El novio ideal 3. El perfil n.º 308 #2
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3. El perfil n.º 308 #2

—Ah…

—Bueno, entonces, ¿qué? ¿Qué estamos buscando? —Yolina señaló con la barbilla las cuarenta pestañas abiertas en modo incógnito, las restantes del quinto lote de sesenta—. ¿Compas de cacería? ¿Novietas de la infancia? ¿Un posible rollo homo­e­rótico?

No pudo más que encogerse de hombros, derrotada. Si le explicaba por entero su modus operandi revelaría demasiado, pero contarle solo que andaba espiando con quién se relacionaba Tirso tampoco le convencía. Sería difamarlo de gratis.

«Difamarlo», se repitió, un tanto descolocada. ¿En serio? ¿En serio veía peor pintar a su novio de infiel que de asesino? ¿Qué coño le pasaba? ¿Tan poca autoestima tenía que prefería que matase gente a que se la estuviera pegando con alguien?

Vaya cara debía de llevar puesta para que Yolina le diera un apretoncito cariñoso en el brazo. Julia se sintió todavía peor. Que le sacaba casi diez años, por Dios. Una mujer adulta no debería necesitar que la consolara una pipiola descocada, y menos aún durante la jornada laboral.

—¿Qué tal si lo dejas para mañana? Nos vamos en media hora y si encuentras algo ahora acabarás saliendo tarde. Mejor conserva las fuerzas para los… ¿cuántos te faltan?

—Unos ciento diez.

Yolina alzó mucho las cejas.

—Espero que no se haya liado con todos esos.

—Yo también.

Al final, Julia siguió el sabio consejo de su jovencísima compi de turno y aprovechó aquellos últimos treinta minutillos para enviar un puñado de e-mails de seguimiento que llevaba toda la tarde posponiendo.

Llegó a casa a tiempo para hacerle de pinche de cocina a Tirso, encantada de tener algo con lo que seguir distrayéndose. Él también parecía encantado, aunque en cuanto pasaron a poner la mesa Julia lo notó mirarla de arriba abajo.

—¿Mal día?

—Fatídico —asintió ella—. Y mañana pinta peor.

—Mmm. ¿Mejoraría si pidiéramos cena? Los jueves hay 2x1 en el sitio ese de burritos que te gusta.

Julia se volvió para echarle una ojeada al calendario imantado a la nevera. Cada domingo sin falta sacaban un ratito para planear su propio menú semanal, y estaban a punto de sobrepasar el récord de días seguidos sin saltárselo (63).

—¿Y romper nuestra mejor racha hasta ahora?

—Hacía mucho que no te veía tantas ojeras —dijo por toda respuesta—. ¿No hay ningún refrán que diga algo en plan… «Date un atracón y dormirás del tirón»?

—No —sonrió—, pero debería.

—Pues ea, mañana burritos. —Y, en vez de terminar primero de servirse, Tirso marchó plato en mano a corregir el calendario.

La casa entera olía a rollitos de pollo a la canela y cuando Julia se sentó a la mesa sintió toda la tensión del día abandonando su cuerpo, dejándola hecha gelatina—.

Anda, te tocaba pasarte a por piñones para las espinacas, así que encima te ahorras un viaje. ¿Qué te parece?

Ella suspiró, mirándolo ensimismada.

—Perfecto.

Obviamente, no se refería al plan.

El profetizado jueves fatídico no fue tan fatídico como había temido. De hecho, acabó siendo bastante resultón.

Para empezar, ninguno de los clientes del día dio problemas, y quienes se acercaron a poner reclamaciones lo hicieron comprensiva y calmadamente (lo cual era rarísimo).

Para seguir, Yolina volvió de su primer descanso con un taquito de post-its en forma de gato del Alcampo vecino y se lo lanzó al vuelo con un jocoso «Tú».

A Julia le había costado unir los puntos hasta que cayó en que el gato llevaba una lupa y un gorrito de detective.

«¡Miau! ¡Aquí hay donde rascar!», se leía al pie.

No pudo evitar darle un besito en cuanto lo liberó de su envoltorio, insuflada de energía para una nueva ronda de stalkeo parejil.

Y, aunque la vio ponerse a ello, Yolina no le ofreció ayuda esta vez, quizá creyendo que la tarde anterior Julia no le había respondido qué buscaba de su novio por reparo.

Ay, claro, por eso el post-it: sería su modo de animarla desde los márgenes.

Desde luego, había funcionado. Y así además no tendría que inventarse ninguna historieta, ni enfrentarse a que Yolina la tomara por loca cuando tratara de explicarle que no podía ayudarla porque ni siquiera ella misma sabía qué estaba buscando exactamente.

Porque, en serio, ¿qué estaba buscando?

Vale, desaparecidos. ¿Y luego?

Pues cualquier cosa rara. Cualquier cosa que no cuadrara, que le diese mala vibra o extrañeza. Algo que no encajase con su versión de Tirso.

En resumen: algo que solo ella podría detectar.

Así que mejor así. Ni terceros involucrados, ni medias verdades, ni nada.

—Juan Palomo —murmuró para sí, clicando en el primero de muchos perfiles por venir—. Yo me lo guiso, yo me lo como.

—¿Cómo?

—Ah, nada, nada. Estaba hablando sola.

—¡Vale!

Lo que siguió a ese breve intercambio fueron otras tantas horas de hyperfocus linkediniano.

Julia no paró ni a comer, ni para ir al baño; solo interrumpiéndose para atender clientes y responder e-mails. Todo lo demás (lo pendiente, lo secundario, lo irrelevante) lo había dejado bien atadito a principio de jornada o en manos de la Julia del futuro.

Trabajaba a buen ritmo, saltando de perfil en perfil con la eficiencia del que ya sabe dónde mirar, qué teclear, cuándo pasar al siguiente. Con suerte, acabaría ese mismo día. Debería estar contenta. Debería alegrarle poder ponerle punto final a la búsqueda en tan solo treinta y seis perfiles más.

Y, sin embargo, cuanto más avanzaba por la recta final, más se le agriaba el estómago.

No iba a quedarse tranquila, lo sabía. Aunque no encontrase ninguna pista incriminatoria, aunque todo apuntase a que Tirso era, y siempre había sido, un novio modélico, Julia ya jamás volvería a verlo con los mismos ojos.

Simplemente asumiría que Tirso borraba sus huellas mejor de lo que ella podía seguirlas.

Por supuesto, podría probar a cotillearle el móvil, o el portátil, pero siendo que pertenecían a un profesional de la tecnología lo más probable sería que la pillase él a ella. Y entonces daría igual si Tirso era o no inocente porque Julia lo perdería de todas formas. Y entonces…

Y entonces Julia dio con Manu.

Manuel M. Montaraz era el perfil n.º 308 y su CV académico parecía un copiapega del de Tirso.

Misma promoción del mismo colegio francés; misma titulación en la misma universidad; mismas especializaciones, certificados, másteres. Hasta las prácticas las habían hecho en el mismo sitio. ¡Y a la vez!

Julia se echó a temblar al instante de puro nerviosismo, incapaz de creerse lo que estaba viendo. Lo revisó todo una, dos, tres veces, pero no, no estaba delirando: esos dos se conocían como mínimo desde el instituto y como máximo desde parvulario.

«¡Miau! ¡Aquí hay donde rascar!», resonó en su cabeza.

Antes siquiera de ponerse a comparar cronologías laborales, Julia volvió al inicio de la página para chequear que el chaval seguía vivito y coleando.

Fue casi ridículo, el suspiro de alivio que salió de entre sus labios al ver que tan solo quince minutos atrás había compartido un anuncio de nosequé feria de ciberdefensa.

Nada le alegraba más que poder saltarse el paso de buscarlo en las listas de desaparecidos.

Se alegró menos al darse cuenta de que el muy desgraciado estaba demasiado vivo.

¿Cómo podía NADIE postear tanto en LinkedIn? ¡Si no eran ni las cuatro de la tarde y ya llevaba tres publicaciones! ¡Y eso sin contar los comentarios en posts ajenos! Desde luego, de todo tenía que haber en la viña del Señor…

A ver, que se estaba desviando. Ya se enfrentaría al agujero sin fondo que parecía su Actividad cuando supiese qué buscar ahí dentro, así que bajó al apartado laboral y se preparó mentalmente para abordar la larguísima serie de encargos y proyectos tan típica de los freelancers .

Para su sorpresa, el tal Manuel solo tenía listadas tres experiencias:

1. Las prácticas universitarias de cuatro meses que compartía con Tirso.

2. Una escalada estelar por distintos puestos dentro del mismísimo Microsoft que ya rozaba la década.