2. El coche nuevo #2
No. Tirso jamás le pediría matrimonio a la Julia de verdad, no con lo que había visto allá abajo, en el garaje.
Tirso jamás debería saber que esa Julia existía, porque lo único en común que tenían todas y cada una de las Julias era que querían seguir vivitas y coleando.
Bueno, eso y que estaban enamoradas de Tirso, claro.
Y eso era lo importante.
Durante la semana siguiente, Tirso pasó día y noche enfrascado en su búsqueda del coche perfecto, comparando modelos, precios y prestaciones con el ceño fruncido para luego recabar «información interna» a base de reseñas de YouTube y opiniones de foreros.
Por suerte, no tenían prisa ninguna. Ella iba en metro a todos lados y él teletrabajaba la inmensa mayoría del tiempo, así que en principio podían apañárselas perfectamente sin coche.
Sin embargo, si a alguno de los clientes de Tirso le surgía una emergencia, esperaba que su informático acudiese raudo en su auxilio, y nadie se fiaría de la Renfe para eso.
Pero no era la posibilidad de una emergencia lo que tenía a su novio revisando folletos de concesionario a las tantas de la madrugada, sino sus padres. Sus difuntos padres.
Dos o tres veces al año, Tirso cogía el coche y se marchaba «a verlos».
Solía ser para el puente de mayo, ya que coincidía con el día de la Madre.
A Julia aún se le encogía el estómago al recordar la primera vez que le había preguntado por ellos.
«Ya no están aquí», había contestado, con un regusto amargo en la voz que nunca antes le había oído.
«Lo siento mucho», había repuesto ella, entrelazando los dedos con los suyos, y ahí fue cuando Tirso tuvo a bien contarle que de vez en cuando volvía de visita.
Estando a finales de marzo, Julia entendía que Tirso no quisiera aplazar el tema del coche, por si acaso.
Aunque, llegado el caso, tampoco le dejaría meterse cinco horazas de tren (o peor, ¡de bus!) hasta Navarra para ir a ponerle flores a una tumba.
Antes le pediría a sus propios padres que le prestaran su coche, cosa que harían encantados porque adoraban a Tirso.
Solo tendría que cuidarse de no mencionar que ella no lo acompañaría.
Prefería ahorrarse las explicaciones. Si Tirso hubiera querido tenerla a su lado, se lo habría pedido, y Julia no iba a ser tan ruin de obligarlo a ponerlo en palabras.
Algunos duelos, suponía, se gestionaban mejor a solas.
—Vale, pues creo que esto ya está —anunció Tirso entonces, con un suspiro satisfecho.
—¿Sí?
—Ahá.
Ella paró un segundo de llenar el lavavajillas para girarse a mirarlo.
La mesita del salón parecía un tablón policiaco, con la de papeles diseminados unos encima de otros conectando fotos de coches, tablas de pros y contras y anotaciones a mano.
Por muy informático que fuera, a la hora de organizarse Tirso se las arreglaba mejor con lo tangible.
Julia era igual, aunque ella lo habría abordado de otra manera menos…
caótica (más eficaz). Si no considerase que su opinión ni pinchaba ni cortaba en ese asunto, se habría ofrecido a ayudarlo encantada.
Cualquier excusa era buena para sacar a la luz a su Julia favorita: la Julia secretaria de dirección.
Tirso le devolvió la sonrisa desde el sofá, todavía inclinado sobre sus apuntes. Estaba guapo incluso con la ropa deportiva que usaba de pijama, una versión menos pulida de su novio que solo existía en aquel piso, con ella. Le encantaba.
—Enhorabuena, amor. ¡No me digas cuál! Así es una sorpresa.
—Ay. Pues te iba a decir que si te esperaba mañana para ir juntos al concesionario.
—Uff, mañana —resopló, volviendo a ocuparse del lavavajillas—. Víspera de Semana Santa… No sé ni si saldré a mi hora.
—¿Y pasado?
—¡Más de lo mismo! Nada, nada, ve tranquilo.
—¿No te apetece?
Algo en su tono de voz la tuvo dándose la vuelta otra vez. Por alguna razón, Tirso la miraba todo perplejo, como si hubiera dicho algo superfuera de personaje.
—Eh…, ni fu ni fa. Pero ¡si a ti te hace ilusión, voy!
—No, no. O sea, siempre me hace ilusión ir contigo a cualquier sitio, pero como te gustan los coches pensé que…
Decir que Julia se quedó tiesa sería quedarse corto.
—¿Que me gustan los coches? —barbotó—. ¿De dónde te sacas eso?
Aunque la cocina y el salón compartían un mismo espacio (y no muy grande), Tirso le pillaba todavía demasiado lejos como para distinguir la miríada de microexpresiones por las que Julia se guiaba para decodificar su estado de ánimo, así que agradeció que fuese él quien diera el paso de acercarse.
Más aún cuando se acodó sobre la barra de cocina entre ambos, justo debajo del foco.
Vale, así mejor. A esa distancia, su sonrisa conservaba ese toque de sorpresa, pero no parecía contrariado.
—Julia, los llamas a todos por nombre. No dices «el coche del vecino», dices «el Peugeot de Carlos».
—Hombre, Carlos tiene dos coches. Es por diferenciar…
—¿Y el de Pony?
—¿Qué pasa con ella?
—Su coche, ¿te gusta? ¿Me cojo uno igual?
Julia hizo una mueca.
—No te tenía yo por chico de Alfa Romeo…
La sonrisa de Tirso tembló. «¿Ves?», decía.
—¡Que no! —protestó ella, zarandeando el trapo de cocina para darse énfasis—. ¡Eso no cuenta! Alfa Romeo solo hace Alfas Romeo.
—Yo eso ni siquiera lo sabía.
—Imposible —sentenció, pero cuando Tirso negó con la cabeza Julia soltó un grito ahogado, leyéndole la verdad en el rostro—.
¿Cómo no vas a haberte dado cuenta nunca de que tienen todos el mismo morro?
¡Todos! ¡Solo cambia el culo! Más grandes o más pequeños, más altos o más bajos, pero siempre siempre gemelos por delante.
Él se limitó a encogerse de hombros, cero preocupado por su propia ignorancia.
Esa era otra de las cualidades que más le gustaban de Tirso.
Nunca intentaba aparentar que entendía de un tema del que no sabía nada, contentándose con escuchar y aprender cada vez que le surgía la oportunidad.
Quizá por eso era tan… ¿culto? Y no en el sentido de sabiondo ni estirado; tampoco de letrado o instruido.
Simplemente, Tirso tenía genuino interés por conocer los diferentes aspectos del mundo en que vivía, por tontos o irrelevantes que parecieran.
Vamos, que Julia seguía sin superar que Tirso le pidiera una segunda cita después de haberse pasado ella toda la primera contándole curiosidades sobre perezosos.
—Por eso quería que vinieras conmigo al concesionario.
No he conducido otro coche más que el Focus de mi padre desde que aprobé, así que sé que, por muy claro que lo tenga sobre el papel —apuntó con la barbilla hacia la mesita del salón—, mañana voy a sacarle pegas a todo.
Me va a costar distinguir si algo de verdad no me convence o solo es nuevo.
—¿Y crees que yo puedo ayudarte con eso?
—Claro. Tú tienes mucho ojo para estas cosas. Te fijas en los detalles, sabes valorar cuánto aporta o resta cada parte al conjunto, su utilidad real…
—Pero ¡si no sé ni conducir!
—¿Qué más da? —Tirso le quitó importancia al asunto con un gesto—. A mí me interesa tu opinión, aunque sea solo para decirme si te parece bonito o no. Y siendo que vas a pasar en este coche el resto de tu vida vehicular, digo yo que algo de voz querrás tener, ¿no?
«El resto de tu vida». A partir de ahí dejó de escuchar, noqueada por el concepto.
El resto de su vida. Tirso estaba pensando en el resto de su vida, de la de Julia, con él.
Con él en su coche. Y, teniendo en cuenta que un coche duraba de media entre trece y quince años, podía inferirse entonces que sus expectativas de futuro la incluían, como mínimo, hasta bien entrados los cuarenta tacos.
Tiempo de sobra para casarse. Es más, si se casaran mañana mismo, llegarían a celebrar las bodas de cristal.
Que, a ver, Tirso ya le había dicho en San Valentín que tenía intención de pedirle matrimonio, pero la reafirmación le subió por el estómago no como mariposas, sino como burbujitas de champán, efervescentes y festivas y doradas, porque Julia tenía aquella cena un poco borrosa y había llegado a pensar que había confundido una bromita distendida con una declaración de amor eterno por estar demasiado absorta en…
En el cadáver.
El cadáver del maletero, el del coche que casualmente había quedado siniestro total, justo la razón por la que estaban hablando de ir al concesionario a comprarse uno nuevo.
Las burbujitas se le agriaron de golpe, ahora pura bilis borboteando como un mal ardor de estómago.
Por eso no quería acompañarlo al concesionario.
No quería leer entre líneas de cada pro o contra, no quería ver el Focus en cada opción, no quería acabar preguntándose si a ella también la mandaría al desguace de saberla otra prueba incriminatoria.
Y algo debió de verle Tirso en la cara, porque carraspeó y:
—Perdona. No quería ponerte en un compromiso, sabiendo lo que te cuesta decir que no.
—No es es…
—Nada, nada, de verdad. Si tienes razón.
Seguro que puedo elegir mi propio coche sin que mi novia me lleve de la manita.
—Lo dijo con una carantoña, divertido, pero Julia tenía un máster en morfopsicología aplicada a Tirso y eso de divertido no tenía nada—.
Y menos aún en víspera de festivo. Todavía me acuerdo del señor que os puso una reclamación porque su hijo había chupado una pastilla de cloro para piscinas.
Se le escapó un gimoteo solo de oírlo y hundió la cara entre los brazos sobre la barra de cocina.
A día de hoy ni siquiera sabía cómo había conseguido manejar (¡exitosamente!) aquella situación, pero no le seducía la idea de verse en otra igual tan pronto.
Oyó a Tirso reír por lo bajo justo antes de que le diera un besito en el pelo.
—¿De verdad no quieres saber nada de nada? —le preguntó al oído después. Sonaba relajado—. ¿Ni los tres finalistas?
—Nop. Confío en tu gusto.
—Yo también.
Pero qué zalamero. Julia sonrió, aún derrotada sobre la encimera. Al menos hasta que se irguió de un respingo, porque…