El novio ideal 6. De 85033 a 182600 #2
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6. De 85033 a 182600 #2

De primeras, Julia no supo qué sentir. Puesto así tampoco parecía mucho, ¿verdad?

Un tío descargándose un puñadito de vídeos en su ordenador para revisarlos más tarde con ella.

Pero no era solo eso. Era un tío que no la conocía de nada prestándole su ayuda (¡y su dinero !) para descartar sus sospechas.

Eran horas y horas y horas de grabaciones oficiales almacenadas en una torre privada por medios que, si le preguntaban, no pondría la mano en el fuego porque fueran legales.

Era la tranquilidad de que, quizá en unos pocos minutos (bueno, seguramente en bastante rato más), la pesadilla podría haber terminado.

Era el alivio de saber que, mostraran lo que mostraran las cámaras, no tendría que enfrentarse a ello sola.

Y todo gracias a ese tío al que su novio echó de su vida sin miramientos ni explicaciones.

—Muchísimas gracias, Manuel. De verdad. N…

—Arg, por Dios, no —la interrumpió él con un mohín de profundo disgusto, y ella pegó un brinco, cohibida por la brusquedad de su tono—. Manuel solo me llaman mis jefes y mi madre cuando se enfada. Cualquier cosa menos Manuel, s’il-te-plaît.

Julia no se enorgullecía de la carcajada que se le escapó.

— ¡Silteplé! —No pudo evitar mofarse—. Oui, oui, monsieur Montaraz.

Manuel (con perdón) suspiró. Parecía estar arrepintiéndose de haber abierto la boca. O las puertas de su casa a una desequilibrada. O ambas.

—Con Manu me basta, gracias.

—¿No prefieres Moli?

Esta vez el respingo lo pegó él antes de mirarla con los ojos muy abiertos durante uno, dos, tres segundos. Quizá incluso cuatro.

—No —contestó al fin, algo rígido—. Ya no.

La verdad, Julia se sentía un poco culpable. Había intentado agradecerle la ayuda de corazón y había acabado incomodándolo. O removiéndole recuerdos nada agradables, si se guiaba por su reacción.

—¿Te has dado cuenta de que te apellidas Molina y vives en Tirso de Molina?

Sí, eso era lo único que se le había ocurrido para reavivar los ánimos. Manu volvió a suspirar.

—No, Julia, jamás en mis treinta años de vida había caído en eso; fíjate.

—¿Y en que tu mejor amigo se llamaba como tu calle?

—Con semejante atención al detalle no sé para qué me necesitas, Sherlock. —Puso los ojos en blanco, pero ahí, justo ahí, en la comisura de sus labios, Julia pudo detectar un amago de sonrisa—. ¿Empezamos o qué?

—Ah, tú cuando quieras. ¡Si yo solo vengo a mirar!

—Pues también es verdad —resopló, negando con la cabeza—. En fin, señálame aquí —en el mapa dinámico del Ayuntamiento— qué cámara pilla más cerca de tu casa y escríbeme aquí —en un post-it que le acercó— la matrícula del coche en el que iba.

Lo hizo. Manu clicó enseguida sobre la cámara en cuestión y buscó el código correspondiente a la misma en su megacarpeta de grabaciones. Al abrir el archivo, giró un poco el monitor hacia ella, preguntándole sin palabras si reconocía la calle. Julia asintió. Y es que no solo la reconocía, sino que…

—Ese es mi edificio —dijo, apuntando a un recuadro borroso a mitad de pantalla—. El garaje está ahí, en esta cuestecita. ¿Ves la puerta?

Él alzó las cejas.

—Menuda potra. Creía que iba a tener que tirar de… Y encima está superbaja. Normalmente las ponen bien alto, para que abarquen bastante. ¿Qué estáis, al lado de una rotonda? ¿Haciendo frontera con otro código postal?

—Dímelo tú —sonrió Julia—. Seguro que tardas menos de veinte segundos en averiguarlo.

—Mírala qué graciosa. En fin. ¿A qué hora dirías que llegó tu Romeo con el fiambre?

—A las siete y media justas.

Por su cara, Manu había estado a punto de soltar otro comentario, pero entonces sus ojos se estrecharon en dos finas líneas grises.

Julia siguió la dirección de su mirada y ahí estaba el difunto Ford Focus de Tirso, las luces de freno encendidas según enfilaba el morro garaje abajo.

En una esquinita de la pantalla, un reloj digital marcaba las 19:30:04.

—Ya decía yo que me sonaba la matrícula. —Y su voz salió extrañamente tirante, como si se debatiese entre seguir hablando o tragárselo—. Al final convenció a su padre de que se lo diera.

Hubo un pequeño silencio enrarecido entre que Manu seguía contemplando la pantalla con algo muy parecido a la melancolía y que Julia decidía callarse el destino del coche.

No aportaba nada a la conversación, al menos de momento, y tenía miedo de que decírselo diera pie a que Manu le preguntara directamente por el padre de Tirso.

Si acaso, prefería contarle la mala nueva cuando las cámaras de tráfico le enseñaran a su novio volviendo de un desguace de maniquíes o algo así.

Manu avanzó un poco el vídeo. A las 19:36:56; el morro del Focus volvía a emerger de la cuesta del garaje, y este asintió.

—OK. Pues, con tu permiso…

Más tecleos. Julia tuvo tiempo de verlo introducir la matrícula en un comando aparte antes de que la típica hilera de números y letras oscureciera la pantalla.

Por lo que pudo entender de los datos expuestos, Manu había iniciado dos barridos simultáneos de la matrícula en las grabaciones de las cámaras colindantes a la de su calle, uno de las horas previas a las 19:30 y otro desde las 19:36 en adelante.