El novio ideal 4. El Moli #3
13%

4. El Moli #3

—Ninguno. Es que lo llamábamos por el apellido; Molina. Manuel Molina. —Volvió a reírse (y menos mal, porque así no oyó el gritito ahogado de sorpresa que se le escapó a su novia)—. Ni me acordaba de cuál era su nombre de pila hasta que me pasaron el listado de asistentes de la CyberExpo.

—¿¡Cómo, que va a ir!?

—No le queda otra. Es uno de los ponentes.

¡Y lo soltaba así, tan pancho! Julia se quedó muy quieta, organizando a toda prisa sus pensamientos.

No podía dejar que se le notara la sorpresa.

Es verdad que había visto algo de una feria en el Facebook de Manuel, pero ni se le había ocurrido que…

¿Qué contestaría a eso la Julia normal? ¿De qué habían estado hablando, cómo habían llegado a eso?

Ah, sí, sí; Tirso y sus amigos. De si Tirso había tenido amigos de chico.

Julia querría que Tirso tuviera más que cuatro mataos de gym con los que juntarse de vez en cuando.

Querría que tuviera algo solo suyo, como ella tenía a las Martas.

—Oye, pues a lo mejor podéis aprovechar para poneros al día…

—Mmm, lo veo difícil —respondió Tirso, extrañamente evasivo—. Yo ya he cumplido mi parte para IFEMA, así que no necesito ir allí para nada. Otra vez será. ¿Dejamos para el jueves las espinacas, entonces? Ya que compraste los piñones…

El cambio de tema se le hizo tan brusco que Julia no pudo sino asentir.

Aunque, por cómo su novio rellenaba el cuadrante correspondiente, a él no se lo había parecido.

O eso, o confiaba en que Julia pillara la indirecta, como siempre que rozaban algún asunto demasiado doloroso.

En ese aspecto (como en todos los demás) funcionaban bien: Tirso nunca necesitaba decir «no quiero hablar de esto».

Tirso simplemente le compartía los datos justos y necesarios para que ella sacara las conclusiones correctas.

Así trataban todo lo concerniente al duelo por sus padres, por ejemplo.

Se preguntó si Tirso sería consciente de que acababa de poner la pérdida del tal Moli al mismo nivel que la de sus padres. Suponía que no.

Así que Julia no insistió. Total, ya tenía todo cuanto necesitaba. La confirmación de que Manuel y él habían sido íntimos, que algo raro había pasado entre ellos y, lo más importante:

Dónde y cuándo encontrar a Manuel.

Tirso y Julia se levantaron el jueves a la vez; él para ahorrarse la caravana del puente saliendo prontito y ella para ir al trabajo como cualquier otro día.

Se despidieron en el portal, después de que Tirso se ofreciera una vez más a acercarla al Obramat y después de que Julia rehusara una vez más.

Si fuera un día normal, al final habría terminado aceptando.

Pero, como no lo era, Julia fingió haberse olvidado algo en casa y volvió a todo correr al ascensor rebuscando frenéticamente en su bolso. «¡Avisa cuando llegues!», remató mientras ametrallaba el botón del quinto.

Solo cuando vio el reluciente Sandero naranja doblar la esquina de su calle se atrevió Julia a salir de nuevo de casa. Por suerte, llegó justa a coger el autobús, así que no tuvo que esperar toda tensa por si acaso Tirso volvía y se la encontraba ahí cuando debería estar de camino al metro.

Después le escribió un mensaje a su encargada avisando de que había amanecido enferma y otro a su hermana mayor pidiéndole porfa porfa porfa un justificante médico.

A decir verdad, su primer plan había sido plantarse directamente en la charla de Manuel M(olina).

Montaraz, desarrollador de sistemas de seguridad de Microsoft España; pero había reculado toda escandalizada con solo mirar los precios.

Ya podría haberse cargado Tirso a medio Madrid que ni de coña iba a dejarse ella un tercio de sueldo en averiguarlo.

Su segundo plan, más arriesgado pero menos caro, consistía en birlarle a Tirso su pase de trabajador del IFEMA y usar la excusa de novia preocupada para conseguir que la dejaran pasar a «entregárselo».

Este tampoco había llegado a buen puerto, pues Tirso, como bien le había dicho, ya había cumplido su parte para IFEMA y, por tanto, devuelto su tarjeta identificativa.

El tercer plan había sido recorrerse de arriba abajo todos y cada uno de los posts de LinkedIn etiquetados con el hashtag de la feria con la esperanza de encontrar alguna promoción o código de entradas gratis. Sin éxito, obviamente.

El cuarto y último plan había sido aquel:

Sentarse en uno de los bancos a la entrada del pabellón correspondiente y esperar.

Y esperar. Y esperar. Y esperar.

Y esperar.

Ilusa de ella, había creído que, como la charla de Manuel era de las primeritas, el susodicho se volvería o a la cama o al curro nada más terminar, pero una publicación a las 9:01 taggeada con un #TheFutureIsWhereWeAre le recordó a las malas con quién estaba tratando.

Su objetivo no solo había llegado al IFEMA media hora antes de que abrieran, sino que tenía pensado asistir al resto de las conferencias del día y pasarse «a saludar» a todos los expositores habidos y por haber.

Julia a eso lo llamaría pesadilla. Manuel lo llamaba networking.

Por suerte, fue precisamente la incontinencia twitteril de Manuel M.

Montaraz lo que la ayudó a mantenerse firme durante las largas horas a la intemperie, desde el biruji primaveral mañanero, pasando por el tostón del sol en la nuca al mediodía, hasta la típica ventolera del atardecer.

(Todo ello aderezado, cómo no, por un hambre voraz que la tuvo a punto de rendirse un número bochornoso de veces).

De no ser porque el muy desgraciado anunciaba hasta sus paraditas a mear, Julia no habría tenido a qué anclarse.

Se conocía bien. Habría acabado pensando que no lo había visto marcharse, o que se había equivocado de pabellón, o que jamás lo reconocería entre la marabunta de cerebritos que entraba y salía del IFEMA.

Aunque también aguantó por sí misma. Porque lo tenía claro, porque lo sabía. Sabía que el tal Manuel había visto algo. Algo que, como ella, no debería haber visto… y que rompió su amistad con Tirso para siempre.

El culo de Julia estaba empezando a fusionarse con el banco cuando Manuel posteó un tocho sentidísimo sobre conectar con tus iguales en un mismo espacio proyectado hacia el mañana (significara lo que significara eso) seguido de un «el año que viene más y mejor».

—Aleluya —graznó, con la garganta seca de no haberse movido de ahí ni para rellenarse el termo de agüita.

A partir de entonces se sucedieron los minutos más tensos de su vida sin contar los del garaje.

Los pasó muy rígida, sin despegar la mirada de las puertas dobles del pabellón 9, como una verdadera exnovia psicópata.

De un momento a otro el mejor amigo de la infancia de su futuro prometido/posible homicida las cruzaría y más valía que no se le escapara porque a saber cuándo volvería a tener una oport…

Ah, ahí estaba.

Pese al apellido, Manuel tenía poco de montaraz.

Estaba lejos del prototipo de morenazo curtido criado en libertad, y según se acercaba a él quedó patente que apenas le sacaría medio palmo de altura.

Pero eso no significaba que fuera un esperpento.

Es más, las fotos no le hacían justicia.

Alguien debería decirle cuál era su perfil bueno para que el pobre pudiera explotarlo como Dios manda, porque, ahora que Julia lo veía en directo, Manu era…

guapo. Guapo de una forma que no casaba con su irritante persona virtual.

A lo mejor era culpa suya, por esperarse una ratilla de biblioteca vestida de Sheldon Cooper en vez de un businessman en traje de chaqueta.

El pelo pajizo estilado hacia atrás, las gafas de sol de marca, los Oxford calados…

Desde luego, ese tío sabía qué lugar ocupaba en la cadena alimenticia de su sector y lo demostraba a cada paso.

De pronto, Julia se sintió chiquitísima. Manuel iba solo, en una mano un maletín y en la otra su móvil, en el que tecleaba (para variar) tan concentrado como ceñudo. No parecía muy accesible. Seguro que no le daría ni la hora. Seguro que ni se dignaría a mirarla.

En fin, hora de ponerse la piel de la Julia secretaria de dirección: lidiar con CEO y demás fauna de las altas esferas empresariales sin achantarse formaba parte de su currículum.

—Disculpe, ¿señor Montaraz? Quisiera hacerle una pregunta.

—Veinte —respondió al segundo, pasándole de largo sin siquiera levantar la vista del móvil.

—¿Veinte? —barbotó ella, siguiéndolo al trote.

—Veinte días lo que tardé en diseñar el Apagón de Microsoft, veinte horas lo que tardaron ellos en contratarme para arreglarlo y veinte minutos lo que necesitaría para averiguar dónde vives.

Julia pestañeó.

—¿Y los veinte segundos?

—Los que te he dedicado. Adieu!

—¡No! Por favor. Es sobre Tirso.

Manuel frenó en seco, súbitamente rígido.

—¿Quién?

—Tirso Mihura.

—Ah, no, no. —Y retomó su camino con un suspiro aliviado—. No conozco a nadie que se llame así.

—Pues bien que pasasteis veinte años «tecleando juntos».

Esta vez, cuando volvió a detenerse, la miraba diferente. Con ojo analítico, casi suspicaz.

—¿ Ese Tirso? ¿Qué pasa con él?

—Es… Hm, ¿podríamos ir a otro sitio? ¿A tomar un café?

—Se ha metido en problemas, ¿no? ¿Eres su abogada?

Dios mío. Dios mío.

—N-no. ¿Por qué crees que necesitaría Tirso una abogada?

—Por lo mismo que necesitas tú un café, supongo. —Manuel dudó un momento, mordisqueándose infantilmente el carrillo, y luego resopló—: En fin, de perdidos al río. Ese de ahí es mi Cabify. Veamos si Asif nos deja cambiar la ruta.