El novio ideal 4. El Moli
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4. El Moli

El Moli

Era una de esas raras ocasiones en que Tirso había tenido que personarse en el IFEMA, así que Julia tenía toda la casa para ella sola.

Normalmente habría aprovechado para hacer la cena, ya que era él quien se encargaba de cocinar a diario para los dos (des/ventajas del teletrabajo), pero como habían acordado pedir burritos solo necesitaba darle a un botón en cuanto Tirso avisara de que estaba de camino.

Julia se había pasado por el súper a por piñones, de todas formas.

Si al final al pobre se le alargaba el asunto, no quería que encima de llegar tarde y cansado tuviera que conformarse con unas espinacas sosas.

Muu entró al salón dejando diminutas huellas mojadas a su paso.

—No habrás vuelto a rebozarte en el plato de ducha, ¿no?

La gotita que pendía de uno de sus bigotes decía que sí.

Julia suspiró, pero como ella misma seguía apoltronada en el sofá en albornoz, empapando el reposabrazos sin remordimientos, decidió hacer la vista gorda.

Ya cerraría la mampara cuando se levantara a ponerse el pijama.

Por el momento, prefería disfrutar un rato más del simple placer de no hacer nada, arrullada por la rutinaria sinfonía de garritas rascando cartón mientras estudiaba obsesivamente las dos únicas fotos del Facebook del tal Manuel que se había atrevido a descargarse en el móvil.

Las borraría en cuanto Tirso entrara por la puerta, por si las moscas, pero hasta entonces…

De entre las fotos que salían juntos, esas eran la más antigua y la más reciente.

En la primera no sobrepasarían los ocho añitos y jugaban con sus Action Man en un patio trasero.

Debía de ser verano, por el barreño hasta arriba de agua entre ambos en el que una desventurada Barbie flotaba bocabajo.

A Manuel le faltaba un piño y a Tirso un buen rapado.

Los dos miraban a cámara como cazados en plena fechoría, la más pura imagen de Zipi y Zape si Zipi fuera tamaño chihuahua y Zape tamaño gran danés.

En la segunda ya rozarían la mitad de la veintena y celebraban el cumpleaños de un tercero en un bareto de mala muerte.

Las diferencias entre ambos se habían acentuado con el tiempo.

En todos los sentidos: donde uno era fino, el otro era corpulento; donde uno vestía de punta en blanco, el otro llevaba ropa deportiva; y donde uno sonreía, el otro permanecía serio.

Julia diría que incluso hosco. Y, atendiendo a la clara tensión en los hombros de Manuel, él pensaba lo mismo.

Hubiese pasado lo que hubiera pasado entre ellos, había explotado poco después, ya que no habían vuelto a interactuar online desde entonces.

De hecho, por parte de Tirso ni siquiera quedaba rastro de aquella amistad; todas sus menciones, respuestas o fotos subidas desaparecidas para siempre tras (obviamente) eliminarse la cuenta.

Había conversaciones enteras en las que Manuel parecía estar hablando solo, más y más sangrantes según se alejaban en el tiempo, donde Julia había llegado incluso a entrever los vestigios de un lenguaje propio.

Chistes internos, alusiones a anécdotas, motes…

Manuel y Tirso no solo habían sido amigos cercanos, habían sido mejores amigos.

Hasta que dejaron de serlo.

Julia volvió a esa primera foto del Instagram de Tirso. Ahora que se había recorrido de cabo a rabo el Facebook de Manuel, apostaría un brazo a que el fotógrafo era él. Al pobre las cámaras no se le daban muy bien.

—¿Fue por vosotros? —susurró, haciendo zoom sobre la cara borrosa de su difunta suegra.

Tenía el pelo rubio Terelu, seguramente decolorado, pero entre la calidad y las enormes gafas de sol que llevaba tampoco podía distinguir mucho más.

Como siempre, le angustió pensar que jamás sabría a quién de los dos había salido Tirso.

Él nunca solía hablar de sus padres, así que ella tampoco preguntaba—.

¿Acabaron distanciándose porque alguno gestionó mal el duelo?

No sabía qué pensar. El Tirso que ella conocía habría llevado el luto por dentro, pero si Julia había terminado rebuscando en la basura digital de Manuel era justo porque dudaba de que su versión de Tirso fuera la auténtica.

A lo mejor la muerte de sus padres lo había cambiado irreversiblemente.

Tampoco le parecería raro. Todo lo contrario, de hecho.

¿Cómo iba nadie a seguir siendo la misma persona después de perder a sus dos pilares, y encima a la vez?

Pensó en sus propios padres. En la estricta firmeza de su madre, en la docilidad campechana de su padre. Luego imaginó una vida sin ellos y le dio tanto vértigo que encerró el pensamiento bajo siete llaves para no volver a abrirlo jamás.

«Focus» , se dijo, rebobinando hasta el punto de inicio de sus divagaciones solo para darse cuenta de que, en realidad, la hipótesis del duelo fallido no se sostenía.

Porque ¿qué era lo que había escrito Manuel en el Throwback Thursday?

Que la ignorancia daba la felicidad y que no podía desverse lo ya visto, o algo así, ¿no?

Y, vale, Manuel podría estar refiriéndose a cualquier cosa, pero Julia pondría la mano en el fuego a que hablaba de Tirso por las siguientes razones:

1. Al tío le iba de puta madre. Sabía por su IG que se llevaba bien con todos sus exes ( green flag ), por su LinkedIn que había tenido y seguiría teniendo una trayectoria profesional brillante, y por su Twitter que era popular entre compañeros y aspirantes del sector.

Esto había sido así incluso por la fecha de publicación del Throw­back, por lo que el suceso al que se refería no tenía correlación ni con sus amoríos, ni con su carrera ni con su reputación.

2. El tío contaba su vida entera en redes.

ENTERITA. Cuándo estaba triste, cuándo estaba contento, cuándo enfadado, melancólico, expectante, emocionado…

A veces era más abierto, a veces más ambiguo, pero nunca se guardaba nada.

Todo cuanto pudiera saberse podía postearse.

Por consiguiente, para Manuel, ni mencionar de pasada el fallecimiento de los padres de su «best bro» estaba totalmente fuera de personaje. A no ser que:

a. Tirso le hubiera pedido que no lo hiciera.

b. Ya no tuvieran relación por entonces.

3. El tío no daba puntada sin hilo. Si algo había aprendido Julia de él tras horas y horas analizando su personalidad virtual era que, en terreno LinkedIn, cada publicación motivacional, sensiblera o didáctica obedecía a un propósito mayor; como el «Próximamente» en su cronología laboral o el webinar sobre «Liderar desde el sofá» la semana previa a lanzar un servicio especializado para teletrabajadores.

Así, que en el Throwback hubiera escogido precisamente una foto festejando su graduación para acompañar ese texto (o viceversa) implicaba que el suceso X había ocurrido durante la fiesta o muy poco después.

Y nadie hablaría así de la muerte de los padres de un amigo. De la traición de un amigo, en cambio…

«Solo nos queda hacer de tripas corazón y trabajar por ser todo lo valientes, listos o fuertes que desearíamos haber sido».

Era Tirso. Tirso había hecho algo que Manuel no podía olvidar, algo para lo que habría querido ser más valiente.

¿Por qué si no iba a subir eso a LinkedIn, aunque disfrazado de post aspiracional?

¿Por qué no ponerlo en Twitter, donde sus gracias y desgracias tenían más alcance?

¿Por qué solo compartirlo en la única red donde Tirso y él se seguían mutuamente?

Qué pena que no pudiera verse cuándo conectaron.

Seguro que no habría mucha distancia entre ambas fechas.

Seguro que el Throwback era una indirecta. O un voto de silencio.

No le gustaba la conclusión a la que estaba llegando.

Por un lado, prefería que Yolina tuviera razón con que aquello era un simple lío de faldas entre colegas. Por otro, deseaba casi con desesperación tenerla ella. Necesitaba tener razón. Necesitaba alguien con quien compartir la carga.

Ya salgo

40min

Pegó tal brinco que Muu se cayó del árbol.

—Ay, noooo… —se rio Julia, levantándose de inmediato para achucharla—. Perdón, perdón, perdón; no me acordaba de que estaba en vibración. Ea, ea —le plantó un beso de yaya en la naricilla—, ya pasó.

Muu se quejó con un alarido que haría saltar las alarmas del SEPRONA, pero se dejó mimar igualmente mientras ella pedía por fin los burritos con la mano libre.

«Salvada por la campana», pensó, con un suspiro de genuino alivio.

La última vez que había cocinado espinacas se le habían quedado tan mustias que Tirso hasta se ahorró la mentirijilla piadosa. Todo un caballero.

Durante los siguientes cuarenta minutos exactos, Julia se entretuvo recogiendo el baño, poniéndose el pijama y preparando la mesa.

Muu anunció la llegada de Tirso antes incluso de que sus llaves repiquetearan en el rellano, y cuando este atravesó la puerta lo primero que hizo fue buscar a Julia con la mirada para enseñarle las bolsas que traía de la mano.

—Mira a quién me he encontrado en el portal. Ni hecho a posta.

—¡Ostras, genial! Así puedo ir abriendo todo mientras te cambias.

Fue al acercarse a por las bolsas que lo notó. El hedor. Era incisivo hasta resultar desagradable, claramente químico, tan intenso que ni siquiera el rico aroma especiado de la comida mexicana lograba enmascararlo. Julia se detuvo en seco, con el brazo ya extendido hacia él. ¿Qué…?

—¿Julia?

—Huele a lejía —soltó sin pensar.

Por unos segundos, Tirso solo la miró, desconcertado, pero enseguida se recompuso con un suspiro hastiado y un asentimiento rendido.

—Sí. Los iluminados de la limpieza la han pifiado pero bien justo cuando estábamos terminando, por eso he salido tan tarde.

—¿Y es que te ha caído toda encima? —Julia tanteó la manga que asomaba por debajo de su abrigo, como esperando encontrarla calada—. ¿Dónde ha sido?

—No, por suerte solo me he manchado las suelas. Les he dado un agua en el baño, pero al ser goma, el olor…