7. Tan poco Tirso
Tan poco Tirso
La pijamada estaba siendo todo un éxito.
La cena había llegado prontito, Muu no había intentado birlarles patatas, la TV no había perdido conexión ni una sola vez (todavía) y en el congelador había mínimo cuatro cajas diferentes de helados.
Cortesía de Manu, quien, picado por ser incapaz de retroceder en el tiempo para impedir que Tirso corrompiera las grabaciones, le había tendido su móvil para que pidiera la compra online .
«Pero si me da tiempo de sobra a ir yo», había protestado ella.
«Es mi forma de compensarte por ir de sobrado con Tirso », había insistido él.
A fin de cuentas, si a Manu se le había ocurrido mirar las cámaras, evidentemente a Tirso se le habría ocurrido inutilizarlas.
Ambos poseían los conocimientos y los medios necesarios para borrar sus huellas si querían, así que para pillarle en un renuncio tendrían que ser más listos que él.
Corrección: Manu tendría que ser más listo que él.
Julia no contaba, que a ella las tecnologías…
Bastante que sabía meter fórmulas en Excel (y eso solo si Excel se dejaba).
Las Martas se rieron de algo que un señor con pinta de oler a pescado en la TV había dicho.
Julia sonrió para disimular que se había perdido otro chiste, por si acaso estuvieran pendientes de ella.
Normalmente lo agradecía (no solía salir de Julia confesar que la peli o serie de turno no le estaba gustando), pero esa vez preferiría disociar a gusto.
Tenía demasiadas cosas en la cabeza como para prestarle atención a un villano de Batman.
Las miró. Por primera vez en la vida, deseó ser alguna de ellas. Le daba igual cuál. Total, ninguna de las Julias que había creado a lo largo de los años sabía lidiar con aquella situación.
«Es que sois tal cual las tres cabezas del can Cerbero», había dicho una vez Tirso, por lo bien que encajaban aun siendo radicalmente distintas entre sí, pero la cruda realidad era que Julia no destacaba en nada por sí sola.
Marta era bajita y gorda, Pony era alta y flaca.
Ella era… ni lo uno ni lo otro. Ni guapa ni fea, ni estilosa ni zarrapastrosa, ni buena ni mala, ni lista ni tonta.
Del montón. Tanto, que en la universidad se habían referido a ellas tres como «las Martas», porque Julia estaba ahí, sin más.
No aportaba mucho salvo completar la tríada.
A Julia no le importaba ser 100% olvidable.
La única vez que había querido causarle una impresión duradera a alguien había sido a Tirso y parecía haber funcionado, así que estaba en paz con su aburrido pelo negro cortado bien recto por encima de los hombros y sus aún más aburridos ojos marrones (¡ni siquiera pardos!) y su definitivamente aburrido carácter.
Si lo más interesante de ella era que tenía una gata con pelaje de vaca a la que le encantaba chapotear en el plato de ducha…
Lo cual la llevaba de nuevo al punto de partida: ser ella misma no bastaba.
En ninguno de los sentidos. Si tuviera el cuajo de Pony, que se había emancipado del capullo de su padre a los dieciséis para salvar la herencia de su madre, ¿podría plantarle cara a Tirso?
¿Exigirle la verdad? ¿Ponerle en su lugar?
Si tuviera el sentido de la justicia de Marta, que como fiscal hacía las delicias incluso de la exigente madre de Julia, ¿podría presentarse en comisaría a denunciarlo?
¿Dejar que fuera un juez quien dictaminara si era o no inocente?
¿Cerrar los ojos si el hombre de sus sueños acababa entre rejas?
No podía parar de darle vueltas.
Pero al final daría igual, ¿no? Porque si fuera más como Pony o más como Marta tal vez ni siquiera estaría saliendo con Tirso. A él le gustaba la aburrida de Julia.
Ay, no. Ahora tenía otra pregunta peor. Ahora se le había ocurrido preguntarse si Tirso estaba con ella pese a ser aburrida o precisamente por ser aburrida.
Por pura conveniencia. A lo mejor hasta ahí llegaba su planificación del crimen, a agenciarse una novia que ni lo encarase ni lo acusase ni nada.
¿Por qué no? Si hasta se había cuidado de eliminar horas enteras de un puñado de vídeos alojados en un servidor privado no del todo ilegal pero sí del todo turbio.
—¿Qué tal va? ¿Ponemos otro?
Julia pestañeó, volviendo al mundo real en picado. Las Martas aguardaban su veredicto más esperanzadas que expectantes, y eso que segurísimo que sabían que llevaba medio episodio mirando al tendido.
—Sisisi —contestó a toda prisa, tanteando la manta en busca del mando (Muu se quejó desde algún punto de las profundidades)—. Por mí sí.
—Pero ¿te está gustando?
—Mmm. Todavía no lo sé. —Por no saber, no sabía ni de lo que iba la serie—. Es… rara. Pero tampoco está mal.
Ellas cruzaron miradas.
—Te gustará en cuanto encuentres a tu prefe —le aseguró Marta.
—¿No decíais que iba a gustarme el Pingüino ese?
Para los despistados: ese era el señor con pinta de oler a pescado.
—Ah, pero no ya mismo. Pingu es un gusto adquirido.
—Si tú lo dices… Así de primeras el que me gusta es el prota.
—¡Y a quién no! —trinó Pony, meneando las cejas.
Julia se rio por la nariz, sintiéndose presente por primera vez desde que regresó a casa—.
Va, que ahora empieza lo bueno. Estate atenta —amenazó en broma—.
Oye, ¿no tendrás algo así dulce de postrecito?
Aunque sea unos crispis, unos mueslis de esos con choco que te gustan a ti.
Julia sonrió: había llegado su momento estrella.
—Nop. Pero tengo algo mejor en el congelador.
—¡Helados! —aulló ella. A su lado, Marta puso los ojos en blanco, divertida—. ¿Hay de los de Drácula?
—Hay de todo.
Pony se levantó de un salto.
Ahora sí que sí podía confirmar que la pijamada había sido todo un éxito, pero no gracias a ella.
Habían sido sus amigas quienes, con dos partes de emoción y una de paciencia, consiguieron que desconectase del Tema del Año (su novio borrando las huellas de un crimen que Julia ya no podía evitar atribuirle) para meterse de lleno en una serie de Batman.
Repitamos: de Batman. Eso sí que tenía mérito y no matar gente, que de asesinos estaban las cárceles llenas.
Así que según se despertó por la mañana en su cama de matrimonio sin matrimonio lo primero que pensó fue que cómo se atrevía.
Cómo se atrevía Tirso a ponerla en esa situación.
Cómo se atrevía a arruinarle la vida, arruinar les la vida.
A su (presunta) víctima, a su novia y a sí mismo.
Qué excusa tenía para meter un cadáver en su casa.
Cómo podía haber sido tan descuidado, cómo podía ser tan mentiroso, cómo podía ser tan poco Tirso.
Y Julia era consciente de lo egocéntrico que sonaba su monólogo interior, pero no le importaba.
Llevaba meses poniéndose en lo peor y en lo mejor. Angustiada, aterrada, cegada.
Ahora lo que estaba era cabreada.
Las Martas le dieron los buenos días en su salón habiéndose servido libremente el desayuno, primero porque sabían dónde estaba todo y segundo porque sabían que odiaba que la despertaran en finde.
Julia se les unió intentando disimular las malas pulgas, aunque como no funcionó acabó teniendo que inventarse que había soñado con que Tirso le ponía los cuernos.
Al final, la hipótesis de Yolina se había convertido en el pretexto perfecto.
Como solía pasar tras todas las pijamadas, entre unas cosas y otras les dieron las dos de la tarde, de modo que almorzaron las sobras de la cena, se tomaron otro heladito (Pony su Drácula, Julia su Frigopie y Marta su cono de fresa marca blanca) mientras seguían con la serie.
Y, como solía pasar también tras todas las pijamadas, no tardaron ni dos episodios en quedarse fritas.
Si es que ya no tenían fuelle para esos trasnoches…
Lo que no solía pasar tras todas las pijamadas es que Julia trató por activa y por pasiva de alargarla otra noche más.
Al principio, al salir de casa de Manu, había estado a punto de cancelar el plan para tener un ratito a solas con sus pensamientos, digerir en privado todo cuanto implicaba lo que acababa de ver, a su propio ritmo.
Sin embargo, ahora la perspectiva de volver a quedarse sola en aquel piso tan vacío, sin distracciones, sin sueño, sin nada que hacer salvo rumiar hasta que llegara Tirso, le roía los huesos.
Pero sus amigas tenían su propia vida, así que se fueron.
Y Julia se quedó allí, jugando a regar platanitos virtuales durante horas y horas y horas mientras la cólera que le borboteaba por dentro crecía y crecía y crecía.
Cuando Tirso llegó a casa, Julia seguía enfadada.
Quería cantarle las cuarenta. Quería gritarle, arañarle, vomitarle todo lo que llevaba revolviéndole el estómago desde San Valentín.
Quería echarle en cara que la utilizara y que la manipulara y que le mintiera, apretarle las tuercas como solo su versión más histérica sabría hacerlo hasta conseguir que estallara.
Quería desenmascarar al verdadero Tirso, fuera quien fuera, y lo quería aunque le costase la vida. Aunque la mandase directa al maletero.
Y, sin embargo, no lo hizo.
Para empezar, porque era una cobarde. Para seguir, porque era más lista.
Si iba a enfrentarlo, lo haría cuando tuviera la certeza de que podría salir viva de aquello.
Y, para terminar, porque estaba demasiado enamorada de él.
De su versión de Tirso, de su vida juntos y de la versión que era ella a su lado.
No estaba preparada para dejar de ser la Julia de Tirso, y era justo aquel punto débil suyo lo que más la enfurecía.
La estaba volviendo loca. La estaba volviendo feral.