8. El vermut
El vermut
Su propósito para con Manu le duró doce horas.
—¿En serio?
Y, como su vida era un circo, Muu entró derrapando al salón, habiendo reconocido enseguida el característico crujido del altavoz de su videocámara. Pues vaya chasco iba a llevarse cuando se diera cuenta de que…
— ¿Esa es tu gata? ¡Hola, princesa! Pspspsps, ¡hola!
—Manu —gruñó Julia—. Qué haces.
— ¿No lo ves? Ah, bueno, no. —Y se rio—. He hackeado tu gatocam para monitorear las idas y venidas de Tirso.
Ella cerró los ojos, cogió aire bien hondo, lo retuvo unos segundos, lo soltó largamente.
Repitió tres veces el proceso antes de verse capaz de no tirar la cámara por la ventana.
Mientras, Manu mantenía una conversación unidireccional con su gata, quien parecía dividida entre la curiosidad y la extrañeza.
—O sea, montas la estrategia padre para venir a verme al Obramat pero te conectas tan feliz a una cámara de mi casa que Tirso tiene instalada en su móvil. ¿A ti te parece normal?
Otra risita. Muu avanzó agazapada hasta esconderse tras el cubo de la colada, desde donde siguió vigilando la voz del No-Tirso.
— También la tienes instalada en el tuyo, y he visto tu historial. Muy curioso. ¿Cuántas de las mil veces que te conectas a la semana son dedazos? Yo he asumido que todas las que están fuera de horario laboral.
—Tengo la app junto a la de WhatsApp y le doy sin querer —admitió Julia a regañadientes—. ¿Qué has hecho, replicar mi usuario? ¿A Tirso le saldrá que eres yo?
— Eeexacto. ¿Ya sabías que se podía?
—No. —Suspiró—. Pero con vosotros ya siempre aplico la premisa del «Si puede imaginarse, puede hacerse».
Era un poco desesperanzador, de hecho. Ver hasta qué punto estaba desprotegida en su propio hogar, con qué facilidad sus propios mecanismos de seguridad podían usarse contra ella.
— Bueno… No te quito más tiempo, que andas ocupada.
—Julia enarcó una ceja mientras cogía otro puñado de calcetines mojados para colgarlos en el tendedero desplegado de par en par en pleno salón—.
Solo quería avisarte de que tengo acceso, y pedirte que me mandes por favor la rutina habitual de Tirso.
Quiero ver qué hace cuando no estás en casa, o si sale fuera de horario poder hacerle seguimiento antes de que pueda alterar las grabaciones.
Hubo un pequeño silencio en el que Julia solo asintió. Calcetín, pinza; calcetín, pinza. No pensar en Tirso videovigilado las 24/7 sin su conocimiento.
— ¿No te preocupa que te espíe a escondidas como un degenerado?
—Me preocupa más que mi novio pueda haber matado a alguien.
— Vale, porque no voy a hacerlo, ¿eh? Quería que te quedaras tranquila con eso.
—Estoy tranquila. Ahora haz el favor de desconectarte, que Tirso estará al caer.
— Sí, ya he visto que se fue al gym.
—Adiós, Manu.
— … Salut.
Y, durante un par de semanas maravillosamente mundanas, Manu no dio señales de vida.
Aunque a Julia le hubiera gustado pasarse el fin de semana vegetando en casita con el presunto homicida de su novio, la declarada tirana de su madre tenía otros planes: ya que la maleducada de su hija no había ido a visitarla por el día de la Madre, como mínimo podía dignarse a ayudarles a montar la terraza ahora que se avecinaba el buen tiempo.
«Montar la terraza», en realidad, era la excusa que María del Pilar Torres empleaba para encasquetarle a Tirso todas las reparaciones de manitas acumuladas durante el año. O, en este caso, el mueble por piezas con el que su marido llevaba peleándose desde marzo.
Así que allí estaban, en el chalecito de la sierra de sus padres, ellas dos tomándose un aperitivo mientras LOS HOMbrES (léase con la voz de Yolina) montaban el dichoso aparadorinvernadero a ras de jardín.
El sol primaveral pegaba con fuerza veraniega, pero quedaba amansado por una leve brisa intermitente.
Los pajarillos cantaban, las vacas del prado vecino hacían tolón, su padre impartía instrucciones a Tirso cual capataz y este acataba dócilmente…
Se estaba bien. Se estaba en la gloria. Casi se le había olvidado lo mucho que disfrutaba de ver las horas pasar arrellanada en su sillón de madera preferido.
—Sabe papá que Tirso puede montarlo él solo, ¿no? —dijo Julia, escondiendo la sonrisa entre sorbito y sorbito de vermut.
Su madre suspiró.
—Déjale, que se divierta. Echa de menos mangonear a la gente.
Sí, porque desde luego a ella no había podido mangonearla, ni antes ni después de jubilarse.
Aunque por eso congeniaban tan bien. Donde su madre tiraba, su padre cedía; y donde su padre se plantaba, su madre también.
Siempre habían sido un ejemplo de Amor Verdadero para Julia, por mucho que ella no fuera ejemplo de nada para ellos.
—¿Cómo va del hígado? Le veo más delgado.
—Lo que le ves es más viejo —rebufó su madre, sin pizca de malicia—. No como el tuyo, que cada día está más enorme. Jesús. Es como si Hércules y Batman hubieran tenido un hijo.
Julia se rio.
—Está lozano, sí.
—Da gusto verlo, pero no me explico cómo llegáis a fin de mes con lo que debe de comer. ¿Os salen las cuentas?
Y esa era la manera sibilina de María del Pilar Torres de preguntarle por su trabajo. O, más específicamente, si seguía en el Obramat. Porque, al contrario que la inmensa mayoría de las madres, la suya no soñaba con que sus hijas le dieran nietos, sino con que dieran resultados.
Se entendía mejor conociendo su trasfondo.
Su madre había sido una de las primeras juezas de España, lo cual significaba que se había dejado los cuernos por su derecho a licenciarse en Derecho (valga la redundancia), a ejercer de lo estudiado y a abrirse camino en un sector que por entonces aún legislaba en su contra.
Lo había pasado mal, mucho, pero peor lo habían pasado aquellos que la hicieron de menos.
Para cuando se había jubilado, la jueza Torres era reconocida, respetada y reputada; y se enorgullecía tanto de sus logros como de los de sus compañeras, junto a quienes había luchado codo con codo por su futuro.
¿Cómo no iba a querer lo mismo para sus hijas?
Las quería rompiendo barreras, cerrando bocas, cumpliendo metas, llegando más y más lejos, allá donde ni siquiera ella hubiera alcanzado a imaginar.
A veces Julia y su hermana Mónica bromeaban con que su madre había aceptado casarse con su padre (tras mucho pico pala) porque, como letrado del Estado, su sueldo de funcionario suponía una garantía extra de que podrían costearle a las niñas cualquier carrera, curso, máster, especialización, etc.
en cualquier universidad nacional o internacional que se les antojara.
Habían ahorrado muchísimo, currado muchísimo, por y para ellas. Los dos.
No lo habían necesitado. Por un lado, Mónica se había graduado cum laude en Medicina en la misma universidad pública donde ambos estudiaron para luego quedar entre las treinta primeras del MIR, y Julia…
Julia había estudiado Relaciones Internacionales, fallado garrafalmente las oposiciones para Diplomático y acabado de cajera en el Obramat.
Y así estaba la cosa.
No es que Julia fuera tonta, o vaga, o malcriada.
Sencillamente, había tardado demasiado en darse cuenta de que las expectativas de sus padres no coincidían con las suyas; y para entonces ya todo su círculo la veía siendo cónsul en algún país distinguido.
Por eso había jugado la carta del «necesito reencontrarme conmigo misma», buscado un pisito con las Martas y enviado el CV al primer trabajo que pilló «para mientras se preparaba» unas opos más… factibles (menos exigentes).
Llevaba escurriendo el bulto ya años y aún no se veía capaz de decirle la verdad a su madre.
Que no quería aspirar a nada más, ser nada más que lo que era ahora.
Que ella habría estado contenta con hacerse secretaria.
Solucionar asuntillos no de vida o muerte, cuadrar agendas, organizar datos; lo típico.
El típico empleo que, al terminar la jornada, le permitiría volverse a casa sin cargas ni preocupaciones ni deberes.
¿Qué había de malo en querer ser solo… Julia? ¿Por qué a ella no se la consideraba fuerte o valiente por invertir todos sus esfuerzos en simplemente vivir?
Pero no podía decírselo. Le daban náuseas solo de imaginarse verbalizando sus pensamientos bajo la crítica mirada rapaz de su madre.
No tanto por lo que podría responderle ella (que también), sino por lo que implicaba: decepcionarla una vez más.
Arrebatarle la última esperanza en su hija pequeña.
O peor; hacerla sentir que era ella quien la había educado mal.
Quien había fallado en algo tan simple como inculcarle el afán de superación.
—De sobra —logró regurgitar Julia al fin, con una sonrisa tirante que ninguna se creyó—. Es más, justo me comentó Tirso el otro día que podríamos ir mirando casas.
Fue la respuesta equivocada.
Impávida, su madre desvió la vista hacia Tirso, a todas luces analizando la situación del mercado inmobiliario en relación a la suma de sus sueldos.
No tendría que hacer muchas cuentas. Estaba claro quién de los dos aportaría el mayor porcentaje, y eso que Julia se había cuidado de guardarse la…
, llamémoslo libertad económica, de su novio.
—Es una muy buena noticia —respondió ella, sin variar el gesto—. Sé cuánto deseas un futuro juntos. Te lo mereces, después de tantos baches.
Y lo decía en serio. Su madre nunca mentía.