3. El perfil n.º 308
Si fuera una de las pacientes de Pony, esta le diría que una relación se fundamenta en la confianza mutua y que, por tanto, la vía para conocer el pasado de su novio debería ser preguntar abiertamente.
Sin embargo, cuando un año atrás el ligue de Marta había acumulado la friolera de cinco versiones diferentes de dónde trabajaba y con qué horario, Pony no le había sugerido que lo confrontara para aclarar la situación de forma pacífica.
Pony había cogido su Alfa Romeo y se había pasado las siguientes dos semanas siguiendo la pista del susodicho cual detective privado, llegando incluso a consultar a Tirso cuánto le cobraría por rastrearlo también online .
Así era como se había enterado Julia de que su novio tenía no solo las herramientas, sino el conocimiento, para destapar cualquier trama que involucrase un terminal electrónico.
Al final no hizo falta que Tirso interviniera, pues resultó que al presunto farsante simplemente le daba vergüenza admitir que trabajaba como dependiente en un dispensario de CBD (y no como pasante en la abogacía vecina).
Teniendo dicho suceso en cuenta, Julia sabía que no podía ni pedirles a sus amigas que la ayudaran con sus pesquisas de novia trastornada, por eso de que se volcarían tan agresivamente que sería imposible encubrirlo; ni llevarlas a cabo en casa, donde Tirso podría haber instalado innumerables programitas de seguridad en sus portátiles o redes y donde pasaba la mayor parte del tiempo.
Así que ahí estaba Julia, tecleando como una aficionada el nombre de su novio en Google con su cuenta corporativa de Obramat, en su ordenador de torre tras el mostrador de Atención al Cliente, conectado a internet no por wifi sino por cable.
Frente a ella, una ventajosa panorámica de la entrada y la línea de cajas registradoras del gran almacén.
Detrás de ella, la pared. No podría sentirse más segura ni aunque su compañera de turno hubiera faltado al trabajo, pues Yolina aprovechaba cada segundo entre clientes para esnifarse el catálogo entero de Netflix, pero por si acaso Julia había abierto el navegador en modo incógnito.
Como esperaba, de primeras no encontró nada nuevo.
Tirso era una persona muy reservada, así que los únicos resultados vinculados a su nombre fueron sus perfiles de Instagram (privado, por supuesto) y de LinkedIn.
Antes de meterse de cabeza a revisar los seguidores de una y otra cuenta, buscó también su e-mail para ver si aparecía registrado en alguna red social o foro más.
Nada, Instagram y LinkedIn otra vez, confirmando así que ambas cuentas estaban asociadas a ese correo.
Con Instagram terminó rápido. Era un perfil relativamente reciente, creado apenas un año antes de conocerla, con 26 seguidores y 26 seguidos, de los cuales once pertenecían al círculo de Julia.
Los demás correspondían a excompañeros de diferentes encargos, gymbuddies y algún que otro contacto del sector al que Tirso habría aceptado por puro compromiso.
Todos ellos perfiles reales, fácilmente verificables y, además, también contactos suyos en LinkedIn (incluidos los dos coleguitas del gimnasio).
Las quince míseras fotos que Tirso había posteado en cuatro años no necesitaban chequeo ninguno.
Julia se las conocía de memoria. La primera de ellas mostraba a un jovencísimo Tirso posando junto a sus padres durante su graduación, él superlindo con su toga y birrete negros y su banda azul turquesa y ellos uno a cada lado de su hijo, diminutos en comparación pero radiantes de sonreír.
El encuadre era nefasto, la calidad dejaba que desear y los colores estaban quemados, pero a Julia le parecía un recuerdo precioso.
Decía mucho más de Tirso que las seis fotos de paisajes que la separaban de su primera selfie con Julia.
Suspiró. ¿Cómo iba a ser un asesino aquel muchachito repeinado presumiendo de diploma entre sus padres? ¿O el hombre hecho y derecho que subía una foto de Muu encaramada a su hombro cual mono tití?
—Hola, ¿perdón?
Julia alzó la vista hacia la señora que ahora aupaba una pesada caja de cartón sobre el mostrador. Como quedaba más en su lado que en el de Yolina, esta no hizo ni intento de atenderla.
—Sí, dígame.
—Mire, compré este aplique en vuestra web…
La verdad, le vino bien la distracción. No podía perder tiempo desesperándose con las apariencias, ya bastante mal lo había pasado el último mes intentando mantener las suyas propias.
¿Y para qué le había servido? Para nada.
Para montar el espectáculo cada vez que su novio abría el maletero.
Si es que lo raro es que no se oliera ya algo…
Así que no, no. Por eso estaba haciendo esto.
Porque Tirso o era un asesino o no lo era; y cuanto antes tuviera su respuesta, antes podría recuperar su vida.
LinkedIn ya fue más complicado, pero también más fructífero. Muchííííísimo más fructífero. Vamos, que si Tirso no hubiera tenido LinkedIn ahí habría terminado la cosa.
De entrada, Julia activó el modo privado de su cuenta para husmear a gusto sin que a Tirso le saltaran las alarmas.
Sabría que alguien había visitado su perfil, claro, pero no quién, cosa que tampoco le inquietaría porque multitud de reclutadores le cotilleaban antes de contactarlo para ofrecerle algún proyecto.
Por esa parte Julia estaba tranquila, así que imprimió muy alegremente el CV de Tirso para tener a mano las fechas de cada experiencia, certificado o estudios.
El trabajo duro empezaba ahora.
Uno a uno, Julia procedió a visitar los 341 contactos de su novio, inspeccionando en cada uno de ellos de qué y desde cuándo se conocían.
Si alguno llevaba bastante tiempo sin actualizar el perfil (lo cual, gracias a Dios, era inusual en los círculos freelancers en que Tirso se movía), tocaba chequear sus otras redes sociales.
Si tampoco estaba activo allí o no tenía más cuentas venía un instante de tensión mientras sumaba la palabra «desaparecido» a la búsqueda de Google.
Normalmente los familiares usaban internet como altavoz para encontrar a sus extraviados, así que, si nadie lo había reclamado y tampoco aparecía en las listas oficiales de desaparecidos, Julia lo dejaba estar.
Por suerte, la inmensa mayoría daba signos de vida enseguida.
Por desgracia, ni siquiera en esa inmensa mayoría había mucho donde rascar.
Pero no podía dejarse ninguno sin mirar, así que, en caso de que algún contacto hubiera coincidido físicamente con Tirso en cierto espacio (cursos o empleos presenciales, instalaciones de varias jornadas, etc.), Julia pasaba a revisar las publicaciones del susodicho en busca de fotos o comentarios que pudieran sugerir una relación recurrente.
O, mejor dicho, relevante. Al fin y al cabo, Tirso nunca había mencionado tener ningún amigo íntimo, ni aquí en Madrid ni allá en Navarra.
Lo más similar serían los del gym, con quienes salía de tranquis cada mil años después del «entreno».
En los albores de su noviazgo ese vacío de vínculos había hecho saltar las alarmas de las Martas, pero bastaron dos quedadas grupales con él para desestimar la sospecha: Tirso había encajado enseguida con ellas, y para cuando Pony había expuesto su teoría de que sus antiguos amigos no habían sabido (o peor: no habían querido) acompañarlo durante el proceso de duelo por sus padres, las demás la habían aceptado como verdad universal.
«O a lo mejor no le quedan amigos porque se los cargó», dijo una vocecilla insidiosa.
Huelga decir que Julia la ignoró olímpicamente.
Empezó a desesperarse al rebasar la frontera de los doscientos.
Tirso parecía entrar y salir de las vidas de sus allegados sin dejar marca, convirtiéndose en un recuerdo pasajero en cuanto sus caminos divergían.
Sí que había amasado un buen número de recomendaciones con los años, sobre todo de clientes satisfechos que se deshacían en elogios para (suponía) compensar la nula autopromoción de su freelancer de confianza.
Quizá pensaban que le daba vergüenza publicitar sus servicios, o que no sabía cómo hacerlo…
Pero la realidad era otra. La realidad era que Tirso no necesitaba venderse.
Ya fuese por el poder del boca a boca o por simple suerte, el tío nunca terminaba un encargo sin tener otro en la recámara, y en las raras ocasiones en que se quedaba de brazos cruzados tampoco tardaban en lloverle las propuestas.
Debía de ser el único autónomo español al que las cosas le iban bien.
Es más, le iban tan bien que esta última hornada había tenido que pedirle ayuda a Julia para cotejar ofertas, y ella se había volcado hasta tal punto que incluso le había animado a plantearle a IFEMA que le añadieran el beneficio que más le atraía de otro de los contratos. Tirso había accedido, e IFEMA también.
Cómo le gustaba a Julia salirse con la suya.
—¿Qué estás haciendo?
—Mmm… Buscar una cosilla.
—¿Crees que tu novio te pone los tochos?
Julia la fulminó con la mirada, pero Yolina no reculó, curioseando la galería de anotaciones a distintos colores, post-its arcoíris y pegatinas que ahora plagaban el CV de Tirso.
Su primer impulso fue escudarlo todo con el brazo como hacían los repipis para evitar que les copiasen las respuestas de un examen, aunque logró contenerse en el último segundo.
Cuanto más elusiva fuese, más la cagaría. No se le daba bien mentir.
—Algo así —optó por responder.
Yolina asintió y arrejuntó su silla rotatoria a la suya para examinar de cerca los papeles.
—¿Quieres que te eche una manita? La mía me los puso a las dos semanas de decirme que era la mujer de su vida y no se lo desearía ni a mi peor enemigo.
Julia tardó en comprender a qué se refería con «la mía». Qué torpe.
—¿¡Y sigues con ella!?
—No, hombre, no. Qué cosas tienes. Solo estuvimos mes y medio.
—Pero si has dicho que dos semanas antes te dijo q…
—Shh, no intentes entenderlo. Las lesbianas funcionamos a otro ritmo.