4. El Moli #2
—Uff. Sácalas al balcón a que se aireen, a ver si hay suerte y se quita.
—Buena idea. Toma.
Julia tomó el relevo de las bolsas y Tirso rio entre dientes al verla arrugar la nariz cuando se inclinó para darle un beso rápido.
Podría haberle preguntado qué tenían que limpiar en el IFEMA que requiriera tal concentración de lejía, o por qué lo limpiaban con el equipo técnico aún trabajando, pero como sabía que pondría en duda todas sus respuestas se dedicó simplemente a liberar los burritos de su prisión de papel de aluminio.
Además, estaría feo pasarse la cena que el pobre había propuesto solo para animarla interrogándolo.
Si Tirso podía ser buen novio y presunto asesino a la vez, ella podía ser buena novia y espía paranoide.
Por la cuenta que le traía.
Aquel finde, Julia se tomó un tiempo para meditar cómo abordar o emplear la información recabada.
No quería precipitarse y acabar levantando las sospechas de Tirso, pero solo quedaba una semana para el puente de mayo y, por tanto, para la escapada anual de su novio a tierras navarras por funestas razones.
Tenía que sonsacarle alguna pistilla más sobre Manuel antes del próximo jueves o se tiraría los cuatro días varada en el mismo punto, sin nada que hacer salvo darle vueltas y vueltas al asunto.
Para empezar, el viernes post-2x1 en burritos Julia se paseó por la sección de productos de limpieza del Obramat después de comer.
El pasillo estaba desierto, como siempre a esas horas, así que pudo examinar cada garrafa sin interrupciones mientras se bebía su querido bifrutas tropical.
Desengrasante alcalino, limpiacemento, agua fuerte…
, todo tremendamente agresivo, pero también tremendamente efectivo para limpiar restos de obra.
Algunos ni siquiera listaban sus componentes en la etiqueta, ignoraba si porque asumían que el peón de turno sabía lo que compraba o porque necesitaban el máximo espacio posible para detallar las ominosas advertencias e instrucciones de uso.
Julia se puso mala con el primer «En caso de ingestión, NO provocar el vómito».
Aunque había tenido intención de echarle una olfateada a más de uno para comparar hedores, agradeció ver que todos llevaban tapones de seguridad.
—Uy, Julia, qué raro tú por aquí. ¿Necesitas ayuda?
De algún modo, Lolo siempre la pillaba con la boca llena, y esa vez no fue diferente. Casi parecía hacerlo adrede.
—Lolo —saludó, medio ahogada de la prisa con la que había tragado—. Pues… ¿puede?
—Pues dime —respondió él, con una sonrisa afable.
Por un momento, se planteó mentir. Luego descartó la idea.
¿Quién mejor para echarle una mano con eso que el responsable de la sección de limpieza?
Llevaba más años trabajando allí que ella; estaba curtido.
Y era muy majo. Había sido él quien la había avisado de que dirección estaba buscando a alguien para Atención al Cliente.
—Mira, es que a mi novio se le han manchado unos zapatos con algo que apesta a, ¡creo!, lejía, pero sin tenerlo claro no sé con qué lavarlos o siquiera si son salvables…
—Uh, ¿a Tirso? No se le habrá caído el disolvente, ¿no?
Julia pestañeó, confundida. Primera noticia de que Lolo y Tirso se conocieran.
—¿Disolvente?
—Sí, para no sé qué mancha del garaje. Se llevó uno hace un par de meses, ven, ¿te suena que sea este? —Y le hizo un gesto para que lo acompañara pasillo adentro—. Porque si es este olvídate de los zapatos; se lo come todo.
Por suerte o por desgracia, Julia no había visto ese bote en la vida, como tampoco había visto ninguna mancha en el garaje. ¿Lo habría guardado ahí abajo? ¿Para qué? Ah. ¿Sería la garrafa que sacó del trastero en San Valentín…?
—No lo sé —balbuceó, revueltísima—. ¿Huele a lejía?
—Más bien a amoniaco.
Ojalá supiera la diferencia. Los dos le olían fatal.
—Se supone que era algo para limpiar. ¿Esto lo usarían en el IFEMA?
Ahora fue Lolo quien pestañeó muy confuso.
—No te sigo.
—Ay, perdón. —Julia chasqueó la lengua, sintiéndose tonta—. Tirso se manchó en el IFEMA. A los de la limpieza se les volcó un cubo, pero no sabemos de qué.
—Aaah, vale, vale. ¿Y lo estás buscando aquí en vez de en un súper porque…?
Por fin una pregunta que sabía contestar:
—Porque supuse que usarían productos industriales.
La cara que puso Lolo, contra todo pronóstico, le sacó una sonrisa. La reconocía de vérsela a sí misma al darse cuenta de que se había roto la cabeza con la cosa más sencilla del mundo.
—Cierto —arrancó finalmente Lolo—. Bien visto.
Pues, a ver… Es verdad que las empresas de limpieza que trabajan para grandes almacenes y tal suelen comprar productos industriales.
Las de aquí usan el rosa ese, por ejemplo.
—Señaló un friegasuelos enorme un poco más allá—.
Es bastante fuerte, pero es que entre los albañiles que nos vienen directos de la obra y la de accidentes que tenemos en la sección de pinturas no queda otra.
¿Quieres que miremos si va con base de lejía?
Pero puede que no sea ese, ¿eh? O ninguno de los nuestros.
Cuando terminaron de comparar etiquetas (sin éxito), Julia le agradeció profusamente la ayuda y Lolo le restó importancia con un ademán antes de añadir que lo sentía por los zapatos de su novio. Estaba claro que seguía pensando que Tirso la había liado con el disolvente.
Y, a decir verdad, ella también.
El domingo por la tarde, después de casi cuarenta y ocho horas de planear cuidadosamente su estrategia, Julia acabó tirándolo todo por la borda siguiendo una corazonada.
Estaban en el sofá organizando el calendario de comidas para la semana entrante, esta vez más puzle que tarea, por eso de que querían gastar lo que les quedaba en la nevera antes de que Tirso marchara a Navarra.
Aunque puesto así sonaba aburrido, siempre acababan pasándoselo bien, y, oye, salían unos platos la mar de resultones.
De primeras, Julia había pensado sacarle el tema de Manuel durante la película que iba a proponerle para esa noche, pero la oportunidad se le presentó mucho antes y de forma mucho más natural gracias a las Martas. Benditas fueran entre todas las mujeres.
—Ay, mira, al final Pony sí que puede venirse.
—¿A la pijamada? —preguntó Tirso mientras anotaba la cena del miércoles en su pizarrita blanca.
—¡Sip!
—Qué bien, amor. —Puso los ojos en blanco al enderezarse—. Al menos uno de los dos se lo estará pasando bien este puente.
—Bueno —rio ella—, Dios dirá. Quieren ponerme nosequé serie de Batman que supuestamente va a encantarme. La de cuando es crío.
—Pues suena genial.
—Dame una sola pista y las convenzo para empezarla un día que estés tú también.
Tirso le dio un toquecito en la nariz con el rotulador como los que le daba a Muu para que soltara alguna presa (normalmente, sus calcetines).
—No seas mala. También te resistías al maratón de Jurassic Park y luego mira; me arrastraste al Museo de Ciencias Naturales y todo.
Se le escapó una risita muy fea por la nariz al recordarlo.
Cuando a Julia le daba por algo, le daba fuerte, y ya que de pequeña no había tenido la típica fase de dinosaurios (Minijulia era más chica de caballos) le había tocado pasarla de adulta.
Pero su cita en el museo había sido adorable.
¿Cuál fue, la segunda? ¿La tercera? Solía confundirla con otra, aunque para ella había marcado un antes y un después en su relación porque ahí Tirso le había compartido su extenso conocimiento jurásico (él sí había tenido la dinofase) más ilusionado que correcto y más relajado que galante.
Había sido la primera vez que Julia había visto un atisbo del verdadero Tirso.
«Verdadero».
—Cierto —admitió Julia finalmente—. Supongo que para cuando vuelvas tu novia se habrá hecho frikifan del… Pingüino, creo que me dijo Marta.
—No lo dudo. Te tienen fichada.
—¡Ya se sabe! El amigo y el vino, cuanto más antiguo más divino.
Tirso secundó el refrán con un simple «Mmm» distraído según volvía al calendario de comidas, y Julia cayó en que no había mejor preámbulo para abordar el tema de Manuel que aquel.
Tampoco mejor momento. Con la guardia baja, sentados en su esquinita del sofá como tantos otros domingos, durante aquella hora melosa entre el final de la siesta y empezar a preparar la cena.
—Nunca se me ha ocurrido preguntarte por los tuyos. ¿Tú tenías?
—¿Tener el qué? ¿Vinos o amigos?
Ni siquiera apartó los ojos del calendario para mirarla, pero sonreía.
—¡Tirso! —lo riñó ella, pegándole un empujoncito juguetón—. Amigos, claro. No digo los de ahora, esos ya me los conozco, digo de los antiguos. Como del cole, o del insti.
—Contrariamente a la creencia popular, sí, tenía amigos. Y un buen puñado, además.
—Ay, ¿y cómo es que ya no te llevas con ellos?
Tirso se encogió de hombros mientras apuntaba otra cena.
—Tampoco teníamos mucho en común salvo los ordenadores. —La miró de reojo—. No, nada de pucheros, que no es ningún drama. Cada uno siguió su camino, sin más. Como Sonia y tú.
Uy, pero qué golpe más bajo, sacar a Sonia a colación. No sabía si le sorprendía más que se acordara de ella o la comparación en sí.
—A mí lo de Sonia sí me parece un drama —murmuró ella, sin poder evitarlo.
—No me refería a que no lo fuese, perdón —y, ahora sí, Tirso se volvió para darle un besito de disculpa en el pelo—; sino a que no es culpa de nadie.
—Entonces ¿tú tenías una Sonia?
Por primera vez en la vida, a Julia le pareció que Tirso se pensaba la respuesta. ¿Es que no quería contárselo? ¿Por qué? ¿Para que no le hiciera más preguntas o…?
—Sí. Moli.
— ¿Moli? ¿¡Qué clase de nombre es ese!?
Algo en su voz debió de hacerle mucha gracia, porque Tirso rio con ganas, pero a ella no le hacía ninguna. Pobre Manu, si supiera que nunca fue el best bro de su best bro…