El novio ideal 3. El perfil n.º 308 #3
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3. El perfil n.º 308 #3

3. CEO y fundador de MMM desde febrero. Qué se suponía que era MMM quedaba a la imaginación de cada uno, pues ni enlazaba con ningún perfil de empresa ni se ofrecía más descripción que un enigmático «Próximamente».

Julia se cruzó de brazos, pensativa. Tirso nunca había trabajado para Microsoft, y, aunque dentro de poco terminaría el encargo de IFEMA, ya le había comentado que tenía algo acordado con una cadena hotelera para después.

Dudaba de que MMM fuera una cadena hotelera.

También dudaba de que tuviera nada que ver con Tirso más allá de haberse fundado en el mismo mes en que ella le pilló un cadáver en el maletero.

Pero era la única pista que tenía, así que no le quedaba otra que bucear entre los cientos (¡cientos!) de publicaciones del compi de clase de su novio en busca de migajas.

El hecho de que pusiera hashtags hasta en el post más absurdo ayudó, ya que el tío parecía usarlos más para sí mismo que para ganar visibilidad, como a modo de…

¿registro? ¿Catalogación? Porque tenían su lógica interna, eso estaba claro: «#dreamers» para contenido sobre avances tecnológicos, «#builders» para nuevas incorporaciones al equipo, «#givers» para seminarios online impartidos vía LinkedIn, «#oracles» (que no Oracle) para reiterar su admiración hacia ciertos profesionales o procedimientos del sector…

Una vez crackeado el código, Julia probó todas y cada una de las combinaciones de «Manuel Montaraz + Tirso Mihura + #tag» y obtuvo la abrumadora cantidad de cero (0) resultados.

No habían interactuado ni una sola vez. Ni una mínima mención, ni un mísero like . Nada.

—¿Nada? —coreó Yolina sus pensamientos al verla tachar el último hashtag de su tercer post-it de gatito.

—Nada —confirmó ella—. Pero eso me pasa por poner todas mis esperanzas en un adicto a LinkedIn.

Lo máximo que he encontrado ha sido este Throwback Thursday lacrimógeno a la noche de su graduación, mira.

—Julia se aclaró teatralmente la garganta—: «El chavalín que subió esta selfie a Facebook borracho perdido con el birrete aplastado creía saberlo todo.

Supongo que es cierto eso de que la ignorancia da la felicidad.

Pero no se puede desver lo que ya se ha visto ni desoír lo que ya se ha oído, así que solo nos queda hacer de tripas corazón y trabajar por ser todo lo valientes, listos o fuertes que desearíamos haber sido».

Hashtag «TBT», «siemprehaciadelante» y «recordaresperder».

Yolina enarcó una ceja.

—Suena a que su crush se lio con otro en la fiesta.

—Total.

—¿Y qué relación tiene tu Tirso con nuestro desdichado protagonista? ¿Fue él quien se la levantó o…?

Julia se rio.

—Lo dudo mucho. Fueron juntos al cole y a la uni, pero solo están conectados por LinkedIn y nunca han interaccionado. Supongo que se siguieron por compromiso. Aunque, bueno… —Frunció los labios mientras releía el post—. Dice que subió esta foto a Facebook, voy a ver si…

Tirso siempre le repetía que eliminase todas sus cuentas o usuarios en desuso en lugar de abandonarlos sin más, porque cada cosita subida a internet era una puerta por la que alguien podía colarse.

El antiguo Facebook de Manuel M. Montaraz no era una puerta, era directamente el Arco del Triunfo.

Julia estaba escandalizada. ¿Y este tío trabajaba en ciberseguridad? Dios santo, pero si tenía ahí hasta fotos haciendo botellón a sus (dudosos) dieciocho añitos.

«Podría ser peor —se obligó a pensar—. Podría haber sido Tuenti». Le recorrió un escalofrío solo de imaginárselo y se prometió no husmear más allá de lo que pudiera soportar. La vergüenza ajena siempre había sido su kriptonita.

—Uff —resopló Yolina. Julia pegó un brinco. Se le había olvidado que seguía ahí—. Mucho ánimo. Te va a hacer falta.

—En realidad no. Si usaba Facebook como usa LinkedIn, seguro que las tiene todas archivadas por álbumes.

Bingo.

Cuarenta y dos álbumes, uno de ellos titulado «Weavers’ Peak».

Más hinchada que un pavo real, Julia clicó en la carpeta y toda una galería de fotografías grupales se desplegó ante ellas.

Por fin una cosa que le salía bien. Seguro que luego el hallazgo no le servía para nada, pero se lo tomó como una minivictoria igualmente porque había tenido un día muy muy largo y seguía varada en el mismo punto que aquella mañana y todavía le quedaban otros treinta y tres perfiles de LinkedIn por revisar y no le hacía daño a nadie por regodearse un poquito en lo mal que salían el pobre Manu y su colega en la primera foto del álbum.

Espera.

—Uy, ¿no es ese tu chico?

Y tanto que lo era. Reconocería esa sonrisa de rapaz en cualquier parte, porque solo la había visto una única vez: en el Instagram de Tirso, posando todo risueño entre sus difuntos padres.

Jamás habría pensado que volvería a encontrarla ahí, en lo más profundo del Facebook abandonado de un desconocido.

Un desconocido junto al que, más de diez años atrás, se había sacado una foto con el diploma enarbolado a lo alto como si fuera el trofeo de la Eurocopa.

«Por otros 20 años tecleando juntos», rezaba el texto del post.

—Hostia.