¿En cómplice, en víctima?

¿O solo en payasa? Si es que su madre tenía razón, siempre había tenido razón.

No estaba a la altura. Tirso no la quería ni por guapa ni por lista ni por amor; la quería por utilidad.

Siendo aquí «querer» sinónimo de «tolerar», claro.

Podría haberle bastado cualquier otra cajera de cualquier otro Obramat, pero Julia debía de haber cumplido los requisitos del papel.

¿Cuáles serían? Estar soltera, conformarse con poco, tener un físico promedio para que las comparaciones entre uno y otra no fueran atroces, baja dependencia o necesidad de atención, una red de apoyo sólida (amigas que la sacaran de casa, padres que lo acogieran de buena gana), cero propensión a interrogarle sobre asuntos delicados como sueldo, familia, trasfondo…

Se le ocurrían miles de variantes, y todas ellas encajaban con su perfil.

Por eso nunca habían discutido, ¿no?

No porque fueran almas gemelas, sino porque a Tirso le venía mejor tenerla contenta.

Y por eso… por eso nunca se la había llevado a visitar la tumba de sus padres.

No era su lugar. Ahí ponía Tirso la raya, en el único momento del año donde podía ser abiertamente Tirso, el de verdad.

De alguna manera retorcida, Julia lo entendía.

Ella tampoco querría insultar la memoria de sus padres presentándose allí con una novia falsa.

Aunque al final Tirso le había dicho de acompañarlo a la próxima, a Julia la promesa le sa­bía ácida en la boca.

¿Se habría dado cuenta de que no podía seguir posponiéndolo?

¿Que más tarde o más temprano tendría que compartir aquel último remanso identitario con ella?

—¿Julia?

Pestañeó. La mano de Tirso en su muslo, el bol de palomitas en su regazo, Muu sobada al otro lado. De la película que habían puesto esa noche no recordaba ni los títulos de crédito.

—¿Hm? —ofreció sin más; la opción menos delatora.

Tirso ladeó la cabeza con una media sonrisilla no muy convincente.

—Llevas un rato sin parpadear. ¿Todo bien?

Todo mal, más bien. Pero bueno.

—Sí, sí —se apresuró a responder, rehuyéndole la mirada todo lo disimuladamente posible—. Me he quedado… las musarañas…

—Ya lo veo, ya —rio él—. ¿Eran musarañas muy feas? Tienes mala cara.

—Feísimas —tuvo que admitir, casi refunfuñando. Las peores musarañas del mundo.

Con un suspiro más divertido que hastiado, Tirso desterró el bol de palomitas a la mesa para luego colocarse las piernas de Julia sobre el regazo.

Por supuesto, Muu se desveló con la pérdida de almohada humana, pero no tardó en treparla de nuevo, enroscándose en el centro mismo de su tripa.

Irresistible a sus encantos, Julia terminó rascándole la cabecita, y Tirso tampoco tardó en unírsele.

—¿Qué pasa? —le preguntó tras unos segundos de cortesía.

Julia se encogió de hombros.

—No es que haya pasado nada, no sé. Solo estaba… dándole vueltas a ciertos temas que no logro sacarme de la cabeza.

—¿Como por ejemplo…?

El ambiguo «mñé» con el que intentó explicarse, acompañado del aún más ambiguo gesto de mano señalando quizá sí quizá no hacia la tele tuvo a Tirso frunciendo labios y ceño por igual, perdidísimo.

En la pantalla, Reese Witherspoon (perdón, Elle Woods) se dejaba la piel en sus exámenes de Derecho de Harvard.

—Ah —dijo entonces, repentinamente serio—. Tu madre.

Y acto seguido se inclinó para darle un beso en la rodilla, como el que se le da a un niño para que deje de lagrimotear por un raspón.

A Julia el corazón le pegó un vuelco al tiempo que su estómago se encogía en un puño muy prieto, dos reacciones tan opuestas como los dos Tirsos que coexistían en su imaginario personal.

—Lo siento si te sentiste presionada la otra noche —continuó él, mirándola directo a los ojos—. No estuve muy fino. Parecía que estaba intentando hacerte una encerrona para que admitieras que no querías opositar.

Ella enarcó una ceja.

—¿Y no lo era?

—No en ese sentido. —Tirso cabeceó, su ademán insignia de las conversaciones críticas—.

Lo que quería era quitarte un peso de encima.

Si conseguía que lo admitieras, entonces pasaría a preguntarte cuáles de las otras expectativas de tu madre para ti coincidían con las tuyas propias, y podríamos analizarlas una por una hasta descartarlas todas o dar con alguna que te hiciera sentir mejor.

Uno, dos, tres segundos de silencio. No sabía cómo sentirse. Quizá notándolo, Tirso comenzó a acariciarle la pierna arriba y abajo, sin prisa por volver a la peli que seguía adelante sin ellos. Muu bostezó.

—¿De verdad no te importaría que dejara el Obramat?

Porque ahí Julia perdería todo su valor para él, ¿no?

Seguro que el tío se buscaría las mañas para convencerla de que a ella le gustaba el Obramat.

No la rutina, ni los compañeros, ni la responsabilidad sin urgencias ni agobios, ni resolver problemas; sino el Obramat en sí.

La Empresa™. Con razón su primer rifirrafe de pareja había sido por las opos, ahora que lo pensaba.

Con razón había vuelto a sacarle el tema. Necesitaba convencerla de quedars…

Pero Tirso se rio. Tirso se rio y dijo:

—¿Por qué suenas como si me llevara comisión por tu trabajo? —Volvió a reírse. Ahí estaba su hoyuelito otra vez—. Ni siquiera te pagan tan bien.

—Ah, pero ¡tengo seguro privado!

—No, tienes medio seguro privado.

—¡Y retribución flexible!

—Que siempre se te olvida canjear.

—¡Y diez por ciento de descuento en especie! ¡Y libro en mi cumpleaños!

—Julia, deja de intentar reclutarme; no va a colar.

Uy, ¿había acabado Tirso haciéndole psicología inversa? ¿O es que…?

—Perderíamos todo eso si me voy.

—Perderías —corrigió él—. Es tuyo. Y da igual. El único adicto al Obramat es tu padre, que puede permitirse prescindir del descuento, y si te vas librarías todos los días, sea tu cumple o no.

Otro silencio. Julia se lo quedó mirando, incapaz de reconocer al Tirso del garaje, de las cámaras de servicio de cinco Obramats distintos, en aquel hombre arrinconado en una esquinita del sofá pese a su tamaño por una loca y una gata.

No parecía peligroso. No parecía falso. Parecía el mismo Tirso de siempre. Su Tirso.

—Cualquiera diría que quieres que dimita.

—Cualquiera no. Lo digo yo: por favor, dimite.

—Y mientras lo decía se cernió sobre ella, confinándola bajo la cúpula de su cuerpo—.

Seguro que hay alguna oficina mucho más cerca que busque secretaria.

O incluso en la que puedas teletrabajar la mayoría del tiempo, como yo.

¿No te gustaría trabajar con Muu encima?

Julia no pudo más que suspirar soñadoramente, imaginándose la vida sin tápers, sin hora de metro, sin clientes gritones… Solo su pijama, su portátil y su gata.

—Me encantaría.

—Pues ya somos dos.

Como para cerrar el trato, Tirso bajó a darle un beso tan fugaz que ni siquiera tuvo tiempo de devolvérselo.

Muu protestó, hecha un sándwich de gato entre ambos.

Ellos rieron por lo bajini, pero al separarse Tirso no volvió a su sitio, sino que se quedó ahí, mirándola desde arriba.

Ya no sonreía. Julia aguantó el obvio escrutinio como una campeona, sin mover ni un músculo.

—Sé que hay algo más —le susurró al final, de pronto grave—, pero también sé cuánto te cuesta tratar según qué cosas, así que no voy a intentar sonsacártelo. Tan solo espero que sepas que, sea lo que sea, puedes hablarlo conmigo. Todo se soluciona más fácil entre dos.

Asintió. ¿Qué otra cosa iba a hacer? Pero Tirso frunció el ceño igual, como si… como si no las tuviera todas contigo. Como si tuviera las de perder.

—Solo sácame de dudas, ¿vale? ¿Estamos bien? ¿Tú y yo?

Ay, no.

—Claro —respondió Julia a toda prisa, pálida—. Claro, Tirso. Estamos bien. Estamos genial.

Él suspiró, visiblemente aliviado.

—Vale —repitió, y volvió a inclinarse para besarla, esta vez en la frente—. Genial, vale. Pues lo dicho. Cuando quieras, aquí estoy. No hay prisa.