6. De 85033 a 182600
El Cabify la dejó en una esquinita de la plaza Tirso de Molina, incapaz de meter más el morro entre los autobuses urbanos, los domingueros que se habían quedado de cervezas después del Rastro y los quioscos de flores viviendo su cénit en pleno finde del día de la Madre.
Julia, que no estaba acostumbrada a tener chófer, le preguntó cuánto le debía, y el señor le respondió muy amable que ya estaba pagado.
En un primer momento se resistió a que Manuel jugara la carta de cerebrito millonetis con ella, pero luego se dijo que, con la de anuncios que llevaba vistos desde el jueves, prácticamente se lo habría costeado ella misma.
El edificio de Manuel no fue difícil de encontrar.
Estaba en la misma plaza, de cara a la salida del metro, y su fachada color teja despuntaba por encima de los tonos vainillas de sus vecinas.
Balcones de hierro forjado, ventanales señoriales y cuatro pisos, tres de ellos divididos en puertas A, B, C y D.
El cuarto no, claro. El cuarto solo tenía un único telefonillo acompañado de la etiqueta «Familia Molina».
Familia. Si Manuel había conseguido callarse que tenía esposa e hijos, Julia iba a sorprenderse mucho.
Sin embargo, la mujer que la recibió en el cuarto desde luego que no era su esposa.
—Ay, tú debes de ser Julia. ¡Encantada! Me pillas justo saliendo, pero pasa, pasa, que Manu avisó de que vendrías. ¡Manu, mon doudou ! Ton amie est là!
—¡Voy!
Manuel apareció enseguida al fondo de un pasillo kilométrico, gracias a Dios vestido de paisano y no de traje, así que Julia se aferró a eso para no sentirse apabullantemente zarrapastrosa al lado de aquella mujerona engalanada de noche a las cinco de la tarde.
Ni en mil vidas conseguiría ella desprender esa mezcla perfecta entre Anastasia Románova y su abuela emperatriz. Las de la peli de dibujos, que conste.
Cuando Manuel llegó a su altura, ellos dos intercambiaron un par de frases en francés antes de que la mujer se despidiera de él con un sonoro beso en la mejilla y de ella con un apretón rápido en la muñeca.
—¿Qué? —dijo Manuel por todo saludo en cuanto cerró la puerta, mirándola con una ceja enarcada.
—¿Qué de qué?
—Estabas mirando a mi madre como si fuese un alien.
—¿¡Tu madre !?
EMBARAZO ADOLESCENTE.
—Puedo oírte pensar en mayúsculas.
—Perdón. Es que no me salen las cuentas —admitió Julia.
Eso le hizo gracia, al menos, porque rebufó por la nariz mientras esbozaba la primera sonrisa que Julia le veía en persona.
Oh, ahí había dinero. En esos dientes, en esa familia, en esa casa.
Sobre todo en la casa. ¿Quién seguía viviendo entre lámparas de araña y techos artesonados en el siglo XXI ? Los Molina, al parecer.
—Sí, me tuvo muy joven. Venga, vamos al despacho.
Por desgracia, el muy estirado no tuvo a bien hacerle un tour del piso, pero nada le impidió cotillear de pasada mientras lo seguía pasillo adentro.
Y pudo hacerlo bien a gusto, porque todas las puertas estaban abiertas de par en par, deslumbrándola con sus exquisitos papeles pintados, sus sofás de ante y sus jarrones de Murano.
Casi le daba agobio pisar las alfombras.
Manuel iba en calcetines. ¿Debería ella haberse quitado las playeras?
Aunque no recordaba haber visto ningún zapatero en el recibidor.
O un ropero. Ni siquiera un paragüero. De hecho, ahora que se fijaba, cuanto más avanzaban, más pesado se le hacía el silencio, más vacías las habitaciones. Menos habitable la casa en sí.
Quizá porque no parecía una casa. Parecía un museo.
El despacho del fondo no era la excepción. Le daba la impresión de que cien años atrás le habrían denegado el paso por ser mujer. Dios, si hasta había una mesita arrinconada repleta de botellas de licores ambarinos. En cualquier momento Manuel se encendería un puro.
—Podría haberlo mirado por mi parte y darte la buena nueva —empezó este, arrastrando una butaquita de cuero tras el escritorio, junto a la suya propia—, pero he querido que estuvieras presente en el proceso para ahorrarte paranoias.
Supuse que una persona que ha hurgado en mi LinkedIn hasta dar con un post de hace tres años no iba a aceptar un simple «tranqui, tu novio es inocente» sin pruebas.
Julia no dijo nada mientras tomaba asiento a su lado.
El ordenador de torre en el que ahora tecleaba Manuel era lo más moderno de toda la habitación, y quizá también de la casa (quizá incluso del barrio entero).
Su ropa, en cambio, tenía poco de futurista y mucho de retro.
Julia no recordaba la última vez que había visto a un chico llevar la camiseta metida por dentro de unos vaqueros de talle alto.
—Asumes que va a haber buenas nuevas —dijo al fin, más bajito de lo que pretendía.
Él asintió sin mirarla.
—No sé cómo será el Tirso actual, pero te aseguro que no es un asesino.
Conmigo nunca fue violento, ni marrullero, ni…
—Arrugó la nariz—. Se regía por el mismo sistema de valores que sus padres, y jamás querría decepcionarlos.
Si lo que viste en tu garaje de verdad era un cadáver, pondría la mano en el fuego a que de víctima no tenía nada.
—¿Crees que pudo ser en defensa propia?
—¿Es que tú no?
Ahora sí, la miró. Directamente a los ojos, además, para darle énfasis a la crítica encubierta. Julia se envaró, ofendida, aunque entendía su postura. No le quedaba otra que explicarse, pues.
—Me gustaría creerlo —remarcó—. Pero si hubiera sido eso, o si se hubiera metido en un lío gordo… ¿No habría actuado diferente? ¿No habría, yo qué sé, pasado la noche en vela o perdido el apetito o algo así? Y no pasó. No estaba ni nervioso. Me sacó a cenar como si nada.
—Bueno, tú también saliste a cenar como si nada.
Ella negó con la cabeza.
—Pero él sí me lo notó; él sí me notó que estaba rara. Y yo se lo hubiera notado a él.
Manuel no insistió. Solo hizo un ruidito que podría significar cualquier cosa y se volvió hacia el ordenador, retomando su vertiginoso tecleo.
Julia permaneció educadamente callada y aún más educadamente erguida, con las manos entrelazadas sobre el regazo como la señorita que (no) era.
Aunque tenía los ojos fijos en la pantalla, ni siquiera hizo intento de seguir el laberinto de carpetas, webs o descargas en las que Manuel clicaba y clicaba. Y encima todo en modo oscuro.
Tras unos segundos en completo silencio, Manuel la miró de reojo:
—¿Quieres que vaya explicándote lo que voy haciendo?
—Mmm, con que me expliques el objetivo me basta. Lo demás no lo voy a entender.
—Vale, pues… Iba a empezar ya, así que… Mira.
¿Ves este plano? —Amplió la pestaña—. Es un mapa del estado del tráfico de Madrid en tiempo real, cortesía de nuestro querido Ayuntamiento.
Si seleccionamos esta opción, nos marcará el número y la ubicación de todas las cámaras fijas instaladas en la ciudad.
—¿Solo trescientas cincuenta? Me parecen pocas.
—Piensa que esto es solo para consultar cómo andan las carreteras. No necesitan una cámara en cada esquina, que no son radares.
De acuerdo. Ya se hacía una idea de por dónde iban los tiros…
—¿Y si pinchas en una cámara te enseña la retransmisión en directo? —aventuró Julia.
—Nop —respondió él, complacido con la pregunta por algún motivo—. Lo que hacen es subir fotos de la carretera en cuestión cada media hora o así. La DGT también, pero ellos solo de las importantes. La M-30, la A-2 y tal.
Uh. Pues no iban por ahí los tiros, entonces.
Manuel sonrió.
—Ahora es cuando me preguntas para qué nos sirve todo esto.
—Me alegro de que seas consciente de que no le veo la utilidad.
—¡Porque no la tiene! —pio—. Al menos, para ti.
Por suerte, me tienes a mí, y yo sé dónde puedo encontrar el archivo completo de las grabaciones de todas estas cámaras hasta un máximo de seis meses.
—Abrió otra pestaña—. Solo tengo que seleccionar la cámara, la fecha y el tramo de horas que me interesan…
San Valentín, ¿verdad? —Julia asintió—. Y, para no pillarnos, vamos a poner de nueve de la mañana del día catorce a las nueve del día quince, ¿te parece?
Son veinticuatro horas de cobertura. Bien, pues una vez hecho esto indico el formato, el destinatario, pulso «Solicitar» y…
Voilà! En unas doce horas mi contacto me enviará el enlace de descarga con el archivo correspondiente.
La sonrisa Trident White que le dedicó entonces la dejó más planchada incluso que el final de su perorata.
—¿¡Doce horas!? —chirrió, entre pálida y roja—. ¿¡Qu…!?
—Shh —la cortó él, todavía radiante—. No saquemos conclusiones precipitadas. ¿No has visto que no he clicado en «Solicitar»?
—O sea que encima tenemos que esperar doce horas y tres minutos.
—Nah. Tenemos que esperar cero horas y cero minutos, porque aquí tu mesías se ha tirado estos dos últimos días acumulando los vídeos de todas y cada una de las cámaras de Madrid para que, cuando llegaras, podamos seguir el coche de Tirso desde que salió de tu portal hasta donde sea que se dirigiese, y a la inversa.
Tenemos cada rotonda, semáforo y parking cubiertos.
Si Tirso hizo algo feo en San Valentín, sabremos dónde y cuándo.
—Le dio una palmadita a la torre bajo el escritorio como se la daría a un perrete—.
Por eso te he citado aquí y no en mi casa.
Mi portátil va como un tiro, pero hay veces que uno no necesita velocidad, sino fondo. Y de fondo este machote va sobrao.
Demasiada información de golpe. Si los humanos pudieran cortocircuitar, Julia estaría peligrosamente cerca de ello. Balbuceó un par de veces, ridícula como ella sola, antes de conseguir articular un débil:
—¿Has recabado todas las grabaciones de ese día de las trescientas cámaras de tráfico de Madrid?
—Y de las que no son de tráfico —rio él, todo ufano—. No quería dejarme cabos sueltos. Me ha costado un buen pico, pero mejor prevenir que curar, ¿no?
Silencio.