9. Algo comprometedor #2
Y, para ilustrarlo, empujó el somier con el pie, que chirrió como alma en pena mientras cedía hacia dentro. Luego se volvió hacia ella, expectante.
—Ni se te ocurra tocarlo con la mano —fue todo cuanto le dijo Julia.
—No soy tan tonto como para dejarle mis huellas dactilares en la puerta —resopló él, aunque sonaba divertido.
—Ah, no, yo lo decía por el tétanos.
Ahora sí, Manu rio en voz alta. Bajo aquella luz, su pelo compartía color con el secano en rededor, y el blanco nuclear de su camiseta se le quedaba grabado en las retinas a cada parpadeo.
Las cigarras cercanas callaron unos segundos, alarmadas por el ruido, pero pronto retomaron el concierto.
Mmm. La verdad, Julia no recordaba la última vez que había visitado el campo.
Ni siquiera sabía ya si le gustaba o si lo detestaba.
Quizá una mezcla de ambas, o ninguna de las dos.
Aunque un solar reseco tampoco era el mejor lugar para averiguarlo.
Sin necesidad de acordarlo, ambos franquearon los somieres y batieron el terreno pasito a pasito, cada uno por su lado, buscando algún indicio de actividad sospechosa.
Parches de tierra removida, palas, azadones, sacos; lo típico.
No debería de haber nada de eso, ya que estaba claro que poca siembra había visto aquella finca (si es que la habían sembrado alguna vez), y de hecho nada encontraron.
Allí solo había matojos, ortigas y bichos. Muchísimos bichos.
—¿Y si viene y nos pilla husmeando?
Manu respondió desde el otro extremo:
—Ya sería mala suerte. No ha pasado por aquí en meses.
—Que sepamos.
—Nah. No encontré ningún agujero negro en las cámaras de la zona, y esta última vez lo pillé antes de que pudiera toquetear nada.
—Vale, pero ¿y si cuando venga ve todo esto pisoteado y empieza a investigar?
—Nah —repitió Manu en el mismo tono despreocupado—. Dan lluvias para el finde. El agua borrará nuestras huellas.
Hubo algo justo en la inflexión de su voz que la tuvo girándose a mirarlo.
Juraría haberle notado cierto regusto… ¿ácido?
¿Amargo? Lo estudió largamente mientras él ahuyentaba sin éxito a un abejorro que parecía haber cogido fijación por su camiseta.
Sin embargo, Manu debió de sentirse observado, pues enseguida le devolvió la mirada.
—¿Qué pasa?
—Has pensado en todo, ¿eh? Hasta en las lluvias.
Incluso a esa distancia fue capaz de verlo fruncir el ceño.
—Es Tirso —respondió tras unos segundos—. «Todo» nunca es suficiente con él.
Julia asintió. No quería insistir. En su lugar, lo señaló con la barbilla y dijo:
—Por ahí ya he mirado yo. ¿Nada?
—Nada. —Manu suspiró—. Pensaba que como mínimo encontraríamos un pozo para el riego, aunque fuera tapiado, pero… En fin, vente a que nos pongamos con el plato fuerte mientras todavía haya sol.
No se le ocurrió ninguna excusa para seguir posponiéndolo, así que no le quedó otra que arrastrar los pies hacia los dos únicos puntos de interés del cercado.
Del olivo no había mucho que contar. Ni siquiera en plena primavera levantaba cabeza, todo polvoriento y carcomido, casi fosilizado.
Si estaba vivo, lo disimulaba muy bien, pero si estaba muerto también.
Sus raíces asomaban de la tierra como dedos de anciano, sus ramas caían mustias, desnudas.
A Julia le dieron ganas de regarlo. Daba pena verlo.
Pero al menos no daba asco, como el coche.
Manu se detuvo junto a ella al llegar a su altura, contemplando también aquel amasijo de hierros herrumbrosos que alguna vez tuvo cuatro ruedas y un motor.
Quizá tampoco sabía por dónde empezar. O quizá ni se atrevía.
Normal. Julia no quería ni pensar en la clase de fauna que debía de proliferar ahí dentro, pero como la aprensión la estaba matando hizo de tripas corazón y fue ella quien abrió de un tirón el maletero.
Silencio.
—Qué bajona —resolló Manu a su espalda, más desfallecido que jocoso.
Julia lo miró por encima del hombro:
—¿Preferirías haberte encontrado un fiambre?
—¿Esperabas tú encontrarte un fiambre? Lo habríamos olido a kilómetros.
—Puaj, Manu.
—¡Es la verdad!
Le dedicó un resoplido por toda respuesta mientras trataba de recuperar el control de su respiración.
«La bajona», como bien la había descrito Manu, le picoteaba en los dedos, las mejillas, el cuello; un efecto secundario de la adrenalina abandonando su cuerpo.
Adrenalina que había generado para nada, por cierto, porque en aquel maletero no había más que roña.
Y ni siquiera mucha, teniendo en cuenta el estado de la carrocería.
¿Cuánto llevaría ahí tirado? ¿Una década, dos?
Los ángulos de su silueta gritaban años setenta, aunque no sabría determinar el fabricante: tanto la insignia del morro como la del trasero habían desaparecido, y del nombre del modelo solo quedaba un mísero cero (¿o era una O?).
Mientras ella tanteaba el maletero para ver si escondía un doble fondo, Manu fue abriendo las puertas para inspeccionar el interior.
La guantera, los bolsillos laterales, el estuche entre asientos…
Julia se le unió poco después, revisando por su parte los respaldos delanteros y las junturas entre los traseros.
Por favor, por favor, por favor, que no le saltara encima ninguna araña o montaría la de Dios es Cristo y adiós a dejarlo todo tal cual estaba.
Aunque tenía más pinta de ir a pillar pulgas. O garrapatas. O la rabia. O…
—Siempre he querido una de estas —dijo entonces Manu desde delante, mirando a saber qué con ojos blandos, casi soñadores.
Julia se enderezó, incrédula.
—¿Una qué?
—Una funda de cuentas de maderita —explicó, levantando una de las esquinas para enseñársela por el hueco entre asientos—. De peque me parecían la mar de elegantes.
—A ti y al ochenta por ciento de la población taxista de Madrid.
Él se rio.
—A lo mejor tengo alma de taxista.
—Pues nada, llévatela. Es el accesorio perfecto para tu Ibiza.
—Cállate.
—Has empezado tú.
—No, yo te he abierto mi corazón y tú a cambio… Uy.
—¿Uy?
Pero Manu ya no contestó, concentradísimo en algo que Julia no alcanzaba a ver desde atrás.
Al menos hasta que tiró del asiento del copiloto para echarlo hacia delante, revelando una bolsa de plástico justo debajo.
Una bolsa de plástico ni de lejos tan vieja como el coche pero tampoco nueva, con las asas prácticamente intactas y un logo definitivamente intacto.
El logo del Obramat.
Sintió que todo su mundo zozobraba como un barco inmenso, haciéndole perder el equilibrio.
Se agarró con fuerza a los reposacabezas de ambos lados como si así pudiera mantenerse a flote, como si así pudiera protegerse de la imagen de Manu extrayendo de la bolsa dos garrafas; una de acetona y otra de lejía.
Ambas industriales, ambas desprecintadas.
Suponía que eso respondía a su pregunta.
Ahí había ido a parar el cóctel para cloroformo con el que Tirso se la había camelado un sábado 14. No el mismo, se imaginaba, porque de aquello habían pasado ya tres años, pero ojalá el mismo.
Se quedó mirando muy quieta la pareja de garrafas, repugnada por la familiaridad de sus colores, sus etiquetas.
Había cobrado cientos, miles de ellas en su etapa de cajera.
Juntas o por separado, igual daba, a esas alturas medio planeta sabía que el cloroformo inhalado tardaba bastante más en tumbar a alguien de lo que Hollywood les había hecho creer.
Cinco minutazos enteros, ¡como mínimo! Tiempo de sobra para contraatacar. Y, si ella lo sabía, Tirso también.
Pero, entonces, ¿por qué tenía escondidas T…?
—Ah, también hay esto —dijo Manu, ya con el ceño fruncido—. Un… desatascador en perlas. ¿Qué coño?
Se lo enseñó. Sosa cáustica. También del Obramat, claro.
No pensaba buscar en Google qué salía de sumar acetona, lejía y sosa.
Fue la forma en la que Manu volvió a guardar los tres botes lo que le dijo que no estaban en el mismo punto.
Con un encogimiento de hombros, más perplejo que aterrado y más resuelto que perplejo, como si no acabaran de encontrar pura pesadilla embotellada.
Como si simplemente le hubieran pillado algo kinky en el historial de internet, o en una mentirijilla recurrente.
Algo comprometedor, sí, pero no incriminatorio.
—Manu —lo llamó, aún rígida.
—¿Hm?
—¿No te asusta ni un poquito?
—¿El qué? —rio él—. ¿Que Tirso tenga TOC de limpieza?
—No. Que Tirso esté mezclando lejía y acetona.
Ahí sí, sus manos temblaron sobre la bolsa, y cuando por fin la miró lo hizo con los ojos muy abiertos, la piel muy pálida.
No lo sabía, estaba claro que no lo sabía, Manu era chico de LinkedIn, no de TikTok, jamás se habría planteado qué tres artículos comprar para acojonar a una cajera.
Lejía, acetona y sosa, al parecer. Julia suspiró.
Ojalá no tuviera que explicárselo. Ojalá no tuviera que abrir la boca y decir:
—Un D105 con Sprite y un D123 ¿con…?
—Limonada. Y sin pepinillos, porfa.
—¿Algo más?
—No, gracias, eso es todo.
—¿Tarjeta o efectivo?
—Tarjeta.