2. El coche nuevo #4
Burbujitas, champán, bodas de cristal. Julia tenía claro que el pastizal que Tirso había cobrado por hacer sus movidas de tecnólogo para IFEMA no era un sueldo, sino un servicio puntual, pero disfrutaba chinchándole con que le ocultaba un patrimonio millonario.
Y, cuanto más lo negaba él, más gracia le hacía a ella.
De verdad le preocupaba que Julia pudiera sentirse ¿cohibida?
, ¿humillada?, por la distancia abismal entre sus nóminas.
Normal. De haberlo descubierto al principio de su relación, 100% seguro que habría causado estragos en su autoestima.
Ahora ya, pues… estaba insensibilizada. Total, absolutamente todo su círculo ganaba más que ella.
Al menos Tirso no la presionaba para que «reconsiderase sus aspiraciones» o «hiciera algo de provecho».
—¡Tachán!
Era un Dacia Sandero Stepway. Julia los tenía fichados porque en los últimos meses se habían multiplicado como los panes y los peces, todos ellos pintados del mismo tono naranja óxido.
Bonito, llamativo. No muy Tirso, pero es que estaba de oferta, le decía en ese momento. Tanto el coche como el color.
No le sorprendió que Tirso hubiera aprovechado la promo.
Para él, la estética era más un fin que una preferencia, por eso siempre vestía en tonos neutros pero terrosos.
Tampoco le extrañaba el cambio de tamaño.
A su lado, el Focus parecería una caja de zapatos.
Una caja de zapatos que su novio había estado conduciendo dolorosamente encorvado durante años.
Julia se alegraba por su espalda, y así se lo hizo saber mientras él le enseñaba el Sandero por dentro:
—¿Te gusta, entonces?
—Mucho. Es justo tu talla.
—Mi talla —repitió Tirso; su modo de preguntar sin preguntar.
—Sip. ¡Mira cuánto espacio…! ¿No te sientes liberado?
Si hasta yo me siento liberada, y encima no hay peligro de que se nos coman los trastos porque tiene un montón de compartimentos…
—Abrió la guantera—. ¿¡Tú sabes todo lo que entra aquí!
? Adiós al transportín, pienso entrenar a Muu para que duerma aquí metida.
A Tirso le brillaban los ojos. Que, para lo poco efusivo que era, sería el equivalente a pegar botecitos en el asiento.
—Espacio, compartimentos y Muu. ¿Esas son tus tres prioridades?
—En efecto.
—Pues esto te va a encantar, ven. Vamos fuera.
Y afuera que fue. Ya empezaba a atardecer, y el rosa del cielo se reflejaba en la pulida carrocería del coche como haría en la superficie de un lago de aguas mansas.
Tirso esperó a que Julia lo siguiese hasta la parte trasera antes de abrir el maletero con un dramatismo más propio de ella que de él.
Por suerte, fue justo eso lo que la ayudó a anclarse al presente cuando su mente amenazó con resbalar cuesta abajo hacia el garaje.
—Grande, ¿verdad? Mucho más que el del Focus. ¿A que sí?
Ella lo miró con una ceja enarcada. Tirso había usado el mismo soniquete de un mago probando ante su público que nada escondía bajo la manga. (Julia se lo conocía bien. Había salido con uno un par de veces).
—¿Ahá? —solo dijo, instándole a continuar.
—Pues… Voilà!
Y levantó la moqueta del maletero para revelar otro hueco debajo. Oh, no. Oh, nonono.
—¡Doble fondo! —anunció Tirso, malinterpretando su súbito silencio—.
Por fin podemos llevar rueda de repuesto, y todavía nos sobra sitio para el botiquín, los bártulos de accidentes, herramientas…
Puedes dejarte aquí ya las playeras viejas que te pones cuando vamos lejos, por ejemplo.
—Pasó una palma distraídamente por el impoluto tapizado, pensativo—.
Yo creo que, si nos lo montamos bien, caben hasta las cosas de viaje de Muu.
«O un cadáver troceado».
Julia era consciente de que no estaba reaccionando como debería.
De hecho, no estaba reaccionando en absoluto.
Solo se quedó mirando el segundo fondo muy quieta, muy callada, tratando de mantener su expresión bajo control mientras las náuseas pulsaban en su garganta.
No podía derrumbarse ahí mismo, delante de él.
No podía permitirse flaquear ni medio segundo.
Pero tampoco podía seguir así.
—¿Julia? ¿Qué pasa?
—Ah, no, nada —carraspeó, fingiendo un pequeño respingo, como si se hubiera quedado en Babia—. Es que… Has pensado en todo. Has pensado hasta en Muu.
—Claro. Tú eres mi prioridad; y no hay Julia sin Muu.
El corazón le dio un vuelco. Jamás iba a acostumbrarse a la naturalidad, la rotundidad, con la que expresaba su amor por ella.
Pero las palabras de reafirmación ya no bastaban, y llevaban sin bastar desde San Valentín.
Julia necesitaba algo más. Julia necesitaba descubrir la verdad, o cuánto de verdad tenía la mentira que claramente era Tirso Mihura.
En realidad, era una ventaja conocerse tan bien a sí misma. Siempre sabía hasta dónde estaba dispuesta a llegar, cuánto podía aguantar y cómo funcionaban sus debilidades y fortalezas.
Y aquel era su límite: su novio enseñándole todo ufano un segundo maletero donde esconder a saber qué.
Lo había intentado, de verdad que sí. Había intentado enterrar la sospecha tal cual hacía con el resto de los inconvenientes de su vida, pero como no dejaba de pensar que la que acabaría enterrada era ella, no le quedaba otra que cambiar de estrategia.
Iba a tener que ponerse a investigar. Y no como hizo cuando se conocieron, con un vistacillo general a sus redes para asegurarse de que era un tío normal, no, sino en modo full novia paranoica.
En fin. Quien algo quiere, algo le cuesta; y ella quería dejar de dudar.
—Cada vez que pienso que no puedes ser más perfecto, vas y me demuestras lo contrario.
Tirso sonrió, tan suave que su hoyuelo ni siquiera asomó.
No tenía ni idea de la que se le venía encima.