7. Tan poco Tirso #2
Así que cuando Tirso llegó a casa, con su sonrisita melancólica y sus ojeras de no haber pegado ojo desde que se fue, Julia le odió.
Le odió como se odian las injusticias, como si escaldara, como si tuviera la culpa de todo lo malo conocido y por conocer, porque la tenía.
Y le odió tanto tanto tanto que el sentimiento volcó, vuelto del revés con las costuras expuestas en algo que ya no era odio pero que quemaba igual.
—Hola, cielo —alcanzó a saludarla Tirso, muy suave, antes de que ella le quitara a Muu de encima (siempre se le adelantaba, la muy desgraciada) para atraerlo por la nuca hacia sus labios.
En un primer momento, él solo se dejó hacer, sin perder siquiera la sonrisa, pero cuando intentó apartarse y Julia se lo impidió literalmente con uñas y dientes Tirso respondió al instante, profundizando el beso a quemarropa, a bocanadas.
La besó sin tregua, justo como ella quería, e igualó su apuesta estrechándola entre sus brazos enormes como hierro al rojo.
Un golpe sordo le dijo que Tirso se había descolgado la mochila del hombro, y un maullido agudo, que Muu la había esquivado de milagro, pero eso ni los frenó ni los detuvo.
De hecho, Tirso simplemente sonrió contra sus labios y:
—¿Cama?
—Cama.
Y para allá que fueron. O, mejor dicho, para allá que fue él, pues a ella se la aupó a la cintura como si no pesara nada.
Cualquier otro día Julia habría perdido la cabeza ante semejante exhibición de fuerza, pero como no era cualquier otro día se limitó a rodearlo con piernas y brazos mientras encerraba bajo siete llaves la pregunta de para qué otra cosa empleaba su novio aquel tanque de guerra que tenía por cuerpo.
En su dormitorio, la cama seguía deshecha, las persianas bajadas, sus labios en los suyos.
Ninguno de los dos perdió tiempo en encender alguna luz (para lo que estaban haciendo y para lo que iban a hacer les bastaba con la que desembocaba del salón), aunque ya podrían estar a oscuras o a pleno sol que a Julia le importaría nada y menos.
Solo le importaba el peso de Tirso sobre ella, la forma en que sus besos iban transformándose en jadeos y quitarse las bragas de un tirón.
Durante un segundo fugaz estuvo a punto de imponerse, echarlo de espaldas para sentársele encima a horcajadas, pero por suerte se dio cuenta pronto de que no aguantaría de una pieza si tomaba el control.
Acabaría escupiéndole o arañándole o peor, rompiendo a llorar.
Así que se dejó envolver entera en su abrazo, dejó que entrara en ella sin oponer resistencia, dejó que le hiciera el amor porque ni siquiera entonces podría llamarlo simplemente follar.
Donde puso la raya fue al final. Ahí sí que tuvo que pararlo, cuando Tirso coló una mano entre sus piernas para que terminaran juntos.
Julia se la apartó de un bofetón. Siempre era demasiado gentil con ella, demasiado blando, y como la tocara con un mínimo de gentileza con esas manos manchadas de sangre la incongruencia se volvería insoportable. Podía ocuparse ella sola, gracias.
Le dio rabia que encima fuera de sus mejores orgasmos.
Después, Tirso se quedó dentro, espolvoreándole besitos en la frente mientras recobraban poco a poco el aliento. Como siempre, para Julia fue más parecido a volver a tierra firme. O al mundo real.
Esta vez, cuando Tirso hizo amargo de apartarse, ella no tuvo más remedio que dejarlo ir. Aunque tampoco se fue muy lejos. Solo se acodó sobre el colchón para mirarla desde arriba muy, muy intensamente.
—¿Digo yo que esto significa que me has echado de menos?
Normal que preguntase. El número total de veces que Julia le había saltado a la yugular como perra en celo antes de aquella sumaba cero (0).
—Cada vez que te vas se me hace más largo —optó por responder. No podría pillarla en un renuncio si decía la verdad.
Tirso pareció rumiar algo mientras le acariciaba el pelo. Al final, dijo:
—Si quieres, puedes venirte el año que viene. Pero solo si quieres.
Por desgracia, le dio un vuelco el corazón. ¿En serio? ¿En serio se le ocurría abrirle la puerta justo ahora?
—No vale con que yo quiera ir —matizó Julia, escogiendo las palabras con sumo cuidado—. También tienes que querer tú.
Lejos de recular, Tirso sonrió. Ampliamente, además.
—¿Yo? Yo claro que quiero. Me haría mucha ilusión; y estoy seguro de que no soy el único.
—Pues no se hable más —resolvió ella.
—Pues no se hable más —secundó él.
[#Player696969 te ha enviado un regalo]
Julia enarcó una ceja. ¿Qué quería este ahora? Con un suspiro, dejó a medias la reclamación online que andaba tramitando para atender el móvil.
[chat iniciado con #Player696969]
Qué pasa?
Estoy merodeando por tu Obramat
Tenéis baños para empleados?
Increíble.
No pienso darte la llave. Vaya jeta
A mear al público como todo el mundo
Joé en verdad tendría que haberte dado la llave
No he estado lista ahí
Están atrancados
Qué tía
Entonces tenéis que usar el público no?
Lamentablemente sí
Por?
Vente al baño familiar en 5min
[#Player696969 salió del chat]
Siendo sincera, que Manu se presentara en su trabajo le olía a chamusquina. Tanto, que cuando cinco minutos después le dijo a Yolina que iba al servicio esta le dio muchos ánimos. Así de alto le habían sonado las tripas, de nervios.
Los baños del Obramat no eran ninguna maravilla, pero el servicio de limpieza hacía lo imposible por mantenerlos usables y Julia se lo agradecía.
Se lo agradeció aún más cuando se encontró compartiendo el WC familiar con Manu, quien echó el pestillo tras ella.
Jamás volvería a sentirse tan rara como abriendo la puerta después de oírlo piar «¡Ocupado! » desde dentro.
—Con mi suerte, tenemos dos minutos escasos antes de que una familia numerosa aparezca por arte de magia —le dijo ella por todo saludo.
Manu rio.
—Es lunes por la mañana. Los nenes estarán en el cole y sus papis en la ofi.
—Alguien podría necesitar cambiarle el pañal a su bebé.
—¿Preferirías que nos hubiéramos metido en el baño de discapacitados?
Su silencio fue respuesta suficiente, y el muy infeliz le dedicó una sonrisilla de comemierdas que pedía a gritos un bofetón.
Julia no sabía cómo hacía Manu para sacarla de quicio en tiempo récord, con lo calmada que era ella de normal.
Quizá tenía que ver con que «Manu», como concepto, estaba intrínsecamente ligado con investigar a Tirso.
Pensar en él era pensar en el maletero, y al revés.
Ya había abierto la boca para preguntarle qué quería cuando Manu bebió de un inconfundible minibrik morado de agua.
—¡Pero bueno! ¿Tú es que no tienes coche?
—Claro que tengo —protestó, medio ahogado de la prisa con la que tragó para defenderse—. Lo que no tengo son ganas de que Quien-Tú-Sabes pueda ver mi matrícula en tu parking.
—¿Y tu cara sí?
—Por eso he entrado por la puerta del aparcamiento, para evitar el tracking facial.
—¿¡Qué tracking facial!?
Manu tuvo la desfachatez de poner los ojos en blanco.