El novio ideal 2. El coche nuevo
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2. El coche nuevo

El coche nuevo

La Julia de San Valentín duró lo mismo que el Focus: un mes exacto.

Un mes en el que Julia vivió tranquilísima y enamoradísima, como siempre, como desde que Tirso ocupaba el papel de interés amoroso en su vida. Como debía ser.

Vale que tuvo pesadillas a espuertas, porque la Julia de San Valentín no podía acompañarla al mundo de los sueños y allí la Julia del garaje era dueña y señora de todos sus miedos, pero incluso eso logró controlarlo con un simple truco: no pasar al baño de noche.

Si nada le recordaba al garaje, nada la perseguiría hasta la cama, y, en casos de extrema (EXTREMA) urgencia, con encender la luz del tocador le bastaba.

Al garaje ni se acercó, claro. Ahora sí que le daba yuyu, cosa que le estaba bien empleada, por mentirosa. Todavía tenía pendiente buscarse un nuevo escondrijo para los regalos, pero, bueno, mejor eso que morirse. O que Tirso se preguntara por qué de pronto su novia evitaba bajar al garaje.

En general, fue un buen mes. Hasta disfrutó las partes en que se desvelaba de madrugada, toda asfixiada de soñar que despertaba dentro de un saco en el maletero del Focus, pues Tirso siempre estaba ahí para reconfortarla entre sus brazos.

Siempre. Cuando le preguntó qué la tenía tan agitada, ella culpó al trabajo y tiró p’alante como los de Alicante.

Para el mesiversario del Incidente™, Julia ya llevaba una semana sin pesadillas y era capaz de montarse en el Focus sin necesidad de disimular vahídos emocionales. Estaba contenta con su progreso. Estaba casi casi segura de que lo había superado.

Casi.

Porque, la tarde del 14 de marzo, Tirso la llamó y le dijo que no se preocupara, pero que acababa de tener un accidente. «Siniestro total», según la aseguradora. Tendría que comprarse un coche nuevo.

Ahí Julia tuvo dos pensamientos en simultáneo. Uno de persona normal («¡Dios mío, ¿estás bien?!») y otro de estrés postraumático («Allá va la única prueba del delito»). Por suerte, durante aquel mes había cogido práctica acallando la segunda vocecita, así que solo articuló la primera:

—¡Dios mío, ¿estás bien?!

—Sí, sí, de verdad que no te preocupes. Cojeo un poco, pero solo porque me he tropezado al salir.

—¿¡Qué ha pasado!?

Las Martas ya habían entrado en modo emergencia, una con el bolso al hombro y la otra con las llaves de su propio coche en mano.

A una señal suya, pagarían la cuenta para marchar a donde hubiera que marchar, como todo escuadrón de amigas que se precie.

La estudiaron muy rectas, expectantes, mientras Tirso le explicaba con voz calmada que había pegado un volantazo para esquivar a un gatito extraviado en mitad de la autovía, con tan mala suerte que había terminado lijando todo el lateral del Focus contra una barrera de hormigón.

Siendo «lijando» el término adecuado, pues por quedar no quedaban ni las puertas.

Pero, eh, el gatito estaba bien. Julia lo oía maullar en bucle por detrás.

—Es una monada. Luego te mando una foto.

Mmm. A lo mejor sí que había sido un accidente, y no un «accidente». Se sintió tonta por planteárselo siquiera. Las coincidencias existían.

—Estoy con las Martas —dijo Julia al fin, efectivamente apaciguada por el soniquete tranquilizador de su novio—. ¿Necesitas que te recojamos? ¿Dónde estás?

—No hace falta, amor, que resulta que el de la grúa quería adoptar un gato y vamos a acercarnos a algún veterinario para ver si tiene chip. Por eso te llamaba, puede que hoy llegue tarde a casa. Pero muchas gracias. Salúdalas de mi parte, ¿vale? Y pásatelo bien.

No le sorprendió. A Tirso las cosas siempre le salían bien incluso cuando le salían mal. Así que Julia les hizo un gesto a sus amigas para que bajaran la guardia y se despidió a regañadientes de su novio. Otro gato que intentaba quitárselo por las malas. Ya empezaba a ser personal.

—¿Qué ha pasado? —preguntó la Marta del coche (Pony para los amigos).

—¿Todo bien? —secundó la Marta del bolso (Marta a secas para todos).

Julia asintió, aunque no, no estaba todo bien.

Por mucho que le aliviase que Tirso hubiera salido ileso, había algo en su interior que no dejaba de remover el asunto, como una lengua toqueteando insistente un diente suelto.

Notaba a la Julia del garaje a punto de chillar, allí agazapada en algún rincón de su estómago, pero la ignoró olímpicamente tal como llevaba haciendo los últimos treinta días mientras ponía al día a las Martas.

Incluso pareció del todo resuelta cuando llamó al camarero para pedirle otra clara: estaba de tardeo con sus mejores amigas, a quienes veía con menos asiduidad de la que desearía, y no pensaba perder ni un segundo alimentando la paranoia.

Creía que lo había conseguido cuando les enseñó la foto del culpable, una miniatura despeluchada que cabía entera en la palma de su novio, pero nada escapaba al Gran Hermano Amiguil.

Marta y Pony cruzaron miradas por encima de sus tintos de verano.

Normal, en realidad. Se conocían desde la universidad, y una década daba para mucho.

Fue Pony quien comenzó, mediadora:

—Vale. Ahora toca decirnos qué ha pasado de verdad.

—¿Eh? ¿De verdad de qué?

—Normalmente te habrías lanzado como una demente delante del primer taxi que pasara para irte con él —explicó Marta. Pony asintió—. ¿Os habéis peleado?

Eso le arrancó una risita. Tirso y ella jamás habían discutido. ¡Jamás! Ni una sola vez, ni siquiera el típico rifirrafe de pareja. Era la prueba (entre muchas) de que estaban hechos el uno para el otro.

—¡Qué va! Estamos bien, como siempre. —Frunció el ceño—. ¿Por qué lo dices como si estuviera deseando dejaros tiradas? No estoy todo el rato pegada a él. Ni quiero.

—Ah, no, no. No te lo tomes así. Me refería más bien a que lo… Mmm…

—A que lo proteges demasiado —completó Pony.

—¡Anda! ¡Porque es mi novio!

—Sí, pero sabe cuidarse solito.

—Pues por eso no me necesita calentándole la cabeza mientras está con todo el lío del coche.

—Pues por eso nos sorprende a nosotras que no vayas a calentarle la cabeza.

Julia abrió la boca para replicar, pero lo único que salió de ella fue un balbuceo bastante patético. Si las Martas fueran un poquito más diabólicas, habrían hecho chocar sus copas con «¡chin chin!» incluido.

A ver. Puede que sí tuviese un ligero problema de autocontrol.

No porque tuviera a Tirso consentido (más bien era él quien la tenía consentida a ella), o porque lo tuviera atado en corto (cada uno hacía cuanto quería cuando quería), sino porque le costaba sudor y sangre no hacerle de angelito de la guarda a la más mínima ocasión.

Quería servirle de ayuda, de apoyo y de confidente.

Quería tener todas las respuestas para sus dudas, todas las soluciones para sus problemas, todas las piezas de sus puzles. Quería ser intachable.

Quería estar a su altura.

¿Y quién podía culparla? ¡Solo había que verle!

El tío jugaba en otra liga. No, no, el tío jugaba directamente a otro juego.

Tirso cumplía con todas y cada una de las cualidades masculinas ideales que su abuela había resumido muy sabiamente en dos conceptos: estar bueno y ser bueno.

De nada le serviría tener la complexión de un guerrero vikingo y esa nariz rota que le daba pinta de malote (y el hoyuelo; nunca olvidar el hoyuelo) si no fuera además atento, romántico, listo, sensible y comprensivo. Perfecto.

Así que Julia, con su cuerpo normalito y su cara normalita y su personalidad normalita, pues tenía que compensar.

—Es… cierto que estoy intentando… ponerme límites.

No había dado con otro eufemismo mejor para «estoy obligándome a enterrar un cadáver que solo existe en mi cabeza».

Así era como se protegía, a sí misma y a Tirso.

Si no corría a su lado, no tendría que contenerse de mirar de reojo la carretera, o al gato, o al Focus destrozado en busca de un resquicio de mentira.

Aunque daría igual que no encontrase nada fuera de lo normal.

La Julia del garaje consideraría la escena demasiado perfecta. La consideraría otra escena del crimen.

—Eso está muy bien —ofreció Pony, con un tono reflexivo más adecuado para sus pacientes de terapia de pareja—. ¿Ha salido de ti?

Lo que de verdad quería saber Pony era si se lo había pedido Tirso. Julia lo dejó pasar, aunque Marta sonrió tras su vaso de tinto, divertida.

—Sí.

—¿Y cómo es que te ha dado por ahí?

«Por el cadáver».

—No sé. En San Valentín me dijo que quería casarse conmigo.

El revuelo consiguiente fue tan esperable como dramático. Las Martas pegaron un brinco a la par, mitad escandalizadas mitad emocionadas, y Julia se rio por lo bajini mientras la ametrallaban a preguntas que ya no sonaban a sesión terapéutica. Más bien a pijamada. Justo como había planeado.

Después de aclararles que no, no había sido una pedida de mano oficial, y de bajarse el cuello del jersey para presumir de gargantilla cara, Marta dijo:

—Ay, entonces es por eso, ¿no? Es lo que te ha quitado el miedo.

—¿En plan? —preguntó Julia, algo confusa.

—Que a ti lo que te angustiaba era que fuese a cortar contigo en cualquier momento, pero una vez que te ha dejado claro que lo vuestro es para siempre ya no tienes de qué preocuparte.

Ojalá fuese eso. Ojalá San Valentín le hubiera quitado el miedo de una vez por todas en lugar de acojonarla por partida doble.

Y le dio tanta, tantísima pena no estar viviendo esa versión idílica de su vida que se le llenaron los ojos de lágrimas, lo cual no hizo sino remachar la farsa ante sus amigas, quienes se apresuraron a abrazarla entre risitas y arrullos.

«Ea, ea, ya pasó», decía Pony; «Noo, no emocionarse, por favor, que se me pega», suplicaba Marta.

Julia se dejó hacer con un nudo en la garganta. No quería mentirles, pero tampoco podía decirles la verdad, así que al final susurró:

—Yo solo quiero ser la Julia de San Valentín.

Ellas rieron.

—¡Tú y tus Julias! ¿No ves que con quien quiere casarse tu novio es con la Julia de verdad?