El novio ideal 9. Algo comprometedor
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9. Algo comprometedor

Algo comprometedor

Para lo mucho que insistía Manu con que verse en persona era prácticamente una sentencia de muerte a manos de Tirso, ya iban tres veces que la ponía en peligro sin remordimientos.

Julia podía excusar la primera, por eso de que por entonces aún la creía una paranoica; y quizá la segunda, porque había estado preocupado por ella, pero esta tercera…

Qué salida es?

Pares

Creo

Si al salir hay un parking a la izquierda, es ahí

Te espero en el coche

Voy

Tal cual había prometido, Manu la esperaba a la misma salida del metro, en un parking que Julia no había visto en su vida porque jamás se había bajado en esa parada.

No le costó localizarlo, igualmente. Ya sabiendo que no venía en Cabify (todo un milagro), le bastó con encaminarse hacia el coche que mejor encajaba con su personalidad y, voilà!

(como diría el susodicho), allí lo encontró, sentadito al volante.

Manu la saludó con una mano a través del parabrisas y señaló la puerta del copiloto.

—¿Un Seat Ibiza? ¿En serio? —le soltó ella nada más abrir.

—¿Qué? ¿Qué pasa?

Julia resopló mientras tomaba asiento.

—Nada. Que no tienes pinta de chuloplaya.

—¡Porque no lo soy!

—Tu coche dice lo contrario.

El no-chuloplaya boqueó un par de veces, enmudecido del ultraje. Si ya empezaba a conocerlo, en 0’0 segundos pondría el grito en el cielo, así que Julia no pudo salvo reírse entre dientes, encantada con su reacción. Ahora entendía por qué las Martas se lo pasaban tan bien haciéndola rabiar…

—Tranquilo, podría ser peor —añadió, dándole una teatrera palmadita en el brazo—. Podrías tener un Opel Corsa.

—Era mi segunda opción —confesó él, y ella rio más fuerte—. Oye, ya basta. ¿A qué viene este acoso y derribo? ¿Es porque te llamé siesa el otro día?

—No, es porque me has hecho decirle a mi novio que estoy de merendola con una amiga cuando en realidad estoy de escapada con su ex mejor amigo. Por menores cosas se han roto parejas.

—Por sospecha de asesinato, por ejemplo.

—Por ejemplo. ¿Lo cual nos lleva a…?

Dejó la pregunta en el aire mientras extendía elocuentemente un brazo hacia el lamentable paraje donde la había citado.

El dinero de sus impuestos, desde luego, no estaba yendo a ese barrio: fachadas desconchadas, asfalto cuarteado, mala hierba brotando por entre los adoquines de las aceras…

Se parecía al barrio en el que había crecido, todo ladrillo y cemento y paja.

El Seat Ibiza blanco de Manu no desentonaba nada de nada allí, entre otros tantos coches baratos, suburbiales.

Lo único que lo diferenciaba del resto era lo limpito que estaba.

—Ah, sí. —Y acto seguido arrancó el coche, sacándolos del parking sin rodeos—. Tengo que enseñarte algo.

—Vale —logró articular Julia, con la voz en un hilo.

Eso le ganó una mirada de soslayo.

—No has notado nada raro estos días, ¿verdad? Que haya cambiado su rutina o que vuelva más tarde o salga más pronto.

Julia negó con la cabeza.

—¿Tú?

—Tampoco. —Aunque luego añadió—: En apariencia. ¿Tú estás segura de que va al gym?

Lo ridículo de la pregunta le sacó un ronquido de risa.

—Hombre. A la vista está.

—No, a ver. —Manu puso los ojos en blanco mientras tomaba un desvío a la M-30—. Me refiero al sitio físico. ¿Alguna vez te ha enseñado a qué gimnasio va?

—Ah. Aah… —Comprendió—. Mmm, no, la verdad es que no.

—¿Y siempre ha ido al mismo, los mismos días, desde que lo conoces?

Bajó la vista hacia su regazo para concentrarse en la pregunta.

No recordaba que Tirso le hubiera dicho nunca haberse cambiado de local, y como no estaba apuntado a ninguna clase tampoco le afectaban los reajustes de calendario.

Solo sabía que era un gimnasio abierto 24/7, que salía de vez en cuando a tomar algo con sus compas «de entreno» y que la mensualidad costaba baratísima.

Y eso fue lo que le respondió a Manu, palabra por palabra.

—Entonces ¿no te suena que sea este?

Julia siguió la dirección de su mirada hacia la izquierda, donde un gimnasio de dos pisos exhibía hileras e hileras de bicicletas, cintas y elípticas a través de los ventanales.

Arriba alcanzaban a verse las primeras máquinas de musculación, todo aderezado de focos muy brillantes, letreros muy naranjas y socios muy motivados.

No tenía mala pinta, pero Julia arrugó la nariz enseguida: pertenecía a la misma franquicia que le había cobrado a ella un año entero de membresía después de que un encantador de serpientes comercial le asegurase que estaba firmando por un mes de prueba sin ataduras.

—Sé que viene a uno de estos —contestó, un tanto ácida—, pero ni idea de si a este. ¿Por?

—Vale, porque… Mira, justo está saliendo una moto, mira por el retrovisor, ¿ves que sale de un aparcamiento privado?

—Ahá.

—Los miembros del gym tienen descuento. Todas las semanas, de lunes a jueves, Tirso aparca ahí dentro y se pasa las siguientes dos horas con sus maquinitas de tortura. Luego se da una ducha, vuelve para el coche y se va a casa.

—¿Ahá…?

—Menos el jueves pasado.

Julia respiró hondo, derrotada.

—El jueves pasado —continuó Manu, sin mirarla— Tirso aparcó ahí pero no salió al gimnasio.

No salió a nada hasta dos horas después, cuando se marchó a casa como si nada.

Al menos, eso era lo que yo creía que había pasado hasta que revisé la cámara de acceso al parking por la noche.

Supongo que tampoco te suena ningún Peugeot 206 plateado, ¿no?

Esta vez, cuando Julia volvió la vista hacia él, Manu la estaba esperando.

Se sostuvieron la mirada largamente, él dándole tiempo para digerir la información y ella partiéndola a bocados más chiquititos en su cabeza, como una oblea.

Crac, crac, crac. Claro que no le sonaba ningún Peugeot 206 plateado.

Ni siquiera conocía a nadie que hubiera tenido uno, por muy top ventas que fuese allá en su apogeo, durante los dosmiles.

—¿Tirso tiene un Peugeot 206 plateado? —quiso asegurarse igualmente, por si acaso estaba llegando a la conclusión equivocada.

Pero Manu asintió, así que ella cerró los ojos y respiró hondo de nuevo.

—¿Y adónde fue?

—A un descampado del extrarradio —contestó a bocajarro, pues lo peor ya estaba dicho—. No hay cámaras por allí, así que tuve que tirar de satélite, pero parece propiedad privada. Tendría que echarle un vistazo en persona para salir de dudas.

—Y eso es lo que querías enseñarme.

Manu volvió a asentir.

—Si te digo la verdad, me da cague ir solo. Pero me daba más cague ir solo, ver algo horrible y luego tener que venir a contártelo.

Por alguna razón, eso le hizo sonreír.

—Sobre todo porque querría que me llevaras para verlo con mis propios ojos.

—Esa era otra, sí. —Ahora que se fijaba, Manu estaba ligeramente pálido. O verde, como a punto de vomitar—. Así que vamos juntitos, nos traumatizamos o no juntitos y máximo para cuando anochezca estaremos volviendo a casa juntitos. ¿Tenemos plan?

Julia respiró hondo una tercera vez. Seguro que iba a arrepentirse. Seguro que iba a arrepentirse de echar el bolso bajo la guantera, ajustar el reposacabezas del asiento a su altura y decir:

—Tenemos plan.

Manu condujo durante tres eternos cuartos de hora en dirección suroeste, primero siguiendo las indicaciones de su GPS y, a partir de cierto punto, las impresas que le tendió a Julia para que fuera dictándoselas.

Así pasaron de autovía a carretera, de carretera a caminito y, finalmente, de caminito a secarral.

El pobre Seat Ibiza sobrevivió impoluto dos baches antes de rebotar de lleno en un charco que salpicó barro hasta el techo, tras lo cual Manu dejó de intentar maniobrar para evitarlos, pero no de mascullar entre dientes una retahíla de maldiciones digna del yayo más cascarrabias del pueblo.

Todo eso mientras Julia trataba de no quedarse ciega entre la diminuta letra de las instrucciones y el sol del atardecer arrancando destellos flamígeros del salpicadero.

Al menos la playlist de Grandes Éxitos Caribe Mix que Manu había escogido para «destensar el ambiente» cumplía su función.

No por las canciones en sí (otra gran prueba del espíritu chuloplaya de su dueño), sino por la oportunidad de soltarle a otro incauto la miríada de trivia SuperPopera que Julia había recolectado con los años.

Para su sorpresa, Manu no solo estaba al tanto de la mayoría, sino que encima la agració con otras tantas curiosidades para su colección. Nada para calmar los nervios como una pasión compartida.

Por desgracia, todo buen rollo amasado durante aquellos cuarenta y cinco minutos de trayecto desapareció como fulminado tan pronto Manu frenó el coche.

—Aquí es —anunció, mitad ahogado mitad grave.

«Aquí» era un término bastante impreciso para definir la extensión de tierra yerma ante ellos.

Kilómetros y kilómetros de paja seca prendida en color lava bajo el crepúsculo interrumpidos únicamente por un sendero de tierra junto al que agonizaba una parcela cercada a todas luces en desuso.

Dos somieres de muelles oxidados a modo de puertas y un murete de apenas medio metro custodiaban nada más y nada menos que el tronco raquítico de un olivo muerto en vida y el esqueleto de un coche sin neumáticos ni capó.

Ellos cruzaron miradas fugazmente antes de salir del Seat a la par.

Más que el intenso calor del secarral, lo primero que la golpeó fue el potente estridular de un millón de cigarras.

Era ensordecedor, casi aplastante, pero conjuntaba con la escena mejor que un biquini en una playa.

Mejor incluso que el cartelito metálico de PROHIBIDO EL PASO colgando tan irrisorio como descascarillado de uno de los somieres.

Julia frunció los labios. No era lo que ninguna chica imaginaría al enterarse de que su novio tenía tierras.

—¿Y dices que vino hasta aquí con el Peugeot?

Manu se encogió de hombros mientras se acercaba a cotillear el cartel.

—No hay más caminos ni fincas en los alrededores. Si no venía aquí, no venía a ningún lado. Uy, si está abierto.