El novio ideal 8. El vermut #2
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8. El vermut #2

Julia la miró largamente, sopesando si añadir algo más.

Incluso jubilada y en su propia casa, seguía vistiendo de punta en blanco, como lista para marchar a los juzgados en cualquier instante, con una elegancia que había ido madurando con ella; primero asertiva, luego contundente y ahora sobria, serena.

Había parado de teñirse las canas un par de años atrás, azuzada por sus hijas, y el gris le sentaba bien al rostro.

Las arrugas también, aunque en realidad Julia tenía más recuerdos de sus padres con arrugas que sin ellas.

Se habían casado mayores. Demasiado mayores, según el consenso general.

Por logística, más que nada. A fin de cuentas, a ciertas edades un embarazo suponía más un riesgo que una alegría.

De pronto, su madre esbozó una sonrisa familiar, y Julia supo que el momento de sincerarse había pasado. Tirso y tú, hombretón, ni se te ocurra salir de esta piropeando a mi mujer porque es justo lo que quiere.

Y eso, definitivamente, sí zanjó la conversación.

Julia fulminó con la mirada a su madre, que sonreía toda sibilina mientras tomaba un sorbito de su vermut.

—Pero qué bien me conoce —fue lo único que dijo.

Tirso no volvió a sacar el tema hasta por la noche, en esa franja crepuscular entre que recogían la mesa y se sentaban a ver algo en el sofá. Ella estaba terminando de poner el lavavajillas; él sacando la bolsa de basura orgánica de su cubo.

—Sabes que no pienso que aspires a ser mujer florero, ¿verdad?

Julia se giró tan rápido que casi le dio un vahído.

Tirso tenía la nariz arrugada, aunque bien podría ser porque la basura apestaba.

No la miró mientras anudaba la bolsa, dándole espacio para decidir cómo proceder.

Ambos sabían que Julia tendía a salirse por la tangente cuando se trataba de hablar de la evidente brecha salarial entre su familia y ella.

—Sí —respondió al fin—. Pero también sé que esto no era lo que te vendí.

Tirso enarcó una ceja y dejó apoyada la basura sobre su cubo.

—¿A qué te refieres?

—A que te dije que mi plan de futuro era sacarme unas oposiciones y en lo que llevamos juntos ni siquiera he buscado el temario.

—Mmm… —Tirso cabeceó, sopesando su respuesta con cuidado—. Si te soy sincero, se me había olvidado lo de las opos. Nunca te he visto muy entusiasmada con la idea, así que asumí que habías cambiado de opinión. ¿Quieres hacerlas?

—Esa no es la cuestión —resopló ella.

—Claro que lo es —la contradijo, muy serio. Casi grave—. Nos conocimos en el Obramat, Julia. No te pedí salir pensando en que fueras a ser «algo mejor» en un futuro, no eres una inversión a largo plazo ni un proyecto a medias.

—Ya, pero tampoco quiero ser un lastre.

La forma en la que Tirso frunció los labios fue respuesta suficiente.

—No eres ningún lastre.

—¡Pero lo seré!

—¿Cuánd…? ¿Te ha dicho eso tu madre?

—¿Por qué iba a decirme eso mi madre?

—Pues igual que ha soltado lo de mujer florero. Y ya, ya sé que era una broma, pero cada vez que vamos a casa de tus padres te llenan la cabeza de ideas rarísimas. —Chasqueó la lengua, visiblemente fastidiado—. Creía que esta vez habíamos esquivado la bala.

No supo qué la ofendió más, si que Tirso hablara así de sus padres o que ella misma estuviera de acuerdo.

—Mis padres solo quieren lo mejor para mí —chirrió, tirante.

—¡Como todos los padres! —Y fue a decir algo más, pero pareció repensárselo en el último segundo, porque en cambio suspiró y recondujo la conversación—: Escucha.

Si de verdad quieres opositar, por ti y no porque creas que debes equilibrar una balanza que no existe, yo te apoyo al cien por cien. Puedes dejar el Obramat y…

A Julia el bufido le salió solo, ácido y cortante.

—¿Y cómo pago el piso? ¿La comida, la academia, el metro, el…?

—Hombre, para eso estoy yo.

—¡Entonces sí seré una mantenida!

—¡Solo hasta que apruebes!

—¿Y si no apruebo?

—Pues sigues intentándolo hasta conseguirlo.

—¿No te preocupa que pueda tirarme diez años viviendo del cuento?

—¿No te preocupa a ti que en diez años la IA me deje crónicamente en paro?

Eso le hizo gracia.

—Pff. No va a pasar. Te buscarías alguna especialización irreemplazable.

—Y mientras la busco ahí estarás tú para mí, apoyándome con tu fantástica estabilidad de funcionaria. Hoy por ti, mañana por mí, ¿no? Así funciona esto.

—Bueno, para eso primero tendría que aprobar.

—No, para eso primero tendrías que querer; que es lo importante aquí. ¿Tú quieres?

—¿El qué, apoyarte?

—No, Julia. Yo ya sé que me apoyas. Digo opositar. ¿Quieres?

—A ver… Ahora mismo n…

—El cuándo da igual. ¿Quieres o no?

Durante unos segundos, simplemente se sostuvieron la mirada el uno al otro allí, cada cual en su extremo de la cocina, como enfrentados en un tablero de ajedrez. ¿Contaba aquello como discusión? El tono de voz de Tirso decía que no. Siempre decía que no. Aunque ojalá fuera que sí.

A veces le gustaría que Tirso picase el anzuelo.

Que perdiera los nervios y discutieran como críos en lugar de ponerse comprensivo y tratar el problema de raíz como el hombre emocionalmente maduro que era.

O no. A lo mejor era un psicópata. A lo mejor siempre podía mantener la calma porque le importaba una mierda.

A lo mejor en comparación con enterrar un cadáver las recaídas autodesvalorizantes de su novia eran como un paseo por el parque.

Al final, Tirso tomó su silencio por respuesta y cogió de nuevo la basura.

—Me bajo a tirar esto, ¿va?

—Va.

Aunque una vez más pareció a punto de añadir algo, también una vez más acabó decidiendo lo contrario, así que apenas medio minuto después salía por la puerta con los hombros caídos, como derrotado.

Julia tamborileó con las uñas sobre la encimera, preguntándose si eso significaba que ella había ganado.

Y ese fue el momento exacto que Manu escogió para hablarle por la gatocam.