9. Algo comprometedor #3
—Perfecto, ya puede pasarla por el datáfono.
—Gracias.
Tardaron bastante en volver a dirigirse la palabra, sentados frente a frente en la mesa más remota de un Burger King aleatorio.
El viaje de regreso no había sido ni la mitad de ameno que el de ida, quizá porque en esta ocasión el Caribe Mix había saltado automáticamente, confiriéndole a la escena cierto toque rocambolesco que los petrificó en el sitio.
No había sido hasta divisar las primeras señalizaciones de un centro comercial cercano que Julia despertó del trance y le pidió que tomara el desvío.
«Ve al Burger —le había dicho—. Siempre que salgo con Yoli acabamos ahí.
Y pago yo. Ella la merienda, yo la cena».
Manu no había contestado, solo asentido y cumplido.
Ya no tenía sentido preguntar si sospechaba que Tirso vigilaba sus movimientos bancarios.
Lo hiciera o no; toda precaución era poca.
—Bueno —suspiró Manu finalmente, una vez que terminaron sus hamburguesas—. ¿Qué pensamos, chat?
Julia se encogió de hombros, forzándose a echarle kétchup a unas patatas que ni le apetecían. Por motivos obvios, tenía el estómago cerrado.
—Que está bastante claro, eso pienso.
Él cabeceó, meditabundo. Se había cruzado de brazos, y mecía su vaso de cartón en círculos como haría con una copa de coñac.
—Estoy de acuerdo, pero eso no nos sirve de nada.
—Arrugó la nariz—. Nada de lo que tenemos nos sirve de nada.
Las pruebas del delito, si es que ocurrió, se han perdido.
Es irrastreable. El Focus está en el desguace, no hay registro de que saliera del IFEMA en todo el día y tres botellas en un descampado perdido de la mano de Dios no ayudan mucho.
Ni siquiera sabemos si son suyas, lo hemos asumido porque pasó cerca de allí, porque trabajas en el Obramat y porque sabemos la receta del cloroformo.
—Cloretona —corrigió Julia.
—¿Cómo?
—Cloretona —repitió, ahora señalando su móvil con una patata a medio morder—. Google dice que si mezclas cloroformo con sosa cáustica y más acetona sale eso.
—¿Que es…?
—Mmm. Cloroformo con efecto inmediato, en resumen. Eso debería bastar para abrir una investigación, ¿no? Sus huellas estarán en las garrafas.
—¿Ves a Tirso manipulando químicos nocivos potencialmente acusatorios sin guantes?
Ni se dignó a contestar. Ambos sabían la respuesta.
Por alguna razón, Manu suavizó el gesto cuando se acodó sobre la mesa para hablarle de más cerca. Julia agachó la cabeza, incapaz de sostenerle la mirada. Sabía lo que iba a decir incluso antes de oírlo:
—Sería tu palabra contra la suya, Julia. No hay cadáver, no hay arma homicida, no hay móvil… No hay nada. Incluso si sacáramos a colación lo del otro coche, e incluso si estuviera a su nombre, podría excusarlo con que lo coge para irse de putas de vez en cuando.
—Tirso jamás h…
—Lo sé —la cortó, inclinándose para buscar sus ojos con los suyos—.
Lo sé. Pero la verdad no es suficiente cuando la mentira es más plausible.
Lo único que podemos hacer es seguir vigilándolo.
Si pasa algo más —«si vuelve a matar», quería decir—, nos pillará preparados.
Para recabar pruebas, para intervenir, para lo que consideremos.
Si no pasa nada más…, pues tendremos que plantearnos que o fue un malentendido o fue una cosa puntual.
Durante unos segundos, Manu lo dejó ahí, esperando quizá a que Julia diera señales de haber entendido las implicaciones de aquel «plantearnos».
Pero que Julia lo hubiera entendido no significaba que estuviera de acuerdo.
Ya había intentado olvidar el cadáver de San Valentín una vez y mira qué bien le había ido.
Y, sin embargo…
—¿Te parece? —tanteó Manu, muy bajito, como un secreto, o una promesa—.
Solo tienes que seguir haciendo vida normal, hasta ahora lo has hecho genial.
Y yo seguiré atento, e investigando, que lo de hoy descarta algunas de mis teorías pero apoya otras.
Todo cuenta; de verdad que sí. —Tamborileó con los dedos sobre la mesa, muy cerca de los suyos.
A Julia le dio la sensación de que estaba conteniendo el impulso de cogerle la mano—.
Seguro que pinta mucho peor de lo que es.
Le pilló tan de sorpresa que no pudo más que asentir. No el empujoncito de ánimo que Manu pretendía darle con sus palabras, sino lo que asomaba debajo, enmascarado de camaradería.
Esperanza.
Manu confiaba genuinamente en que todo iba a salir bien.
En que todo tendría una explicación satisfactoria, en que Tirso resultaría inocente o, como máximo, una víctima de las circunstancias.
Un verdugo involuntario. Qué iluso. Qué envidia.
Qué no daría ella por conservar aunque fuese medio gramo de fe.
Por volver a casa y acurrucarse entre los brazos del hombre de su vida convencida de que, hubiera hecho lo que hubiera hecho, estaría justificado.
Pero, por desgracia, para Julia no había matices, y por una sencilla razón:
Nadie usaría cloretona en defensa propia.