5. Justos por pecadores
Justos por pecadores
Julia miró en rededor, incómoda, mientras Manuel reía y reía. A mandíbula batiente, además, como si acabara de escuchar el chiste más gracioso de su vida. Tenía hasta lagrimitas en las pestañas.
Estaban en un Starbucks del centro, a esas horas lo suficientemente vacío como para sentirse a salvo contándole sus pesquisas pero lo suficientemente lleno como para que sus voces se difuminaran entre las del resto de los clientes.
Clientes que ahora les lanzaban miraditas mitad curiosas mitad recriminatorias. Julia quería morirse de la vergüenza.
—Corta el rollo —le siseó, tras hacer contacto visual con un malhumorado barista.
—¡Córtalo tú! —replicó Manuel, aún risueño—. ¿Cómo me…? Venga, suéltalo, ¿dónde llevas la cámara oculta?
Ella alzó las cejas, impávida.
—No hay ninguna cámara oculta.
—Ya, claro. —Paró un instante de reírse solo para darle un sorbito minúsculo a su americano.
Le había puesto una cantidad ingente de azúcar—.
Mira, no sé de qué medio vienes, pero no tiene gracia, y si te envía la competencia podemos dejarlo aquí porque tampoco es el método ideal para sonsacarme información.
Se cruzaron de brazos a la vez, ambos con el café en una mano, ambos reclinados muy rectos contra el respaldo de su silla, ambos estudiándose mutuamente.
Julia frunció los labios, ponderando cómo reconducir la conversación ahora que su plan no había salido como esperaba.
Y mira que le había costado reunir valor para inclinarse hacia él y, en un susurro, decir: «Creo que a los dos nos gustaría olvidar cierto suceso relacionado con Tirso Mihura».
Manuel se había limitado a ladear la cabeza como un cachorro confuso (gesto que a Julia le había parecido el culmen del disimulo) antes de, tras varios segundos en silencio, alentarla a especificar con un «Me temo que vas a tener que refrescarme la memoria».
Las risotadas habían venido después, en cuanto Julia había pronunciado aquel «Suelo preguntarme qué hizo con el cuerpo, aunque estoy bastante segura de que lo disolvió en ácido».
¿En serio el señor «solo nos queda trabajar por ser todo lo valientes que desearíamos haber sido» no sabía nada del tema? ¿O es que tenía más instinto de preservación que sentido de la justicia? Mmm. Quizá Julia debería aprender de él.
—¿Qué ocurrió entre vosotros? —optó por preguntarle, con la voz más neutra posible.
Manuel ya no se reía. Ni siquiera sonreía.
—¿Quién quiere saberlo?
—Solo yo. No vengo de parte de nadie.
—Solo tú —repitió él, igualándola en impavidez—. La supuesta novia de Tirso.
—Ahá.
—Vale, a ver. —Manuel dejó la taza en su platito y la envolvió con ambas manos—.
Julia, ¿verdad? —Ella asintió—. No sé qué te habrá contado Tirso de mí, o en qué chanchullos estará metido ahora, pero yo ahí ni pincho ni corto.
No he vuelto a tocar su código, ni siquiera he reutilizado mi parte en ninguno de mis modelos desde entonces.
Empecé de cero tal como hizo él y no tengo ningún interés en su copyright ni actual ni pasado.
—Hizo una mueca—. Si va a ponerse en plan mafioso puedo enseñarle la blueprint, pero si detecto que la usa emprenderé acciones legales en su contra, ¿entendido?
Ay. Desde luego, eso no sonaba a homicidio.
Sí sonaba chungo, pero no a esa clase específica de chungo.
¿De verdad Manuel creía que Tirso le mandaría amenazas veladas si lo pillara usando alguno de sus…
programas (¿«programas»?)? Hombre, estaría feo de ser así.
No que Tirso quisiera darle un toque de atención, sino que Manuel estuviera enriqueciéndose en Microsoft con el trabajo de otra persona.
Manuel volvió a ladear la cabeza, evaluando su reacción.
—No tienes ni idea de lo que te estoy hablando, ¿verdad?
Julia asintió.
—Y tú tampoco de lo que te estoy hablando yo, ¿no?
A él no le hizo falta asentir. Estaba claro.
Durante unos largos, larguísimos minutos, reinó el silencio.
Julia no había sentido tanto miedo desde el 14 de febrero, un vértigo en la boca del estómago muy parecido a una náusea, o a un grito.
Acababa de arrojar a Tirso a los lobos. Si realmente Manuel no sabía nada, y por cómo empalidecía más y más a cada segundo, era la opción más probable; Julia acababa de cagarla hasta el fondo.
Vale que a ella no se le ocurriría ni harta vino denunciarlo a la policía, pero ¿y si a Manuel sí?
¿Y si se ponía a indagar con sus sistemas de seguridad y encontraba todas las pruebas incriminatorias habidas y por haber contra Tirso?
¿Y si Manuel decidía por ella qué iba a ser de su futuro juntos?
«¿Y no era ese el objetivo?», le criticó la vocecilla humana de Muu.
—Has dicho que disolvió un cuerpo en ácido.
—¡Era broma! —chirrió, mareada de pánico. Se sentía enferma. A punto de vomitar, incluso.
—Estás temblando —observó él, señalando con el mentón su vaso de café con hielo. Los cubitos tintineaban delatoramente.
—¡De nervios! Es que es mi séptimo café del día. Soy la becaria. Nunca había hecho esto. —Soltó una risita histriónica—. Ha sido cosa de mi jefa; ya sabes cómo son los periodistas.
—Un poco vieja para ser becaria, ¿no?
— Oye.
Muy, muy despacito, Manuel alargó una mano y la puso bocabajo sobre el vaso, empujando poco a poco hasta conseguir que Julia lo dejara sobre la mesa.
Tenía los nudillos blancos de apretarlo.
Tenía ganas de llorar. Y, cuando por fin alzó la vista de nuevo hacia él, su palidez había adquirido un tono verduzco con el que se sentía identificadísima.
—El Tirso que yo conocía ya no existe —dijo Manuel, mirándola directamente a los ojos.
Eso dolió. Oír sus propios miedos en voz alta—.
Cambió de pronto, de la noche a la mañana, a tal extremo que era incapaz de reconocer en él a mi amigo más antiguo.
No hubo ninguna discusión, ni ningún altercado; nada.
Simplemente paró de responder mis mensajes y llamadas, aunque eso fue bastante antes de dar de baja su número de móvil y borrarse las redes sociales.
No insistí. Ni siquiera insistí cuando lo encontré por LinkedIn años después.
—Su mano se crispó sobre el vaso, pero no cambió el gesto.
Seguía mirándola con enfermiza intensidad, como si cada palabra fuera un testimonio distinto, una prueba individual de cada crimen que Tirso (nunca) había cometido—.
Se había abierto perfiles nuevos, se movía en otros círculos.
Hizo borrón y cuenta nueva solo para echarme de su vida y a mí no me quedó otra que tragar. ¿Eso era lo que querías saber?
Julia volvió a asentir. Manuel retiró la mano.
—Ahora tú.
—¿Yo?
—Sí. Cuéntamelo o investigaré por mi lado, y no puedo garantizarte que Tirso no vaya a pillarme.
La verdad, no tenía claro si estaba amenazando con delatarla o con delatarse, pero daba igual porque ambas opciones terminarían fatal. Julia se había cavado su propia tumba y la única forma de volver a taparla era arrastrándolo con ella.
—En San Valentín —empezó, tan bajito que Manuel tuvo que inclinarse hacia delante para oírla— bajé al garaje y vi un c… Lo vi en su maletero. Envuelto en bolsas con cinta aislante.
—¿Estás segura de que era eso?
—Con esa forma, no podía ser otra cosa.
—¿Tienes pruebas de que era eso?
No respondió. No pensaba darle nada más.
Incluso decirle que no podía recabar ninguna prueba porque el maletero aludido estaría ya hecho trizas en el desguace sería suficiente información para alguien como Manuel.
Y esta vez fue Manuel quien asintió, como si lo supiera.
No lo de que no tuviera pruebas, sino lo de que no las compartiría con él.
Para protegerse a sí misma de Tirso y a él de sí mismo.
—¿Crees que estás en peligro? —le preguntó después—. ¿Inminente?
—No.
—¿Crees que lo estoy yo?
—Tampoco.
—Vale. Genial. Eso está genial.
¿Por qué lo había dicho así, con un suspiro visiblemente aliviado?
—Muchas gracias, Julia. Ahora que ambos hemos verbalizado nuestros traumas sobre Tirso, podemos empezar a arreglarlos.
—¡Uy, no, gracias!
No había levantado ni un palmo de la silla para salir escopetada de allí cuando Manuel la agarró del brazo para volver a sentarla de un tirón. Julia trastabilló más por la sorpresa que por el zarandeo, al igual que si se puso roja fue más por la rabia que por el bochorno.
—Perdona —se apresuró a disculparse Manuel, aunque no la miraba a ella, sino más allá de ella, al resto de la sala. Debían de haber llamado la atención de más de uno (otra vez)—. Me he puesto nervioso.
—Me da igual. Si vuelves a tocarme le cuento a Tirso una versión muy distinta de lo que ha pasado aquí.
En vez de replicar, como Julia había esperado que hiciera, Manuel frunció los labios y asintió de nuevo. Ah, así que la creía. Manuel la creía. Quizá no había presenciado ningún crimen, pero sí veía a Tirso capaz de perpetrarlo. Tanto como lo había visto capaz de mandarle una abogada, suponía.
El estómago se le encogió con un retortijón. Ojalá fuera de hambre y no de angustia.
—Bueno, qué quieres —espetó Julia.
—Para empezar, que no vayas largándole al primero que pasa que tu novio mata gente.
—No se lo he largado al primero que pasa.
—¿No? ¿Y adónde ibas con tanta prisa?
—¿A mi casa? ¿Con mi novio?
—¿El mismo novio que mata gente?
Julia rechinó los dientes, obligándose a pensar que, en realidad, le venía bien que Manuel la tratara de lunática. Sería el mejor desenlace que podría pedirle a semejante pifia.
O no.
—¿En serio vas a irte a casa, sin más? —balbuceó Manuel, todo tieso. Parecía estupefacto.
—¿Y dónde voy a ir si no? —gruñó ella—. Vivo ahí.
—Pues, eh… A comisaría, por ejemplo.
Eso le hizo gracia, y el rebuzno que soltó por la nariz al imaginárselo le ganó como mínimo tres puntos más de perturbada. Luego frunció el ceño, uniendo los puntos.
—¿Por eso me has parado? ¿Porque creías que iba para comisaría? ¿No crees que si mi idea fuera decírselo a la poli se lo hubiera dicho ya, contigo o sin ti?