El novio ideal 2. El coche nuevo #3
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2. El coche nuevo #3

—Oye, lo del Alfa Romeo era broma, ¿no?

En vez de sacarla de su miseria, Tirso se encogió de hombros y procedió a despejar por fin de papeles la mesita del salón.

Tal cual había vaticinado Julia, las jornadas pre, durante y post Semana Santa fueron bastante pesadillescas para el departamento de Atención al Cliente de Obramat.

Como cualquier gran almacén ubicado en un parque comercial, allí no entendían de festivos, así que a sus empleados no les quedaba otra que atender a la típica estampida de manitas que aprovechaban hasta el más mísero puente para hacer reformas.

De los albañiles y demás personal de la construcción no tenían queja.

Aunque también se contrataban más obras en vacaciones, al menos ellos sabían lo que había y lo que hacían.

Su único consuelo a lo largo de aquella semana fue recordarse que peor lo habría pasado si todavía trabajase de cajera.

Prefería atender reclamaciones ocho horas seguidas a cobrar un solo cubo de pintura, y eso que en caja no acababan gritándole ni la mitad de las veces que en mostrador.

Se sentía más útil allí. Menos… robótica.

Pero, por muy dura que hubiese sido su experiencia como cajera, no la cambiaría por nada del mundo. Total, así era como había conocido a Tirso.

Julia seguía defendiendo que lo suyo fue un meet-cute en toda regla.

Ella debería haber terminado su turno diez minutos atrás; él no había entrado al Obramat en la vida.

Ella estaba ya calentita; él demasiado concentrado contando céntimos para darle el monto justo.

Con que solo uno de los factores circunstanciales hubiera diferido, con que solo uno de ellos dos hubiera actuado de otro modo, no habría surgido el amor.

«¿Qué, te crees muy gracioso? Porque a mí no me hace ni puñetera gracia».

Esas habían sido sus primeras palabras para Tirso.

«¿Perdón?».

Y esa, su primera palabra para ella. Julia recordaba haber soltado un bufido hastiado antes de señalar los tres artículos de la cinta transportadora:

«No eres el primero, ni serás el último, que intenta vacilarnos en Halloween. ¿No estás ya mayorcito para estas cosas? ¿O es que eres un influencer de esos?».

Echando la vista atrás, estaba claro que el pobre no tenía ni idea de lo que le estaba hablando, pero en ese momento a Julia no le parecía ningún pobrecito.

A ella lo que le parecía era otro gilipollas sumándose al último reto viral de TikTok.

Y, cuanto más lo miraba, más convencida estaba: era demasiado guapo para ser un donnadie.

Tenía el pelo moreno espeso y ondulado, y unas pestañas larguísimas tan negras que de querer maquillarse no necesitaría ni rímel.

¡Qué injusticia! ¿Para qué necesitaba un tío claramente cishetero esas pestañacas?

Julia mataría por unas así. No se las merecía.

«Perdón —había repetido Tirso, aunque esta vez más suave, como se le hablaría a un zorro preso en un cepo—. ¿Por qué cree que intento…, hum, vacilarla?».

«Hombre —había resoplado ella, ácida—. Me vienes un viernes 13 a comprar cinta aislante, cuerda y un serrucho, ¿qué quieres que piense? Y en efectivo, además, para no dejar huella. Qué típico».

Él se había quedado muy quieto, muy callado, aún con el billete de veinte y la calderilla listos en la palma.

«Oh», solo dijo, al final.

«Sí, oh».

«Perdón. —Tercera vez—. No me había fijado en… No sabía ni qué día era. Bastaría con dejar la cinta, ¿no? Es lo único que puedo comprar en otro sitio».

«¿Cómo?».

«La cinta aislante. ¿Puedo llevarme el resto si la dejo?».

«Ah, ¿que quieres comprarla en serio? ¿Las tres cosas?».

«Sería lo ideal, sí, pero si incumple vuestros protocolos de seguridad…».

Nada la habría preparado para el bochorno que le coloreó los mofletes de rojo payaso en cuanto entendió hasta dónde había metido la pata. Por Dios. A punto estuvo de darle un vahído de la intensidad de la vergüenza mientras negaba con la cabeza y:

«¡No! No pasa nada, ahora mismo le cobro».

«¿Seguro?».

«Sí, sí. Disculpe, de verdad. Es que hemos tenido varios incidentes con el último trending de turno… Qué tres cosas comprar para asustar a una cajera, ya sabe».

«Me temo que no sé, no. No estoy mucho en redes sociales».

«Ah».

«Siento haberla asustado».

«No me ha asustado».

Ahí hizo su estelar debut el hoyuelito de su sonrisa. Acababa de cantarle las cuarenta a un tío guapísimo y en vez de plantarle la reclamación del siglo decidía concederle la sonrisa más educada, afable y chiquita que Julia había experimentado en su carrera de cara al público.

«Me alivia oír eso. ¿Abrís mañana por la mañana?».

Ella asintió.

«¿Y estarás tú?».

Aunque ahora un tanto suspicaz, volvió a asentir.

«Genial. Me quedan algunas cosas de dudosa reputación por comprar y no quiero volver a meterme en líos».

Eso la hizo reír.

«Estarás bien —le había respondido aun así—. Los sábados 14 no tienen mala fama».

«Por si acaso».

Aquel sábado 14, Tirso había comprado una pala, un litro de acetona y otro de lejía, todo en efectivo, y Julia se había reído tanto que se le habían saltado las lágrimas.

Nunca se había preguntado dónde estarían aquellos seis tétricos artículos que dieron pie a su relación.

Había asumido que los habría devuelto en algún otro Obramat, por lo menos la pala y el cóctel para cloroformo, pues con los tres primeros Tirso le había construido una casita de madera monísima para Muu, con su tejado de cuerda como rascador y su minichimenea por donde sacaba la patita.

Decidió seguir sin preguntárselo mientras atendía al último cliente del puente.

Acababa de terminar de cortarle las uñas a la teatrera de su gata cuando el guaperas de su novio llegó a casa con una sonrisita apocada y algo tintineante en la mano.

Muu salió disparada como de un tirachinas hacia él, confundiendo el sonido con el típico cascabeleo de sus ratones.

Julia no podía culparla. No sería la primera vez que Tirso aparecía con un juguete sorpresa para ella.

Solo que, en esta ocasión, no lo era.

—¿Ya? —le preguntó, reconociendo el adorno. Era la chapita con el logo de Obramat que habían regalado a toda la plantilla por Navidad, esa que Tirso se había agenciado para sus llaves del coche.

Él asintió y apuntó con la barbilla hacia la puerta:

—¿Vienes? Lo tengo aparcado fuera.

Julia se puso en pie de un salto, se sacudió (no muy exitosamente) los pelos de Muu de la ropa y al minuto siguiente estaba vibrando de emoción en el ascensor junto a un igual de emocionado pero más disimulado Tirso.

Allí, en ese cubículo tan estrecho, su novio parecía tan enorme que le daban ganas de treparlo como a una palmera.

—¿Es un Maserati?

—¿Crees que puedo permitirme un Maserati?

—Mmm. Por lo menos un tercio.

—No debí pedirte que revisaras mi contrato de IFEMA —suspiró, aunque había una sonrisa escondida debajo.

—O sea que no es un Maserati.

—Si querías un Maserati, haberme pedido un Maserati.

—Sí, bueno, ¿y cómo habrías pagado los otros dos tercios?

—Pues con lo que llevo ahorrado para nuestra futura casa.